Recorrió los pasillos del palacio con decisión. En otras ocasiones respetaba el paso de los empleados, pero aquella vez iba derecho, obligando a los demás a apartarse. El príncipe siempre había sido el obediente hijo de su padre, hasta que, apenas unos meses antes, empezó a imponer su personalidad, mostrando sin miedo su verdadero ser, aquel que ocultaba al rey. Quienes lo conocían sentían orgullo, porque estaba demostrando no solo que tenía mano para gobernar, sino también que sería un monarca diferente. Sería el rey que el pueblo necesitaba.
Llegó hasta la Sala Verde donde sabía que se encontraba su padre arreglando los asuntos del estado, cogió los pomos de ambas puestas y las abrió sin miramientos. El secretario personal se giró sorprendido por la inesperada intrusión, pero el rey siguió con la mirada sobre el papel en su mano.
—¿Podemos hablar, padre?
—Después de interrumpir de esta forma tan descortés, dudo mucho que un «no» os frene.
Dejó el papel sobre la mesa y se sentó en la silla, mientras Eugene terminaba de entrar y se situaba frente a él, al otro lado del escritorio.
—¿Por qué está detenida todavía toda esa gente de Mainden?
—Las asambleas están prohibidas.
—No estaban haciendo nada malo, solo era un grupo de gente tomando un trago en una taberna.
—Estaban conspirando —afirmó con la boca pequeña para evitar alzar la voz; también, cerró los puños en un intento de controlar su ira.
Desde el ángulo donde se había posicionado Eugene, no pudo ver ese gesto, pues el borde de la mesa ocultaba los reposabrazos; aun así, notó el enojo de su padre por el tono de voz, lo que le extrañó, si bien la impaciencia le caracterizaba al rey, ahora parecía cansado de tener que excusarse otra vez. Involuntariamente, al príncipe se le desvió la mirada hacia el secretario, que le recordó al gato que encontró abandonado en el jardín cuando era niño, que hambriento y desprotegido temblaba asustado entre las manos humanas que lo cogían. Entonces pensó que él ya habría encendido la mecha.
Charles había empezado a trabajar al servicio de Robert II, abuelo de Eugene, por lo que era la única persona a quien el rey escuchaba. Este confiaba en la sabiduría que la edad le otorgaba y en la experiencia de haber sido la mano derecha de su padre tantos años. Pero Harold tenía un carácter más fuerte que el anterior monarca, por lo que le estaba siendo difícil hacerse escuchar, más todavía conforme los años iban pasando y la edad empezaba a hacer mella en él.
Eugene avanzó su dorso hacia delante y se apoyó en el escritorio, dispuesto, si era necesario, a enfrentar a su padre. No se iba a dejar ganar tan fácilmente como Charles, y es que conocía de primera mano la deplorable situación en que vivían los trabajadores y los habitantes de Maiden, pues, en esas ocasiones en que bajaba del Palacio Real para internarse disfrazado en la ciudad, había compartido alguna jarra de cerveza con quien quisiera contarle sus penas. Por ello, sabía que detenerlos sin razones acrecentaría el malestar y el odio hacia la corona.
—Eso no podéis saberlo —replicó—. La ley no prohíbe las reuniones de amigos. Pero tratarlos así solo empeorará la situación.
—Yo soy el rey. ¡Yo soy la ley! —bramó, toda esa rabia contenida la desató sobre la mesa con su puño. Eugene se incorporó de la impresión, pero pronto se recompuso.
—Yo también soy la corona, así que me importa tanto como a vos lo que hagan o dejen de hacer. Y soy yo quien os sucederá, quien tendrá que aguantar su enfado por vuestras acciones impulsivas. —Primero señaló por la ventana en dirección a la ciudad y después a su padre, remarcando cada sílaba para hacerse entender bien.
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La conjura del eclipse
FantasiaEl mundo era el que era. Diseñado para los ricos y a placer del rey, el proletariado vive oprimido entre grasa de máquinas y carbón de calderas. Están cansados de protestar, de manifestarse y rogar por sus derechos, lo único que les queda hacer es t...
