Olive había estado observando atentamente, casi sin pestañear, la escena. Examinaba cada gesto, cada movimiento de respiración y cada mirada buscando cualquier indicio que afirmara o desmintiera sus temores.
Antes de que Sally se acercara, su actitud le recordó a sí misma aquellos primeros días que veía a lo lejos a Teodoro. Todavía no sabía lo que sentía, pues apenas había hablado con él, pero sentía un curioso deleite al mirarle y un tonto apetito por intercambiar aunque fueran dos palabras con él. Esos nervios que sentía cada vez que se acercaban era lo que había visto a su hija. Sin embargo, conforme el tiempo pasaba, las expresiones iban tomando un color más oscuro y pensó que tal vez se había equivocado hasta que Sally levantó la mano.
No sabía qué pensar. Estaba claro que él le había dicho algo que le había disgustado realmente, posiblemente no había conseguido la información que buscaba. Esperó a que el joven se alejara para acercarse, pero Sally no se giró, siguió suspendida en la misma posición, mirando el rastro invisible de las huellas de él.
La abrazó por detrás y le habló con su voz más dulce.
—Lo siento, cariño. Lo hemos intentado y eso es lo que cuenta.
—No. —Se deshizo del abrazo y la enfrentó—. Sé dónde está.
—¿Te lo ha dicho?
—«Solo tú y yo conocemos ese sitio, nadie va a ir por el momento» —dijo más para ella que para compartir con su madre. Esta la miró extrañada en un principio y después intrigante—. La playa, está en la playa, donde nos conocimos. Nadie baja a la playa en invierno.
—Es un lugar poco seguro para guardar un objeto tan importante —exclamó Olive recelosa—. ¿Estás segura?
—No lo sé. Pero no perdemos nada por intentarlo. Todo lo contrario.
Miró a su madre intensamente. Tuvo que poner todo su empeño en aparentar normalidad y desechar de su mente la conversación con Benjamin, pese a que la palma de la mano todavía le escocía.
Afortunadamente no estaban lejos de la playa. Comenzaron la marcha a paso ligero, pero pronto Sally empezó a notar un nudo en la garganta que fue bajando hacia el pecho. Había sido inevitable, pese a su gran esfuerzo, pensar en Benjamin y sus palabras, que resonaban en su cabeza con intensidad como si de ecos se tratasen. «La ira te nubla el juicio... creéis que hacéis un acto noble, pero no sois más diferentes que ellos... queréis lo mismo a fin de cuentas, pero ¿dónde ponéis el límite?... tal vez sea interesante ver el mundo arder». No sólo era la voz sino también su rostro y la expresión enfurecida que le dirigía con cada frase posiblemente lo que más la afectaba. Empezó a dolerle la cabeza, aunque no tanto como el nudo que la ahogaba, y refrenó sus pasos, ayudándose de la pared se sostuvo en pie, pese a que prefería tirarse al suelo y desaparecer.
Siguió andando en un vano intento de alcanzar a su madre, quien ya iba unos cuantos pasos por delante sin darse cuenta del estado de su hija. Entonces solo una frase se repitió con intensidad en su mente: «¿Serías capaz de matarme por un poco de dinero?». Y al igual que la pregunta sonó como si la escuchara por primera vez, su mano notó el contacto de un cuerpo. Se la miró, pero no había nada.
Empezó a sentir la cara húmeda y se percató de que había comenzado a llorar. Primero fue un llanto suave, disimulado, pero pronto se entrecortó, incapaz de soltar todas las lágrimas de una vez a causa del ahogo. Había tantas razones por las que llorar y hacía tanto tiempo que llevaba reprimiendo sus emociones que, en cuanto salió una gota, no pudo cerrar el grifo. Todos sus pensamientos se agolparon queriendo ser protagonistas de su llanto. La mano dolorida, la mirada de Benjamin, la destrucción antes del nuevo amanecer, su hermana, Winnifred, el despido... Realmente, ¿hasta cuándo debía retroceder para encontrar un momento de felicidad? Ya no se acordaba ni de su infancia, de aquella vez que su madre la llevó a la playa por primera vez.
ESTÁS LEYENDO
La conjura del eclipse
FantasíaEl mundo era el que era. Diseñado para los ricos y a placer del rey, el proletariado vive oprimido entre grasa de máquinas y carbón de calderas. Están cansados de protestar, de manifestarse y rogar por sus derechos, lo único que les queda hacer es t...
