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La cena de Adidas se sentía como un evento de lo más importante. Era uno de esos momentos en los que sabías que había que estar a la altura, rodeada de figuras públicas, deportistas de alto nivel y gente influyente. Pero lo que más me tranquilizaba era que no iba sola. Lamine y yo habíamos quedado en llegar juntos.
Mientras esperábamos el coche que nos recogería, notaba la emoción en el ambiente. Lamine parecía relajado, como siempre, con una sonrisa fácil y su energía positiva que llenaba cualquier espacio. En cambio, yo estaba algo nerviosa, intentando disimular mi incomodidad ajustándome el vestido y repasando mentalmente lo que iba a decir en caso de que me quedara en blanco.
—No te preocupes tanto, Deva —dijo Lamine, notando mi tensión mientras se acomodaba el traje con una soltura envidiable—. Va a ser una noche divertida. Estamos juntos en esto.
Le sonreí, aunque sabía que él tenía más facilidad para moverse en estos entornos sociales. Mientras él era naturalmente extrovertido y sabía cómo ganarse a la gente, yo siempre había sido un poco más reservada, sobre todo en situaciones donde sentía que me observaban. Y esta cena, organizada por una marca tan importante como Adidas, era precisamente una de esas ocasiones.
Cuando llegamos al restaurante, nos recibieron en la entrada con flashes y cámaras. Lamine, como siempre, sonreía y saludaba con facilidad. Yo me mantuve a su lado, sintiéndome más cómoda gracias a su presencia, aunque los nervios seguían latentes.
Entramos juntos, y desde el primer momento, noté cómo las miradas se centraban en nosotros. No era solo porque fuéramos dos de los deportistas más jóvenes de la marca, sino porque parecía que todo el mundo notaba nuestra conexión. Me sorprendía lo fácil que era para Lamine moverse entre la gente, saludando aquí y allá, conversando con casi todos los presentes, mientras yo intentaba mantener una sonrisa tranquila.
Nos sentaron en una mesa grande, junto a otros atletas y personalidades del mundo del deporte. Lamine, como era de esperar, se integró rápidamente en las conversaciones, contando alguna anécdota divertida que hizo reír a todos. Yo, por mi parte, intentaba no destacar demasiado, pero cada vez que él me involucraba en la charla, me daba cuenta de que la gente también se fijaba en mí. Y lo peor de todo: en cómo nos mirábamos mutuamente.