23:Necesito que seas mía ahora.

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"En la mafia, la posesión puede llevar a la perdición".

Mario Puzo.

Antonio Bonatti:

Llegué a la casa con Vanessa. Estacioné el auto en el parqueo.
— ¿Crees que esté bien que vaya ella sola? — me preguntó nada más entramos a la casa.

— No me parece bien dejarla sola, pero si ella lo decide, no la puedo detener, Vane — Vanessa asintió y se puso a revisar su celular — Creo que deberías leer esto.

— ¿De qué se trata? — leí el mensaje. Estaba la noticia por todas las redes. Antonio Bonatti está bajo arresto por pertenecer a la mafia rusa. Se buscan pruebas para demostrarlo — Ahora sí estoy perdido.

— Todavía no — se recoge su cabello morado en una coleta, se pone más gafas, se quita la bata blanca y se gira ante mí — Medea Moriarty, para complacerte.

— ¿Qué pretendes hacer, Medea?
— Simple, demostrar tu inocencia — tocaron el timbre de la casa, Vane fue a abrir y ambos nos impresionamos con la persona que estaba del otro lado de la puerta.

— ¿No me dejarás pasar? — Ginebra estaba frente a mi, su mirada atrayente era la misma de siempre. Yo empecé a reír nada más miré su rostro.

—Vámonos los tres a Rusia, estoy bajo arresto por orden de Helio Voltav — Ginebra y Vanessa asintieron.

— Pero antes... — Vane y yo salimos de la casa. Mi casa, como en Rusia estaba inundada de hombres con armas y muchos autos de policía.

— Más te vale rendirte, Antonio Bonatti. Estás arrestado por tráfico de drogas, venta ilícita de armas y contrabando. Baja las manos y ven con nosotros a Rusia sin resistirte.

— ¿Qué me dicen si nos divertimos, chicas? — saqué la pistola de mi bolsillo, Vane sacó su bisturí y Ginebra su espada — Que comience la matanza — todos los cuerpos cayeron al suelo con cada disparo, el frente lo cubría Ginebra y Vane la retaguardia. Fuimos al auto y salimos de mi casa a toda velocidad. Los autos venían detrás de nosotros, lanzándole balas a las ruedas.

— Creo que es buen momento para que me luzca. ¿No lo crees, Antonio? — Ginebra se soltó el cabello, abrió la puerta del auto, se encaramó, cerró la puerta y se quedó de pie sobre el maletero del auto.

Ginebra Falcone:

— Me siento viva otra vez gracias a ti, Antonio — suspiré, saqué mi espada otra vez y miré a mis enemigos reflejados en mi espada — Todo lo que te debo, te lo voy a devolver poco a poco, si es que eso significa que a partir de ahora tú me perteneces — salté del auto haca un auto de policía, caí de puntillas, estos zapatos definitivamente sirven para todo. Rebané cada auto de policía que venía detrás del auto de Antonio. Nos alcanzó el tiempo para subirnos en el jet privado e irnos.

— No conocía esa parte de ti, Ginebra — Vanessa me miró curiosa.

— Hay cosas que no se cuentan, son un haz bajo la manga — me senté, saqué el pañuelo de siempre y empecé a limpiar mi espada.

— ¿No crees que está muy sucio? — me preguntó Antonio, me estaba mirando fijamente. Seguramente, Antonio sentía lo mismo que yo, pero era casi imposible después de lo que Vanessa me dijo aquella vez: A Antonio sólo le gustan las mujeres para follar. No he visto una con la que tenga una relación seria — Toma ésta y úsala mucho — me lanzó otro pañuelo de color rojizo, así como mi cabello. Tenía su aroma, el aroma de Antonio. ¿Cómo sería capaz yo de negar un regalo tan precioso?

— Gracias por esto Antonio — era de día, así que supongo que lleguemos a Rusia en la noche.

— ¿Puedo hablar contigo un momento? — Antonio vino a sentarse a mi lado.

— Puedes hablar — le di paso a sus palabras, a su voz, a lo que me gustaba, lo que me tentaba a tocarlo, lo que me tentaba a rendirme a sus pies. Las ganas de que me hiciera suya a mí y sólo a mi no se me iban de la cabeza. Estaba rendida ante Antonio, y era definitivo.

— Vine a decirte que lo siento y gracias — me quedé en blanco — Gracias por provocarme estos nuevos sentimientos que desconozco, pero lo siento mucho por haberte hecho el amor sin preguntarte antes. Vengo a decirte ésto ahora porque es posible que muera.

— ¿Por qué morirías Antonio? — mis ojos se aguaron, pocas lágrimas empezaron a salir con urgencia de mis ojos. Antonio las limpió con su mano.

— Hagamos una promesa, Ginebra — asentí dispuesta a arriesgarlo todo, incluso si eso llegaba a ser darle la espalda a mi madre. Necesitaba tanto a Antonio como él me necesitaba a mi. Ambos nos complementábamos, pero a la vez, somos tan distintos que causaría y provocaría un alejamiento o un acercamiento — Si yo muero, no vayas a vengar mi muerte, ¿de acuerdo?

— Creo que es imposible que me pueda contener cuando te vea desangrado — se lo tiré en broma pero era algo que ya los dos sabíamos, estábamos fritos el uno con el otro.

— Si yo no muero..... Por favor Ginebra, necesito que seas mía.

— Y con gusto lo seré. Ya sea que estés vivo o muerto — me abrazó antes de unir nuestros labios en un beso — Seré tuya por toda la vida.

Una Espada cubierta de Sangre.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora