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Narra Danissa
Domingo 

El doctor me comentó que ingerir cabergolina me podría provocar cambios de humor, y eso fue exactamente lo que me pasó el día de antier. Un momento estaba riéndome de algo insignificante y al siguiente quería llorar como si el mundo se estuviera derrumbando.

Hoy es nuestro último día recorriendo las calles de Miami, y no puedo evitar sentir una mezcla de nostalgia y agradecimiento por esta escapada que tanto necesitábamos. Miami tiene esa energía vibrante que te invita a olvidarte del reloj, pero también puede ser agotadora si no te detienes a respirar.

Recuerdo que apenas llegamos al aeropuerto, subimos a un coche alquilado y Alexander, siempre el organizador perfecto, tenía todo planeado. Antes de dirigirnos a Orlando, hizo una parada en un restaurante que, según él, es uno de los más visitados de la ciudad. No voy a mentir, mi humor en ese momento era impredecible, y todo lo que quería era una cama y una ducha.

Cuando llegamos al lugar, me impresionó la cantidad de personas que hacían fila para entrar. Era un restaurante pintoresco, con una decoración tropical que se sentía tan propia de Miami. "Tienes que probar el pastel de cangrejo", me dijo con una sonrisa traviesa, como si ya supiera que iba a encantarme. Y lo hizo. El sabor fresco y especiado del pastel de cangrejo fue suficiente para hacerme olvidar mi fatiga y mi mal humor.

Luego de comer, emprendimos el camino hacia Orlando. En el coche, Alexander encendió una lista de reproducción que había preparado especialmente para el viaje. Era una mezcla extraña pero divertida de música, con canciones que iban desde clásicos de los ochenta hasta ritmos actuales que ni siquiera conocía. Cantó cada canción como si estuviera en un concierto, haciendo gestos exagerados que me hicieron reír a carcajadas.

Ahora, mientras preparo nuestras cosas para regresar, no puedo evitar mirar por la ventana del hotel. El sol de Miami brilla con fuerza, reflejándose en las aguas turquesas que parecieran invitarte a quedarte un día más. Alexander está a mi lado, ayudándome a doblar mi ropa, aunque claramente no tiene idea de cómo hacerlo bien.

- Listo —dice con orgullo, sosteniendo un montón de ropa arrugada que probablemente tendré que volver a doblar.

- Eso no está listo —le respondo riendo

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Una vez que dejamos atrás la mágica serenidad de los Everglades, regresamos a la casa que Alexander ha alquilado para nuestra estadía. Es un lugar acogedor, con paredes de madera clara que reflejan la calidez de la luz del atardecer. Durante el trayecto, hemos hecho una pequeña parada en un restaurante de carretera que Alexander ha señalado con entusiasmo, prometiéndome que sus aperitivos son "inolvidables"

De regreso en la casa, lo primero que hago es dirigirme al baño. El calor húmedo de los Everglades aún se siente en mi piel, y necesito el alivio de una ducha fría. El agua corrió por mi cuerpo, llevándose con ella el cansancio del día y dejando en su lugar una ligera energía que comienza a despertar en mí.

Salgo del baño envuelta en una toalla, posteriormente me encierro en la habitación para vestirme. Elegí algo cómodo, pero lo suficientemente atractivo para la noche que nos espera: unos jeans ajustados y una blusa negra de tirantes con un escote . Despues de aplicar en mis mejillas un poco de rubor , bajo las escaleras y encuentro a Alexander en la cocina, descalzo, con los jeans algo desaliñados y una camisa blanca que deja ver su clavícula. Esta mordisqueando uno de los aperitivos, una empanada crujiente que hacía que la cocina oliera a gloria.

— Deberías probar esto antes de que me lo termine todo —dice con una sonrisa pícara, alzando un pedazo hacia mí. Me la acerca a la boca y le doy un mordisco

Esposa por contratoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora