Aquella misma mañana, después de la conversación con su hijo, el rey había decidido poner punto final a las conspiraciones. Para ello, concienciado en que sería inútil y una pérdida de tiempo averiguar los planes mediante espías, cerca del mediodía publicó un decreto en el que denunciaba esas confabulaciones y exigía a los culpables que se entregasen para ser juzgados. Sin embargo, tras más de una hora sin tener noticias, su paciencia se agotó y envió al ejército a Mainden y a Greeseford anunciando que se efectuaría una redada, y que quien estuviera ocultando a un traidor sería considerado como tal y ejecutado, sin juicios.
La ciudadanía sabía perfectamente, con el primer decreto, que la palabra del rey no valía, que los culpables (o los que él consideraba así) serían severamente condenados, de modo que prefirió callar aún a riesgo de empeorar su situación. Cuando vio a los soldados entrar en las serpenteantes calles de los suburbios, no le hizo falta leer la siguiente publicación para saber qué estaba ocurriendo. La gente de Maiden ya había vivido ese infierno veintiún años atrás, y sin previo aviso siquiera.
Algunos soldados se posicionaron en las calles de entrada al barrio, impidiendo entrar o salir a los ciudadanos, de modo que nadie podía escaparse de esa suerte. Después, la batida comenzó pacíficamente, pese a que los soldados entraban en los locales y en las casas apenas respetando a las personas, estos abrían sus puertas y les dejaban pasar, pues no tenían nada que ocultar. Sin embargo, conforme transcurría el tiempo, los ciudadanos empezaron a perder la paciencia y a hartarse de que los trataran peor que a los perros. Tan solo un reducido grupo de personas conocían el plan de la conjura, de modo que la gente no comprendía la irrespetuosidad del ejército y, en mayor grado, el odio del rey para acusarlos de traición. Creyeron que todo eso se debía a las manifestaciones, un derecho que tenían desde Robert II y que Harold III condenaba abiertamente. Pero no hacía falta entender nada para conocer la injusticia a la que estaban sometidas Mainden y Greeseford desde siempre. Era el desprecio hacia las clases más bajas de la sociedad. No era necesaria ninguna explicación más, porque no había otra.
Sin embargo, el descontento era mayor en el barrio de Greeseford, pues jamás se habían involucrado en ninguna disputa y no participaban en las manifestaciones. Era un barrio de fieles trabajadores a pesar de que tenía muchos más motivos para quejarse que nadie. Si bien era cierto que se conocía por los delincuentes que vivían allí, estos ni siquiera molestaban a las clases más altas. La corrupción y la insalubridad de Greeseford solo eran problema de Greeseford.
El descontento llegó a tal punto que la reacción fue contraria a la que el rey esperaba. En vez de conseguir su colaboración, los habitantes de estos barrios pusieron resistencia. Si querían entrar en la casa de alguien, se iban a encontrar con una turba preparada para defenderse, no había persona que no tuviera el respaldo de sus vecinos.
En las calles donde aún no había llegado el ejército, construyeron barricadas en la entrada con sacos de harina y trigo, con escombros o muebles de las casas, y alzaron cuchillos, sartenes, escobas o cualquier herramienta que les sirvió cuando los soldados intentaron cruzar los obstáculos. Entonces aparecieron más de las casacas azules y empezaron a ganar la batalla que iban perdiendo. Hubo detenidos, heridos más o menos graves, pero afortunadamente ninguna baja que hubiera que llorar.
Quienes eran partícipes de la conjura, lamentaron que todos fueran culpados y castigados por su culpa pese a su inocencia, pero no podían rendirse y condenar todos sus planes, sino ser fuertes y pensar que todo sufrimiento valdría la pena. Fueron los que más resistieron, los que más defendieron las barricadas y los que no permitieron que ningún vecino fuera abandonado. Y estos sabían sin saber que unos pocos atrevidos velaban por ellos desde hacía tanto tiempo, planeando y llevando a cabo su libertad.
Sin embargo, no hubo tiempo para más, en apenas dos horas el ejército entró y salió.
🕰️
ESTÁS LEYENDO
La conjura del eclipse
FantasyEl mundo era el que era. Diseñado para los ricos y a placer del rey, el proletariado vive oprimido entre grasa de máquinas y carbón de calderas. Están cansados de protestar, de manifestarse y rogar por sus derechos, lo único que les queda hacer es t...
