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Cuando Antonio vio al gato, no dudó en correr a avisarle a su familia. Todos se ofrecieron a buscarlo, pero Coraline insistió en que Antonio la guiara solo a ella. Según explicó, demasiadas personas podrían asustar al felino. Ahora ambos estaban en el bosque, siguiendo las pistas donde el gato había desaparecido.
—¿Estás seguro de que lo viste por aquí?—preguntó Coraline, inspeccionando los alrededores.
—¡Sí, lo juro! Estaba aquí, pero lo perdí de vista allá.—Antonio señaló una rama alta en uno de los árboles
Coraline suspiró con cansancio. Sabía, gracias a una de las visiones de Bruno, que eventualmente se encontraría con el gato. Lo que no sabía era cuándo ni dónde.
Si el gato vio a Antonio y huyó, podría ser que no quisiera ser encontrado. O tal vez aún no confiaba lo suficiente.
—¿Podría haber sido otro gato?—murmuró Coraline para sí misma.
Recordaba haber visto al gato por última vez en el otro lado, el mundo que rodeaba a la otra madre. Fue él quien le advirtió de los peligros de ese lugar. Sin embargo, no la acompañó en su huida al Encanto.
El gato siempre decía que podía ir y venir a su antojo. Si había encontrado la manera de entrar al Encanto sin necesidad de una puerta, entonces tal vez existía otra forma de volver a su mundo. Ese pensamiento la tranquilizó un poco.
—¿Señorita?—La voz de Antonio interrumpió sus pensamientos.
—¿Eh? No, no es nada. Mejor volvamos a casa…
—¿No vamos a seguir buscando al gato?—preguntó Antonio, algo desconcertado.
—Si es el gato que estoy buscando, aparecerá cuando él lo decida. Si es que es el gato que yo conozco.—Coraline comenzó a caminar de vuelta, con las manos en los bolsillos.
—¿Por qué le sigues llamando "gato"?—preguntó Antonio intrigado
—Porque es un gato.—Coraline respondió como si fuera la cosa más obvia del mundo
—¿No le pusiste un nombre?
—No es mi gato en realidad. Solo lo veía cerca de mi casa de vez en cuando.—La imagen de la vieja Casa Rosa apareció en su mente—Ni siquiera creo que tenga dueño. Es…silvestre, casi salvaje.
—Oh. Pues él se llama Parce y es mi amigo.—Antonio acarició el cuello de su jaguar quien ronroneó satisfecho
Coraline miró al jaguar con curiosidad. Aunque su presencia aún la ponía algo nerviosa, había aceptado que el animal era obediente a antonio Antonio.
—Qué lindo nombre. ¿Cómo se te ocurrió?—preguntó Coraline.
—Yo no se lo puse. Él me lo dijo.
—¿Te… lo dijo?—Coraline levantó una ceja, incrédula.
—Sí, puedo hablar con los animales. Ese es mi don.—Antonio sonrió, orgulloso.