Capitulo 4

102 12 1
                                        

Sin darme cuenta me encontré observándola más tiempo del debido, deliberadamente desobediencia la orden de no ver al infierno. Si debía ser sincera, no me importaba.

Con el tiempo viendo aquel lugar prohibido, descubrí que aquella peculiar chica era hija de un ser que yo misma conocí hacia muchos siglos, Lucifer. Para mi de pronto tuvo tanto sentido su forma tan devota de actuar. Su padre podía pecar todo lo que quisiera, pero la verdadera naturaleza de las cosas era innegable y aquella demonio había heredado aquello que Lucifer alguna vez adulo.

Un amor infinito hacia todos los demás.

Y eso no hizo más que hacer crecer mi propio amor hacia ella, viniendo con el un incontenible deseo de estar a su lado. ¿Así se sentía el amor? Incontables veces me lo pregunte cuando un apremiante deseo me invadía.

Procure ser cuidadosa, no desatender mis tareas. Realmente lo intente, pero hasta yo se que es inevitable ocultar la verdad. Que tarde o temprano todo sale a la luz. En especial cuando a quien le ocultas cosas es al ser que lo ha creado todo. Sin embargo inclusive yo no hubiera previsto lo que estaba por ocurrir.

Ese día el cielo era oscuro, inclusive en Heaven, solo había visto el cielo una vez de ese modo y fue el mismo día que Lucifer fue expulsado del cielo. Un súbito temor se apodero de mi y sabiendo lo que posiblemente se avecinaba, mire a través del portal hacia Hell, donde la dulce sonrisa de aquel demonio sin nombre me hizo suspirar por ultima vez.

Mis compañeros llegaron por mi unos instantes después las palabras sobraron ente nosotros, todos sabíamos para que estaban ahí, después de todo los tan conocidos dominaciones. Sin oposición, les seguí hasta donde padre esperaba. Era de esas pocas veces donde tomaba una forma que nosotros pudiéramos verlo y no solamente los serafines.

Al verlo de pie frente a mi, dándome la espalda, no me quedaron dudas de lo que pasaría. Su voz era dura pero clara, lo había decepcionado, pero extrañamente no sentía vergüenza por las verdades que me decía, por el contrario, levantaba la barbilla con orgullo de saber que mis fuertes sentimientos me hacían libre de lo que yo alguna vez creí la verdad absoluta.

—Ya no eres más mi hija —afirmó Dios con una voz tan decepcionada, que me hizo temblar levemente.

—Lo soy padre —contradije segura de mis palabras—, lamento haberte decepcionado, pero mis sentimientos no pueden cambiarse.

—Te equivocas —pero en esta ocasión, solo note desdén—, te daré una lección, que te hará darte cuenta de lo que tus sentimientos causan —advirtió negándose a verme—. Veras Vaghata, que no has sido más que manipulada por una imagen que no existe.

Sabía que podía tener razón, pero en medio de mi obstinación lo negué con vehemencia.

—No me harás dejar de amarla.

—No me decepciona que te hayas enamorado, sino de quien lo has hecho.

—Pero padre, ¿qué tiene eso de malo? —cuestione cada vez más frustrada.

—Se qué clase de ser es y lo que puede crear, así como lo que puede destruir —dijo mirándome sobre su hombre y durante ese instante, mire la más infinita decepción—, ya no eres más bienvenida en Heaven hasta que no te des cuenta de tu error.

Esa última frase me hizo temblar, ¿error?

—Padre —intente en vano.

—Vaghata, te condeno a vagar por la tierra, hasta que la verdad sea real a tus ojos y absoluta a ellos —sentencio ocasionado que una fuerte murmullo naciera entre aquellos que observaban el castigo—, no podrás recordarla, pero si lo logras entonces aceptare que no deseas volver a casa.

Y sin advertencia alguna, sentí un vértigo convertir mi alrededor en nada. Las nubes negras bajo mis rodillas se abrieron y fui absorbida por una oscuridad abrumadora que no me permitía mover las alas. Sentí el cielo retumbar a mi alrededor y la lluvia mojarme en cuestión de segundos.

Por primera vez desde que me había vuelto observadora, podía tocar aquello que tanto anhele, vivirlo en carne propia. Pero mi felicidad no cabía en ese momento donde mis alas ardían en mi caída.

Mis plumas marcaban un camino a Heaven, el cual no podría seguir de regreso y mientras el ulular del aire me acompañaba en mi despedida de lo que una vez fue muy hogar. Sentí como poco a poco, la imagen de aquel demonio que con locura amaba, comenzaba a esfumarse de mi mente.

Con miedo y cierto horror, me di cuenta que realmente el castigo de padre no solo me condenaba a una vida en tierra, si no a una eternidad sin el rostro de mi ser amado.

Pero, ¿realmente había hecho algo mal? Nunca abandoné mis responsabilidades, fui amable con los recién llegados e instruí a otros como yo, entonces, ¿por qué me castigaban así?

Si mi único error fue haberme enamorado.

<<Enamorarme del pecado mismo>>

<<Enamorarme del pecado mismo>>

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Caída al pecado [Chaggie]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora