CAPÍTULO 09

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Chiara

La transición de primavera a verano es un detalle que muchos pasan por alto, algo a lo que no le prestan atención. Por lo general, la gente se da cuenta de la llegada del verano cuando sus cuerpos encuentran insoportable las temperaturas elevadas. Dirán cosas como "ya estamos en verano, ¿eh?" o "¿En qué momento llegó este calor?", dando a entender que el paso del tiempo no significa nada para ellos. Sin embargo, tengo la maravillosa fortuna y, al mismo tiempo, la desgracia de ser muy consciente de cómo las horas y los días pasan y se escurren entre los dedos. Es fortuna o desgracia dependiendo cómo me sienta en ese momento y, a veces, no tanto. Hay días en los que la revolución de emociones y la consciencia sobre el paso del tiempo son la peor combinación posible. Pero, en este instante, es la calma que no puedo definir si es la que antecede al huracán o la que aparece después. ¿Es, el huracán, lo que sucede en mí ahora?

Miro el cielo despejado, el sol en el punto más alto, indicando que es el mediodía y que me he pasado el tiempo sentada en el banco de este parque, pensando. Liberé algunas lágrimas, pero la realidad es que no había nada por lo que llorar. El pasado que fue y que, al mismo tiempo, no fue, es algo que dejé de llorar hace mucho tiempo.

¿Qué se supone que debería sentir después de descubrir que sigo enamorada de Violeta como si el tiempo no hubiera pasado?

Considerando cómo me fui de la casa de Violeta, podría decir que al principio sentí desesperación. Demasiado para procesar y pensar. Fui impulsiva, pues no creí ser capaz de mirarla a los ojos. Conociéndola, probablemente sigue mirando la puerta de su apartamento. La idea me hace reír.

Caminé durante diez minutos y me senté en el primer parque que encontré. Me sentí la rayita de los fanfics, cuando salía corriendo hacia el parque más cercano a llorar. Vuelvo a reírme por ese nuevo pensamiento. Después de sentarme, lloré un poco, ¿por qué específicamente, si no tengo motivos? El miedo que siento, quizás, de que Violeta no sólo hubiera cerrado su puerta, sino que la hubiera tirado abajo y construido una pared por sobre el límite de altura permitido. Lo bueno es que a mí no me tiembla el pulso para llamar al ayuntamiento y denunciarla por irregularidades.

Me río una vez más. Me río como una desquiciada por mis pensamientos, por lo ridícula que seguramente me veo. Si alguien le pusiera un micrófono a mi cerebro y viera que hablo de la primavera y el verano, de mis lágrimas, de estar enamorada de Violeta y de querer denunciarla si es que no siente lo mismo que yo, me llevarían directamente al pabellón de salud mental de algún hospital.

Dejo de reír y cierro los ojos, sintiendo el sol en mi rostro, un poco más fuerte que ayer, menos que mañana por que sí, estamos llegando al verano y es normal que la temperatura suba. Intento enfocarme solo en los rayos acariciando mi piel y ayudándome a recargar energías; quizás también la luz del sol ayude a traer luz a mis planes a corto plazo. ¿Cómo se supone que voy a mirar a Violeta a la cara y decirle que me fui de su casa porque no solo hurgué en su cajita, sino que me di cuenta que sigo enamorada de ella?

Todo se siente tan surreal. Nunca fuimos muy normales tampoco, creo que la muestra de eso está en todos los recuerdos que fuimos formando desde que la conocí. Lo más surreal entre nosotras es, definitivamente, el tiempo. No hay una manera coherente de explicarle a un ser humano racional nuestra línea temporal, aunque para nosotras tenga todo el sentido del mundo. Nos conocimos hace seis años (y algunos meses), conectamos enseguida, y mantuvimos una amistad intacta durante tres años. Durante todo ese tiempo, los sentimientos hacia Violeta se fueron desarrollando progresivamente, al igual que los de ella. Un día, ambas nos levantamos con ganas de ver el mundo arder y nos dijimos en la cara –bien de cerca–, todo lo que sentíamos. Ese día probé los labios de Violeta por primera vez y mentiría si dijera que no recuerdo la sensación, todavía lo hago, es uno de esos recuerdos que no puedo guardar en la cajita por mucho que quisiera; lo recuerdo tan vívidamente que, manteniendo los ojos cerrados, puedo compararla con el tacto del sol, aunque no hemos sido delicadas. Lo recuerdo como si hubiera pasado ayer, más que nada, porque fue el primer y el último beso que nos dimos.

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