Si quieres que el terror se cuele por cada fibra de tu cuerpo. Si ansías sentir cómo late desenfrenado tu corazón al simple roce de la puerta entornada. Si deseas que tus dientes castañeteen por aquella sombra deforme que está detrás de tu espalda.
...
—Lo siento. Pero debo hacerlo –se disculpó el joven. Luego se inclina sobre la chica. —¡No, por favor, déjame! No diré nada -clama ella intentando alejarse de él acurrucándose más en la esquina del cuarto. —¿Acaso no fui claro?. Debo terminar de escribir este capítulo. No sabes lo que esperé para que me venga algo de inspiración –sin decir más tomó del brazo a la joven y le clavó la aguja en la piel.
Ella chilló y se contorsionó del dolor, pero no pudo hacer nada. La sangre comenzó a llenar la jeringa, que luego el joven depositó en su tintero. Sonriendo con satisfacción tomó la pluma, mojó su punta dentro del líquido carmesí y siguió escribiendo con entusiasmo sobre las hojas blancas que tenía desordenadas sobre el escritorio.
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