25: ¿Qué tal si descubrimos la verdad de todo, Ginebra?

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"Las verdades son peligrosas, encontrar la verdad puede ser nocivo"

Aleksandr Solzhenitsyn.

Narradora:

Ginebra Falcone se encontraba en la penumbra de una habitación fría y luminosa apenas por el resplandor tenue que daba el sol al caer detrás de las montañas rusas de su patria. El aire parecía haberse espesado con tensión. Frente a ella, su madre, Dorothea Falcone, se sentaba con una expresión impenetrable, capaz de ocultar el abismo de secretos que había guardado.

Antonio estaba a su lado, los músculos tensos, la mirada dura, con el arma firmemente apuntada hacia esa mujer que había sido la raíz del enigma que apuñalaba el corazón de Ginebra.

— Puedo saber, ¿por qué nos lanzaste balas a Antonio y a mí, madre? — su voz tuvo un hilo de incredulidad, de dolor contenido. Era imposible que la mujer que la había dado vida fuera capaz de semejante traición. Dorothea levantó la mirada, sus ojos brillaban con un fuego frío y afilado.

— ¿Y qué si lo hice? — replicó con voz firme, cortante, casi como si pronunciara una sentencia. Antonio no dudó un instante. Apoyó el arma en la sien de Dorothea con la firmeza de la ira contenida.

— Entonces no quedará más que otra cosa que matarte — afirmó con voz grave y llena de furia — Ginebra extendió la mano para detenerlo, temblando en la mezcla de miedo y rabia.

— Espera un momento, Antonio. ¿Puedo preguntar por tus razones para creer que merezco estar muerta, madre? — su voz mostró un atisbo de esperanza, el anhelo de que todo aquello tuviera algún sentido. Las palabras de Antonio fueron como un puñal afilado.

— Mereces estar muerta, Ginebra. No hay nada más que pueda decirte — y sin más, lanzó un golpe brutal al abdomen de Ginebra que la dobló sin aire.
Pero entonces, Dorothea se levantó lentamente y se sentó en el sofá de cuero oscuro que parecía absorber la luz. De un maletín sacó una carpeta con documentos que caían sobre la mesa con un ruido seco.

— Es más que hablar, hay pruebas — dijo, con una calma que enfurecía aún más. Antonio abrió las hojas con rapidez, sus ojos recorriendo cada línea con voracidad.

— Esto es… — comenzó a decir, pero al ver el documento, sus cejas se fruncieron.

— Una prueba de ADN, Ginebra. Una prueba entre tú y yo — susurró, casi sin creerlo. Ginebra agarró el documento con manos temblorosas. Todos sus recuerdos, los momentos con su madre, su espada de batallas pasadas, adquiriendo un nuevo sentido en un instante.

— ¿Cómo es posible? Mi padre… 
— Nos engañó a las dos — interrumpió Dorothea, su voz cargada de amargura y reproche. El silencio se instaló como una espesa capa entre ellos, hasta que Antonio rompió la tensión con una revelación adicional.

— ¿Saben algo? — Les preguntó con mirada seria — La familia Inoarden ha estado buscando a su cuarta hija desde su nacimiento. La señora Inoarden tuvo una hija un 6 de diciembre, desaparecida misteriosamente, y por eso adoptaron a Vanessa — su voz evocó la sombra de una historia sombría — Las mafias saben de su existencia, y todos han buscado eliminarla. Ginebra sintió cómo una mezcla de sorpresa y miedo se le apoderaba.

— Hay otra prueba aquí — dijo, sacando un segundo documento de la carpeta. La prueba contenía detalles que cambiaban el rumbo de su destino.

— Ginebra, la cuarta hija de los Inoarden eres tú. — La voz de Dorothea ahora sonaba como un eco en las paredes — La verdadera familia que asesinó a tu padre para silenciarlo… fue la familia Inoarden — un frío intenso le recorrió la columna vertebral a Ginebra. La traición era un veneno que se había filtrado en su sangre desde siempre.

— Eso quiere decir que… — comenzó a decir con voz quebrada.

— Provocaron una guerra entre familias — concluyó Antonio — Ese odio entre Falcone y Bonatti, todo fue manipulado por los Inoarden. Pero la noticia no acabó ahí. 

— También la muerte de los Lombardi fue obra de los Inoarden — añadió con dureza.

Ginebra Falcone:

— ¿Cómo te enteraste de todo esto, madre? — le pregunté.

— Tu padre hizo una grabación justo antes de su asesinato, donde contaba todo eso. Había descubierto todo tras una reunión donde se decidió el asesinato de las familias: Bonatti y Lombardi, y quienes se encargarían de limpiarse las manos, serían los Inoarden. Lo guardó en una memoria y lo llevó a la caja segura de la mansión Lombardi. De ahí fue de dónde lo tomé.

— ¿Cómo entraste a la mansión Lombardi? — Antonio le preguntó, pero mi madre empezó a reír. No sé si seguirle diciendo mi madre, después de todo, soy hija de los Inoarden.

— Yo la dejé entrar allí, o bueno, vine a buscarla.

— ¿¿Lorena?? — caminó hasta nosotros.

— Había otra carta detrás de la carta de Bruno para mí. Decía: Para mi dueña eterna, Dorothea Falcone. De parte de Camilo Falcone. Fue entonces, cuando me enteré de que se trataba de tu madre, y vine a buscarla.

— Entonces, ¿quien mató a Celeste fue...? — Lorena asintió.

— Los Inoarden — la ira me consumía. Me habían quitado a mis dos cosas más preciadas, a mi padre y a mi mejor amiga. Todo este tiempo había deseado lo peor para quienes creía que eran mis enemigos, pero nunca lo fueron. Los Inoarden son los culpables de todo, a quienes había querido como una familia, habían asesinado a mi padre.

— Voy a asesinar a los Inoarden — mi espada lo sentía, necesitaba eliminarlos, necesitaba vengar a mi padre y a Celeste, necesitaba vengar la muerte de Bruno, necesitaba matar la parte de mi que tomó a Antonio como el causante del asesinato de mis padres.

— No hay necesidad de la violencia, Ginebra — no escuché las palabras de Antonio. Salí de la casa con una sed de sangre que me estaba haciendo sucumbir lentamente, esa sed de sangre que no terminaría hasta ver a todos los Inoarden morir.

Una Espada cubierta de Sangre.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora