CAPITULO XV

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Esa noche, Aomine se quedó en la terraza de la casa, sentado en el borde con la vista clavada en el cielo nocturno. No podía dormir. La sensación de haber estado al borde del abismo no lo dejaba en paz.

—¿Te crees muy dramático, verdad?

Aomine no necesitó girarse para saber que Ainara estaba allí. Su voz tenía ese tono juguetón que usaba cuando intentaba aliviar la tensión.

—Déjame en paz —respondió con desgana.

Pero Ainara no se movió. En cambio, se sentó a su lado, con la misma confianza de siempre.

—Puedo hacerlo, pero me aburriría demasiado.

Aomine exhaló con pesadez y cerró los ojos por un momento.

—¿Por qué sigues aquí?

—Porque me gusta verte sufrir.

Aomine entreabrió un ojo y la miró de reojo. Ainara tenía una sonrisa ladina en los labios, pero había algo más en su expresión.

—Sabes que eso que hiciste hoy fue estúpido, ¿verdad? —preguntó de repente.

Aomine se encogió de hombros.

—¿Qué quieres que haga? No tengo el control.

Ainara apoyó un codo en su rodilla y lo observó con detenimiento.

—¿Y eso te molesta?

—Me jode —admitió, sin rodeos—. No soy alguien que dependa de los demás, y ahora me siento como un maldito cachorro que necesita supervisión todo el tiempo.

Ainara soltó una risa suave.

—Bueno, al menos eres un cachorro con estilo.

Aomine bufó.

—¿Eso qué se supone que significa?

Ainara se encogió de hombros con fingida inocencia.

—No sé, creo que tu actitud de chico malo y tu habilidad para molestar a Taiga te dan puntos extra.

Aomine la miró con incredulidad antes de soltar una carcajada seca.

—Eres insoportable.

—Lo sé —respondió con orgullo.

Se quedaron en silencio por un rato, disfrutando de la brisa nocturna. Pero entonces Ainara hizo algo inesperado.

Se inclinó un poco más hacia él, apoyando la barbilla en su mano mientras lo miraba fijamente.

—Sabes, cuando no estás gruñendo o amenazando con matar a alguien, no eres tan desagradable.

Aomine alzó una ceja.

—¿Es tu manera de decir que te agrado?

Ainara sonrió, pero no respondió. En su lugar, extendió la mano y le revolvió el cabello, como si fuera un niño.

—Buenas noches, pantera.

Y sin darle tiempo de responder, se levantó y se alejó con ligereza.

Aomine se quedó allí, observándola desaparecer en la oscuridad.

Y, por primera vez en mucho tiempo, se encontró sonriendo sin razón aparente.

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Por otro lado, Ainara no podía dejar de pensar en su sonrisa. Lo admitía, tenía una debilidad por ver a Aomine sonreír. No era algo que sucediera a menudo, y precisamente por eso, cada vez que lo hacía, sentía que se derretía un poco. Pero no lo suficiente como para rendirse a sus pies.

Cuando se alejó de él, sus pasos la guiaron casi por instinto hacia Taiga. Su actitud había sido más irritable de lo normal, algo poco propio en él, y aunque no tenía del todo claro qué era lo que quería decirle, sabía que tanto él como Aomine debían llevarse medianamente bien.

Estaría fuera unos días. Extrañaba a su madre y su hermana, y había decidido tomarse una semana para pasar tiempo con ellas. No era que su hogar estuviera demasiado lejos, pero la idea de dejar a esos dos solos sin su supervisión no la dejaba del todo tranquila. Si bien Taiga tenía cierto autocontrol, su temperamento competitivo y su forma de provocar a Aomine podían convertirse en una bomba de tiempo.

Lo encontró en el sofá de la sala, con el ceño fruncido, absorto en sus pensamientos. Sin pensarlo demasiado, Ainara se dejó caer a su lado, haciendo que el híbrido de tigre girara la cabeza de inmediato para mirarla.

Ainara siempre había pensado que sus ojos eran fascinantes. Rojos como Rubies, intensos como el fuego. Le sonrió con picardía antes de soltarle un golpe seco en la nuca con la palma abierta.

Taiga soltó un quejido lastimero y se llevó una mano a la cabeza.

—¡¿Eso a qué viene?! —protestó, mirándola con el ceño fruncido—. Eres agresiva.

—Y tú un idiota —replicó ella con una sonrisa ladina—. Has sido demasiado duro con Aomine. No creas que no noté cómo lo provocaste para que se transformara. Entiendo que quieras ayudarlo a controlarse, pero esa no es la manera. ¿Qué habrías hecho si...?

Alex la interrumpió antes de que pudiera terminar.

—Lo habría manejado —soltó con desdén—. Todo estaba bajo control. No tienes que preocuparte. Está avanzando, solo que es demasiado idiota como para darse cuenta.

Ainara entrecerró los ojos y ladeó la cabeza, divertida por la forma en que Taiga evitaba su mirada.

—¿Sabes? Vine aquí con toda la intención de darte un sermón antes de irme, pero supongo que estarán bien.

—Por supuesto que lo estaremos —aseguró Taiga con arrogancia—. Puedo controlarlo a la perfección. Puedes irte sin preocupaciones. De hecho, vete ya o te sacaré a patadas.

Ainara soltó una carcajada ante la amenaza. Sin pensarlo demasiado, apoyó la cabeza en su hombro y dejó escapar un suspiro.

—Taiga... cuídalo.

No esperó respuesta. Se levantó y caminó rumbo a su habitación. Mañana saldría a primera hora y quería descansar.

Taiga, por su parte, se quedó en su sitio, sin mover un músculo, con la mirada clavada en la pared.

Aomine no era de su especial afecto, eso era un hecho. Le molestaban sus bromas, sus miradas con Ainara, la forma en que parecía siempre estar en su espacio personal. Pero si dejaba eso de lado...

Competir con él era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo.

Aomine era fuerte. Era rápido. Lo hacía esforzarse, lo empujaba a mejorar, y Taiga vivía para eso, para la sensación de adrenalina de enfrentar a alguien que pudiera desafiarlo de verdad.

No lo admitiría jamás, pero lo admiraba.

Y tenía la sospecha de que Aomine, en el fondo, sentía lo mismo.

Una sonrisa ladeada apareció en su rostro.

—Supongo que aún tenemos una partida pendiente, pantera.


Animal Instinct [KNB] [Aomine Daiki][EDICION]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora