Último lamento: No eres digna de mi

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Si me preguntaran a qué lugar quisiera regresar, diría que esa noche, cuando compartía con mi familia, sin ningún problema. Pero eso cambió, ya que esa misma noche ocurrió una tragedia.

Ar Nueng POV

En este mismo momento estábamos en el hospital, esperando que salieran de cirugía. Ellas estaban graves, no sabíamos por qué todo esto sucedió tan rápido. Hace unas pocas horas, estábamos en una comida, disfrutando de risas y buenos momentos, hasta que se escucharon ruidos afuera. Cuando nos dimos cuenta, la casa se estaba quemando. Todos salieron afuera, pero Song corrió hacia Alice, quien dormía en el segundo piso, donde estaba acompañada de Anueng. En ese mismo momento, antes de que mi hermana entrara, le hice que se quedara afuera, y yo subí corriendo. Ahí pude ver a Alice tratando de despertar a Anueng. Ella parecía desmayada, así que rápido corrí hacia ellas.

—Tía Nueng, ayúdala, no despierta. Estaba conmigo un rato hasta que nos dormimos. Yo… yo me desperté por el olor a humo, pero ella no despierta, por favor, ayúdala —dijo la pequeña Alice, mientras lloraba.

Me quedé en shock, al menos, por tres segundos. Después de eso, me puse de pie y le hablé a Alice.

—Escúchame, Alice, voy a llevar a Anueng, y tú estarás conmigo. Cógete de mi mano hasta que estemos afuera. Tú puedes, Alice. No te asustes, estás conmigo —le dije antes de coger a Anueng y salir con Alice.

Cuando estábamos a punto de llegar a la puerta, pude ver que el techo se iba a caer. Así que, como pude, corrí hacia ella con Anueng en mis brazos, empujándolas hacia afuera. La pared se cayó, pero yo no tuve la misma oportunidad, ya que la pared se desplomó, quedando atrapada en los escombros del techo.

Poco tiempo después, desperté en un hospital, conectada a muchas máquinas. Cuando finalmente recordé lo que había sucedido, intenté levantarme, pero mi cuerpo me dolía. No podía hacer nada. En ese momento, entró Sam, y al verme, corrió a abrazarme.

—Por fin despiertas. Estoy tan feliz, no hagas eso de nuevo —dijo sollozando.

—Tranquila, no pasará de nuevo. Pero, ¿dónde está Anueng y Alice? ¿Dónde están? —pregunté.

—Alice está bien, solo está asustada. La revisaron y vieron que inhaló mucho humo. Pero hay algo más, es Anueng...

—¿Qué le pasó? Sam, dime ya, deja de rodearme —le pedí, desesperada.

—Ella inhaló todo ese humo, y debido a sus problemas de salud… su pulmón ya no funciona correctamente. Va a necesitar un trasplante, pero eso puede tardar —me explicó, con voz temblorosa.

—Quiero verla, ¿dónde está? —le pedí.

—Están haciendo más pruebas con ella para meterla en la lista de trasplantes —respondió Sam.

Después de eso, no supe qué más hacer. Caí de rodillas, sintiéndome la peor persona por no poder hacer nada para ayudar a mi prometida.

Después de estar un rato así, fui a ver cómo estaba la pequeña Alice. Cuando entré a su habitación, me saludó con alegría.

—Tía Nueng, por fin despertaste. ¿Cómo está mi tía Anueng? Quiero decirle que estoy bien y agradecerle por jugar conmigo —dijo Alice con una alegría que me hizo llorar. En ese momento, Song entró y al verme así, me abrazó.

—Tranquila, hermana, todo estará bien. Encontraremos cómo ayudarla. Debes ser fuerte por ella —me dijo Song.

Poco tiempo después, Anueng ya estaba en su habitación. Fui a verla, y al entrar, pude ver cómo la tenían conectada a muchas máquinas que le ayudaban a respirar. Su pulmón ya no funcionaba bien, y por su condición, si no encontramos un trasplante entre estos tres o cinco meses, ella podría morir.

Ella estaba ahí, con un respirador, mientras dormía. No podía hacer nada más que verla, mientras ella sufría. Yo debería estar ahí, no ella. Pero no podía hacer nada, solo esperar un milagro y que ese milagro no fuera demasiado tarde.

Al día siguiente, estaba esperando que Anueng despertara, ya que la noche anterior no la había visto. Y ahí estaba ella, sonriéndome, mientras me veía como si pudiera sonreír estando así.

—¿Por qué sonríes, amor? ¿Por qué estás tan calmada? —le pregunté, mientras acariciaba su mano.

—Porque ya he estado así. Sabía que mi salud podía empeorar, pero no importa, porque estoy contigo. Siempre te dije que me tendrías que cuidar, porque mi salud era mala y yo podía morir primero —me dijo, mientras alzaba su mano para acariciar mi cabello.

—La vida es injusta. Cuando ya estamos juntas y ya enfrentamos todo, debe haber algo. Te prometo que no me rendiré. Buscaré cómo curarte —dije, mientras las lágrimas caían de mis ojos.

Después de unos cinco días en el hospital, le dieron de alta a Anueng, pero primero le pusieron un dispositivo que controlara su respiración. Era algo pasajero, hasta que consiguiéramos el trasplante.

El primer mes fue difícil, ya que tuvimos que mudarnos cerca del hospital. Según los médicos, si algo salía mal, ella podría necesitar ayuda rápida. No fue un problema, ya que con el dinero que ganaba, ya podía permitirme algunos lujos. Por otro lado, Anueng no estaba muy feliz. Se quejaba de que no podía comer lo que quería, ya que solo podía comer lo que nos dijeron que era adecuado para su condición.

El segundo mes fue peor. Cuando pensé que ya estaba un poco más tranquila, algo pasó. El aparato que tenía para controlar su respiración falló, así que la llevamos de nuevo al hospital, donde nos pidieron internarla por un mes para conseguir el aparato nuevo. Así pasó ese mes.

El tercero fue mejor. Anueng había salido del hospital y ahora me acompañaba al trabajo. Ella me veía cocinar, mientras yo era feliz por momentos así. Pero no todo era felicidad. Estaba muy preocupada, ya que se podía ver cómo Anueng se estaba deteriorando. Solo faltaban dos meses y aún no conseguíamos el trasplante. En momentos así, sabía que debía escaparme a la playa, donde me ponía a gritar, sintiéndome inútil, ya que no podía salvar a mi prometida.

El cuarto mes iba mal. Nada salía bien. Yo veía a Anueng como ya no podía hacer muchas cosas. Solo pasaba en nuestra habitación, encerrada. Poco a poco, nos distanciamos, ya que cada una tenía una perspectiva diferente. Ella ya estaba resignada a no poder conseguir el trasplante, mientras que yo mantenía la mínima esperanza de lograrlo. Pero a las dos nos molestaba eso, así que siempre discutíamos. Hoy fue una discusión fuerte, ya que la encontré escribiendo cartas de despedida. Como decía ella, se había resignado a no tener el trasplante. Así que, entre enojo y todo, salí diciendo algo:

—Si te ibas a resignar a morir sin luchar, no me hubiera metido contigo. Con esto me muestras que no eres digna de mí —y luego, salí corriendo y llamé a alguien.

—Estás libre, necesito una bebida. ¿Quieres ir conmigo a beber?

—Claro que sí, para ti siempre estoy libre.

—Gracias, Wan. Nos vemos donde siempre.

Después de decir eso, colgué.

Cuando el amor llamaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora