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La ciudad nunca dormía. En su corazón, entre las luces artificiales y el humo que teñía el cielo de un gris perpetuo, los gritos y rugidos de las bestias resonaban bajo tierra. No eran solo animales: eran híbridos, criaturas forjadas a partir de la codicia y la ambición humana. Primero fueron mascotas exóticas, después soldados en guerras olvidadas, y finalmente espectáculos vivientes para quienes podían permitirse el lujo de pagar por el dolor de otros.
Aomine nunca eligió ser uno de ellos. No eligió los genes que marcaron su destino ni las cadenas que lo mantenían atado. Desde el día que despertó en aquella jaula fría, marcado como una pantera, supo que su vida no volvería a ser suya. Fue forzado a convertirse en un arma, entrenado para luchar hasta que sus garras desgarraran carne o sus colmillos se hundieran en la yugular de un oponente. A veces ganaba. A veces sobrevivía.
En las noches de calma —si es que podían llamarse así—, recordaba el rostro de su madre. Difuso y lejano, como un eco en su memoria. ¿Habría buscado ella a su hijo? ¿O había aceptado que nunca volvería a verlo? Esos pensamientos no le traían consuelo, pero tampoco podía olvidarlos.
Ahora, de pie al borde de la selva, con el olor a humedad y tierra fresca llenándole los pulmones, sabía que esta misión no era como las otras. Había algo en el aire, algo que lo empujaba más allá del deber que le habían impuesto. Una promesa de libertad que casi podía saborear.
Las cadenas pesaban en su cuello, pero no tanto como los recuerdos. No tanto como el miedo de perderse a sí mismo por completo. No tanto como el monstruo que vivía en su interior, siempre esperando el momento perfecto para escapar.
Con un último vistazo hacia el grupo que lo acompañaba —hombres con armas y ojos que lo veían como un animal más—, Aomine apretó los puños. La decisión estaba tomada. Esta vez, no lucharía para ellos. Esta vez, lucharía para él.