La unión de las hermanas

248 28 0
                                        

Anueng salió del café con el mapa de Karn apretado entre sus manos. Su cabeza era un caos: mensajes contradictorios, decisiones imposibles y una carrera contra el tiempo. Pero había algo claro: no podía hacer esto sola.

Tomó su teléfono y marcó rápidamente un número. Después de dos tonos Song , contestó.

—¿Anueng? ¿Qué está pasando? Es tarde.

—Song, escucha. Sé dónde tienen a Neung. La tienen en una cabaña en Pettaya. No puedo explicarlo todo ahora, pero necesito que vengas.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, Song respondió con un tono firme.
—¿Estás segura de esto? ¿Sabes lo peligroso que es ese lugar?

—No me importa el peligro. No podemos dejarla allí. Si no hacemos algo ahora, podríamos perderla para siempre.

Song suspiró, pero su decisión ya estaba tomada.
—Dame la dirección. Estoy en camino.

Antes de colgar, Anueng llamó a Sam.

—Voy a estar ahí antes que tú. Llevemos a nuestra Neung a casa.

Todas se reunieron cerca de un callejón oscuro, a poca distancia de la cabaña. Karn ya estaba allí, esperándolas. Cuando vio llegar a las tres, frunció el ceño.

—¿Quiénes son ellas? —preguntó en un susurro.

—Mis cuñadas —respondió Anueng con firmeza—. No voy a hacer esto sola.

Karn miró alrededor, claramente incómodo.
—Esto complica las cosas. Cuanta más gente haya, más riesgo corremos.

Song cruzó los brazos.
—Si queremos arriesgarnos, es nuestra decisión. ¿Qué has planeado?

Karn suspiró y extendió el mapa.
—Hay dos guardias en la entrada principal y probablemente uno más en la parte trasera. Yo distraeré a los de la entrada, pero alguien tendrá que encargarse del que está detrás.

Sam sonrió, sacando una linterna pesada de su bolso.
—Eso déjamelo a mí.

—¿Y si hay más dentro? —preguntó Song , siempre la más sensata del grupo.

—Chet no mantiene mucha seguridad cuando cree que tiene el control. Pero no podemos contar con eso —respondió Karn—. Si algo sale mal, lo primero que harán será llevarse a Neung, o peor.

Anueng apretó los puños.
—Entonces no podemos fallar.

El plan comenzó. Karn caminó hacia la entrada principal, fingiendo hablar por teléfono. Los dos guardias, al verlo, se relajaron ligeramente. Era uno de los suyos.

—¿Qué haces aquí a esta hora? —preguntó uno.

—Chet quiere que revisemos algo adentro. Pero hay un problema con el generador en la parte trasera. ¿Podrían echarle un vistazo rápido?

Mientras tanto, Sam se deslizó hacia la entrada trasera. Con movimientos rápidos, apagó la linterna del guardia y lo golpeó antes de que pudiera reaccionar.

—Una menos —murmuró mientras arrastraba al hombre inconsciente detrás de unas cajas.

Anueng y Song entraron por la puerta trasera, moviéndose con cuidado entre las sombras. El interior de la bodega era amplio, lleno de cajas y contenedores que olían a humedad y aceite. Al fondo, escucharon un débil gemido.

—¿Neung? —susurró Anueng, su voz apenas audible.

Un golpe de madera contra metal las sobresaltó. Era Chet, saliendo de una oficina improvisada en la esquina de la bodega.

—Sabía que algo no iba bien. —Su sonrisa era cruel mientras miraba a las hermanas—. Pensé que te habías dado por vencida, Anueng. Qué decepción.

Chet sonrió con arrogancia mientras caminaba hacia ellas. Su mirada fría era suficiente para congelarles la sangre.

—Deberían haber sabido que este no es un juego que pueden ganar —dijo, sacando una pistola que llevaba en la cintura.

Song, siempre protectora, dio un paso adelante, interponiéndose entre Chet.

—Déjala ir. Solo queremos a nuestra hermana.

Chet soltó una carcajada.
—¿Y qué me ofrecen a cambio? ¿Su silencio? No confío en ustedes. Si algo sale mal, no saldrán de esta bodega.

De repente, se escuchó un ruido en la entrada principal. Pasos firmes, varios.
Chet levantó la mano, deteniendo a sus hombres que estaban listos para atacar.

—¿Qué es eso? —preguntó uno de los guardias, claramente nervioso.

Antes de que Chet pudiera responder, un megáfono resonó desde fuera de la cabaña.

—¡Policía! Están rodeados. Suelten las armas y salgan con las manos en alto.

Los ojos de Chet se llenaron de furia, y su postura cambió. Sabía que no había salida fácil. Miró a sus hombres, que empezaron a moverse hacia las ventanas y puertas, buscando una forma de escapar.

-  ¡¿Tú llamaste a la policía?! —gritó, mirando a Anueng con odio.

- Yo no fui —respondió ella con firmeza, aunque en el fondo no sabía si alguien había alertado a las autoridades.

Mientras los guardias de Chet corrían en diferentes direcciones, el inspector Surin y su equipo entraron al edificio, armas en mano. Los primeros disparos de advertencia hicieron eco en el aire, y los guardias comenzaron a rendirse uno por uno.

Chet, sin embargo, no cedía. Agarró a Neung, que estaba atada a una silla, y la levantó como si fuera un escudo.

—¡No se acerquen o la mato! —gritó, apuntando su pistola a la cabeza de la joven.
Surin, con calma y experiencia, levantó las manos.

—Chet, no hay salida. Deja a la chica.
Puedes cooperar y tal vez negociar una sentencia más leve.

-¡No me hables como si fuera un idiota!
-  gritó Chet, retrocediendo hacia una salida lateral.

Mientras tanto, Karn, que se había mantenido oculto, aprovechó la distracción. En un movimiento rápido, se deslizó detrás de Chet y lo golpeó en el brazo con una barra metálica. La pistola cayó al suelo, y Neung cayó hacia un lado, liberada de su agarre.

Las hermanas de Neung corrieron hacia ella, abrazándola mientras los oficiales inmovilizaban a Chet.

—¡Esto no ha terminado! —gritó él mientras lo esposaban, su rostro lleno de rabia.
Surin se acercó a Karn, mirándolo con sospecha.

—¿Y tú quién eres?
Karn levantó las manos en señal de rendición.

—Solo alguien que decidió hacer lo correcto.

Cuando el amor llamaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora