"Y danzaron sobre las sábanas repletas de cristales filosos, y ninguno de los dos sangró, porque sabían en qué charco de sangre se estaban hundiendo"
Narradora:
Ginebra y Antonio salieron del casino después del encuentro del póquer. La noche se extendía como un terciopelo oscuro sobre Rusia. Se veía hermoso todo el camino hasta llegar a la casa de Antonio. La entrada, con sus escalones de mármol y el aroma de jazmín que flotaba en el aire, prometía un final de velada íntimo.
— No conocía esas cosas de ti, te las tenías muy guardadas, pelirroja— Antonio iba detrás de Ginebra, deleitándose de su figura con aquel vestido rojo como su cabello, era adictivo para él. Antonio, con un gesto de caballero, le ofreció a Ginebra su brazo para subir las escaleras.
El roce de sus dedos, la calidez de su piel y la intensidad de su mirada hicieron que un escalofrío recorriera el cuerpo de Ginebra. Al llegar al salón, Antonio encendió la chimenea, la llama dorada proyectaba sombras danzantes en las paredes. Ginebra se acomodó en un sillón de terciopelo rojo, observando con curiosidad la decoración de la casa, que reflejaba el gusto refinado de Antonio.
— Es un lugar hermoso — dijo sin apartar su mirada de la chimenea Ginebra — No me había fijado mucho en los detalles cuando vine a cambiarme para jugar a las traes contigo, fue todo demasiado rápido. Ahora si puedo darle vista a este precioso lugar — su voz, con un tono levemente ronco, transmitía un deseo que ambos comenzaban a sentir.
— Esta casa es mucho más hermosa cuando tienes a alguien en ella — respondió Antonio, acercándose a ella con una mirada intensa. Su voz, con un susurro que transmitía pasión, la hizo sentir un cosquilleo en la piel. Ginebra, sin poder evitarlo sintió la calidez de su cuerpo, la fragancia de su perfume, y un deseo incipiente que comenzaba a encenderse.
— Entonces, ¿debería quedarme un tiempo contigo? — preguntó Ginebra, con una sonrisa pícara que curvaba sus labios con complicidad, mientras observaba la intensidad de su mirada que parecía atravesar su alma. Cada destello en sus ojos revelaba un misterio profundo, un deseo latente que se reflejaba en cada rincón de la habitación. El silencio se llenaba de una tensión palpable, como si las palabras de Ginebra fueran la chispa que encendería la llama de una pasión inextinguible.
— No creo que haya un lugar en el mundo donde preferirías estar esta noche y por nada del mundo dejaría de pases noches en otro lugar que no sea conmigo, pelirroja — le respondió Antonio, acercándose a ella hasta que sus cuerpos se rozaron. Sus manos, con un movimiento suave y seguro, se posaron en su cintura, sintiendo la calidez de su piel.
La habitación se llenó de un silencio cargado de deseo. Sus miradas se encontraron, y en ese instante, no hubo palabras ni acciones, solo la conexión de dos cuerpos que se atraían con fuerza. Antonio se inclinó hacia Ginebra, su aliento cálido rozando su oído.
La intensidad de su mirada la recorrió como una corriente eléctrica, sus manos recorrieron la suave textura de su vestido rojo, subiendo lentamente por su espalda. Ginebra, sintiendo un escalofrío recorrer su cuerpo, no pudo evitar un pequeño jadeo al sentir su toque. Sus labios, con un ligero temblor, susurraban:
— Antonio... — Antonio, con un movimiento suave, desabrochó el botón superior de su vestido, dejando al descubierto su hombro. Sus dedos acariciaron la piel de su cuello, sintiendo la calidez de su cuerpo y la aceleración de su corazón.
— ¿Puedo? — le preguntó Antonio, cosa que no había hecho cuando habían follado anteriormente en el avión. Se lo dijo con un susurro que parecía más una súplica para poseer lo que estaba frente a sus ojos. Ginebra, sintiendo la fuerza de su deseo creciendo dentro de ella, se limitó a asentir con la cabeza, sin poder pronunciar palabra alguna.
Antonio, con un movimiento delicadeza y pasión, la besó. El beso fue una tormenta de sentimientos: deseo, tentación, ansiedad, y una intensidad que los envolvió a ambos en aquella habitación. Las paredes presenciaban todo, como su cuerpo, con un anhelo irresistible, se acercó al de ella, buscando el contacto más íntimo.
Ginebra, sintiendo la fuerza de su deseo, respondió con un movimiento sincero, dejándose llevar por la intensidad del momento. La casa se llenó de un murmullo de suspiros, de la calidez de sus cuerpos unidos, y de una pasión que se desataba con intensidad, sin palabras, solo con el lenguaje del deseo y la atracción irresistible de dos almas que se encontraban en un punto de inflexión en sus vidas.
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Una Espada cubierta de Sangre.
ActionTRILOGÍA DE SANGRE 🩸: PRIMER LIBRO. 🩸🩸🩸🩸🩸🩸🩸🩸🩸 "En el intrincado mundo de la mafia, la rivalidad entre Bonatti y Falcone trasciende el simple rencor, convirtiéndose en una pelea interminable por la codiciada corona del liderazgo. En medio d...
