El asunto con Ainara lo seguía persiguiendo, como un mal sabor de boca que no se iba. Cada vez que pensaba en ella, recordaba la mirada de miedo que le había lanzado en ese momento de tensión. No podía evitarlo. En un principio, había sido como una chispa de curiosidad. Ella no era como los demas humanos. No le temía, no le tenía miedo a mostrar lo que pensaba, y eso le gustaba. Era una persona alegre, aunque volátil, capaz de cambiar su humor tan rápidamente como un clima de tormenta.
Pero lo que más lo desconcertaba era el comportamiento de Kagami. Siempre rondando cerca de ella, oliendo a una mezcla de protección y algo más... algo que Aomine no necesitaba identificar, pero que estaba claro: Kagami estaba enamorado de Ainara. No podía ignorarlo, el aroma era inconfundible. Cada vez que ella le hablaba, la fragancia era espesa, un olor a enamorado que se le quedaba en las narices, algo tan evidente que no hacía falta ser un experto en feromonas para notarlo.
Lo curioso era que Ainara no parecía estar muy consciente de ello, o al menos no lo dejaba ver. A veces podía olerlo también, pero de una manera difusa, como si fuera algo que de inmediato se disipaba. Sin embargo, lo que más lo hacía sonreír en secreto era cómo, en ciertas ocasiones, Kagami dejaba escapar sus propias feromonas sin darse cuenta, lo que hacía que Aomine, con su agudo sentido, no pudiera evitar sentirse irritado. Era gracioso, en parte, ver cómo el tigre en su interior se despertaba, rugiendo de celos. Y aunque no era tan obvio, Aomine empezaba a notar que algo cambiaba en su comportamiento cuando Ainara estaba cerca.
Lo que nunca había anticipado era cómo empezaba a disfrutar pasar tiempo con ella. No era solo la necesidad de estar cerca de alguien que lo entendiera un poco más, sino que, inexplicablemente, Ainara le traía una calma que ni él mismo podía comprender. Escucharla hablar, incluso sin mucho sentido, tenía algo que lo hacía sentirse menos tenso, menos atrapado en su propia cabeza.
En esos momentos, no decía mucho. Él no era precisamente un tipo de muchas palabras, y sus comentarios eran más sarcásticos que otra cosa, rudos, incluso hoscos. Lo sabía, era como un camión en términos de tacto, pero no podía evitarlo. Sin embargo, a medida que pasaba más tiempo con ella, algo empezó a cambiar. Un día, simplemente soltó un comentario fuera de lugar, tan natural como si siempre hubieran estado juntos. El momento vino cuando la vio entrando al salón con una blusa azul que resaltaba mucho más de lo que Aomine esperaba. Un escote pronunciado que dejaba al descubierto más de lo normal, la división en el pecho llamaba la atención de manera involuntaria.
Aomine no pudo evitarlo. Estaba sentado en una esquina, observando mientras Ainara se acercaba a la mesa, y sus ojos se detuvieron en su ropa, en su busto que se marcaba con la prenda tan ajustada. Pensó que era inapropiado, pero antes de que pudiera detenerse, salió de su boca un comentario sarcástico, un susurro casi imperceptible:
—Vaya, qué curioso, pensaba que tus pechos no podían resaltar más, pero parece que están... logrando sorprenderme —comentó, con una mezcla de indiferencia y descaro, mientras se pasaba una mano por el cabello, claramente sin darse cuenta del impacto que sus palabras tendrían.
El cambio en el rostro de Ainara fue inmediato. Primero, se quedó quieta, como si no estuviera segura de si había escuchado bien, pero luego sus mejillas se tiñeron de rojo. Aomine, por un momento, sintió que la situación se volvía incómoda, y el ambiente se tensaba. Pensó que quizás había ido demasiado lejos y empezó a levantarse de la mesa.
Pero entonces, Ainara, para su sorpresa, soltó una risa nerviosa, desarmando cualquier intento de incomodidad en el aire.
—No te preocupes, no hace falta mentir sobre el tamaño —respondió, mirándolo con una sonrisa juguetona, como si no fuera nada, como si su vergüenza hubiera desaparecido tan rápido como había llegado.
Aomine la miró en silencio, algo perplejo. No entendía cómo podía reaccionar de esa manera, pero algo en su interior, algo que no había sentido en mucho tiempo, hizo que sus labios se curvaran ligeramente. No estaba seguro si era alivio o algo más.
—No era una mentira —dijo él, con una sonrisa burlona, sin saber cómo responder del todo. Quizás no estaba tan mal estar cerca de ella después de todo.
Ainara lo observó por un momento más, con los ojos brillando de diversión, pero algo en su mirada había cambiado, y Aomine lo notó. De alguna manera, sin saber cómo ni por qué, había hecho que la conversación se tornara menos tensa entre ellos. Había algo en su actitud que lo relajaba, y eso lo sorprendió.
El resto de la conversación transcurrió de manera mucho más cómoda de lo que Aomine había anticipado. Aunque las palabras eran pocas y a menudo ásperas, había una especie de entendimiento tácito entre ellos. Aomine, aunque no lo admitiera abiertamente, disfrutaba cada vez más de los momentos con Ainara, aunque fuera en silencio. En sus palabras, en su risa, había algo que lo hacía sentirse menos solo.
Aquel día, después de la charla y el leve roce de tensión, Aomine se dio cuenta de algo: no era solo que le gustara estar cerca de ella, sino que sentía algo más, una especie de conexión que aún no entendía, pero que de alguna manera quería explorar más. Sabía que sus sentimientos no se limitaban solo a la amistad, pero también comprendía que no podía dejarse llevar sin pensar. Lo único cierto en ese momento era que, cuando Ainara estaba cerca, las cosas parecían... diferentes.
