Capítulo 12

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Jimin se apresuró a examinar la caligrafía de las dos últimas notitas pero se vió interrumpido por un estrepitoso estornudo, seguido por otro, y otro más.

Tres estornudos seguidos no anunciaban nada bueno, sobre todo cuando había olvidado secar su cabello como su ángel le había pedido.

Tomó la toalla con ambas manos y la frotó contra su cabello con fuerza, para quitar toda el agua posible y evitar resfriarse, aunque tal vez ya sea tarde para ello.

Una vez que consideró su trabajo finalizado, se puso de pie y con la toalla sobre los hombros, caminó a la mesita de noche, abrió el cajón y tomó un peine, parándose frente el espejo para peinarse.

- Un momento... -murmuró.

El peine resbaló de sus manos y cayó al suelo en el momento en que comprendió que había dado con él sin la necesidad de buscarlo.

Se dejó caer en la silla con una sonrisa en su rostro y burbujeante felicidad en su pecho.

Sus memorias no estaban perdidas, aún permanecía ahí, en alguna parte de su cabeza, y su cuerpo lo sabía.

Había actuado por inercia en el momento en que pensó arreglar su cabello, y cuando volvió en sí ya había abierto el cajón y el peine estaba en sus manos.

Las lágrimas escaparon impulsadas por la repentina esperanza que inundó sus sentidos. Sus recuerdos estaban intactos, en un baúl sellado, y solo necesitaba encontrar la llave adecuada para abrirlo y acceder a ellos.

Cerró los ojos, mordió su labio inferior sin dejar de sonreír y se recostó al respaldo de la silla con una emoción desbordante.

Moría por hacerle saber a su ángel que no todo estaba perdido, y que sería capaz de recordar.

Por un momento se percató de que no había revisado las últimas notitas y se apresuró a examinarlas con detenimiento.

Esta vez no había ningún temblor aparente, pero él no estaba loco, volvió a observar la anterior y aquellos pequeños defectos continuaban allí.

Se sintió un poco tonto por lo exagerado que había sido por preocuparse así, pues la alteración había sido tan diminuta que solo se hallaba en una notita.

Tal vez solo tenía frío, estaba apurado o no escribía en una superficie firme. Pero es que le había tomado mucho cariño a esta persona, que sin pedir nada a cambio le ofrecía su ayuda y le acompañaba cuando nadie más lo hacía.

Decidió que le preguntaría luego sobre la pequeña irregularidad en su caligrafía, y se planteó escribirlo en su cuaderno.

Se estiró sobre el escritorio para correr la cortina y permitir el paso al resplandor del exterior, y se encontró con otra notita...

"Una vez más, tómalo con calma."

Notitas Amarillas [YM]Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora