El entrenamiento no era nada fácil. Aomine estaba frustrado, y más cuando Kagami no dejaba de insistir en que no sabía respirar correctamente. ¿Cómo demonios se suponía que tenía que hacerlo? Solo tomaba aire y lo exhalaba, pero eso no parecía ser suficiente para el híbrido de tigre.
—¡Respira profundamente, Aomine! —gritó Kagami, haciendo un gesto con las manos como si estuviera mostrando la técnica a un niño. Aomine apretó los dientes, irritado.
—¿Cómo se supone que debo hacerlo? —resopló, sintiéndose cada vez más tenso. Nada de esto tenía sentido para él.
Lo único que disfrutaba del entrenamiento era la parte en la que corrían por el bosque, sin restricciones, dejando que la naturaleza los envolviera. En esas carreras, Aomine era el que siempre ganaba. Era más rápido, más ágil, y nada de lo que Kagami intentaba podría cambiar eso.
Aún así, el tigre seguía presionándolo. La constante petición de Kagami de sacar a la bestia era agotadora. No se trataba solo de desatar su furia; tenía que aprender a controlarla, a dominar su propia naturaleza. Intentaba concentrarse en cosas pequeñas como alargar sus uñas y colmillos sin perder el control, pero después de una semana de intentos fallidos, no estaba seguro de poder lograrlo. Siempre temía que se descontrolara por completo.
Cuando no estaba entrenando, Aomine solía divertirse jugando baloncesto con Kuroko, el híbrido de lobo siberiano. Kuroko no era muy bueno en el juego, pero le gustaba estar con él, y a veces, el chico sorprendía con buenos pases. A pesar de ser tan malo, Kuroko tenía algo que lo hacía valioso en el equipo. Aomine disfrutaba de esos momentos, no solo por la compañía, sino porque con Kuroko, podía relajarse y no pensar en el caos que traía consigo su naturaleza salvaje. A medida que pasaba más tiempo con él, se sentía más cercano, como si ya no fuera solo un compañero de entrenamiento, sino alguien con quien podía compartir su tiempo libre.
—¡Te voy a ganar esta vez! —dijo Kuroko entre risas mientras lanzaba el balón hacia la canasta.
—¿De verdad crees que me dejaré ganar? —respondió Aomine, con una sonrisa burlona en el rostro, corriendo hacia el balón que Kuroko había dejado escapar.
Durante esas pequeñas interacciones, Aomine sentía que podía respirar de verdad, como si fuera posible sentirse algo cercano a normal, aunque fuera solo por un momento.
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Después de otro largo día de entrenamiento, Kagami se acercó a Aomine, su rostro serio como siempre, pero había algo más en su mirada, una mezcla de frustración y determinación.
—Te lo dije, Aomine—comenzó, con una voz que destilaba autoridad—. Necesitas aprender a controlar esa furia. No puedes seguir como un animal desbocado, no con todos aquí.
Aomine lo miró fijamente, sintiendo que las palabras de Kgami eran como un golpe. No le gustaba que lo tratara como si fuera un novato, alguien incapaz de manejar su propia fuerza.
—No me hagas sentir que soy un niño —respondió, la tensión en su voz palpable—. No sé si alguna vez vas a entenderlo, Tigre, pero no tienes ni idea de lo que es esto. No sabes lo que se siente estar atrapado en esta piel.
Kagami lo observó en silencio, el brillo de sus ojos casi desafiándole a continuar. Finalmente, suspiró, dando un paso atrás.
—No estoy tratando de hacerte sentir débil, Aomine. Solo quiero que dejes de pelear contra ti mismo. No necesitas ser lo que otros esperan que seas.
Aomine sintió una extraña mezcla de rabia y comprensión al escuchar esas palabras, pero algo en su interior le decía que Kagami estaba tratando de ayudar, aunque no supiera cómo.
Mientras tanto, Kuroko observaba desde un rincón, sin interrumpir. Aunque no era tan directo como Kagami, Kuroko había aprendido a reconocer los momentos en los que Aomine necesitaba espacio, y este era uno de esos momentos. Por alguna razón, verlos juntos no le resultaba tan incómodo como antes. Sabía que, a pesar de sus diferencias, ambos hombres estaban intentando encontrar una forma de coexistir.
La relación entre Aomine y Kuroko había cambiado lentamente, como un río que se adapta a su cauce. Kuroko solía ser más cauteloso, pero en los últimos días, había comenzado a mostrar más confianza, incluso bromear con Aomine durante sus descansos.
—Sabes, no eres tan malo para alguien que corre como un gato—le había dicho Kuroko un día, sonriendo mientras le lanzaba un balón de baloncesto.
Aomine había respondido con una sonrisa torcida, más genuina de lo que había mostrado en mucho tiempo.
—Y tú no eres tan malo para un cachorro. —Ambos se rieron, y por un momento, Aomine se olvidó de todo lo que le preocupaba.
A pesar de los desafíos que enfrentaba, sentía que estaba empezando a encontrar algo más en esos momentos compartidos. Algo que no podía definir, pero que definitivamente queria conservar.
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