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LAMINE
El entrenamiento en el Barcelona había sido duro desde primera hora. Como siempre, nuestro entrenador nos exigía al máximo, pero no me quejaba. Me encantaba esa sensación de mejorar cada día. Estábamos todos sudando a mares después de una serie de ejercicios intensos, y mientras nos tomábamos un respiro, Héctor Fort, Marc Bernal y Pau Cubarsí se acercaron a mí. Eran mis compañeros de equipo y grandes amigos, y siempre terminábamos echando unas risas tras el entrenamiento.
—Tío, ¿has visto la que nos ha metido el míster hoy? —comentó Pau, secándose la frente con la camiseta—. Creo que he dejado mi alma en el campo.
—Sí, sí —añadió Marc, soltando una carcajada—. Hoy me va a hacer falta una grúa para levantarme de la cama mañana.
—Bah, exagerados —respondí con una sonrisa—. Vosotros es que no estáis en forma.
—Ya, claro, claro —contestó Héctor, dándome un empujón amistoso—. Si tú tampoco podías ni con las piernas, Lamine.
Reímos todos. Era ese tipo de bromas que siempre nos soltábamos para quitarle peso al cansancio. Aunque, en el fondo, sabíamos que todos lo habíamos dado todo en el campo.
—Oye, Lamine —empezó Pau con una sonrisa traviesa—, ¿y qué tal te va fuera del campo? Porque he oído por ahí algunos rumores.
Marc y Héctor levantaron las cejas, mirándome expectantes.
—¿Qué rumores? —pregunté, aunque ya sabía por dónde iban los tiros. Estos no perdían oportunidad para bromear.
—Hombre, que últimamente te vemos muy contento... y eso tiene nombre propio, ¿no? —Marc guiñó un ojo mientras Héctor se echaba a reír.
—Sí, tío —añadió Pau, dándome una palmada en la espalda—. Desde que estás con la gimnasta esa... ¿cómo era? ¿Deva, no?
Solté una carcajada, sabiendo que esto se iba a poner interesante. Siempre que les hablaba de Deva, me lo tomaban a cachondeo, pero en el fondo sabía que era porque estaban felices por mí.