EPÍLOGO

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5 meses después

Violeta

Apoyo mi hombro contra el umbral de la puerta de la cocina. Sonrío al observar el movimiento casi rutinario, la danza que le da vida a este lugar. El ruido de los utensilios, las sartenes y ollas y la voz cantante de Chiara recitando pedidos como si fuera la música del baile perfectamente sincronizado que me sé de memoria. Lunaire funciona a la perfección, como siempre lo hizo y como nunca debió dejar de hacer.

Todos los días me convenzo de que la mejor idea fue comprar este lugar. No podía simplemente dejarlo morir cuando me ha visto crecer en muchísimos aspectos, y creo que los más importantes de mi vida. Me vio convertirme en una gran chef, que, aunque me haya costado verlo, he logrado reconocer que soy buena en lo que me gusta. No sólo mediante palabras, claro, supe ver mi progreso y valorar cada paso que di hasta la fecha. Por otro lado, y el otro aspecto, es el plano emocional. Quizás sea una tontería, pero si Chiara no hubiera entrado a trabajar como sous chef, creo que nunca hubiéramos logrado hablar de lo que nos hizo distanciarnos y creo que nunca la hubiera recuperado. Hoy por hoy soy la mujer más feliz a su lado.

Los ojos de Chiara se encuentran con los míos y me dedica una de sus sonrisas más brillantes antes de controlar y terminar un plato para que salga.

Logramos reabrir el restaurante después de tres meses de reformas y logramos recuperar a un sesenta por ciento de los empleados que eran nuestros compañeros antes del cierre. Entendimos a los que no quisieron volver, ya habían encontrado otro lugar estable, incluso algunos mejoraron su puesto de trabajo. Lo importante es que quienes quisieron volver, lo hicieron y confiaron en nosotras.

Un día creí que nada en la vida me gustaría más que ser chef, pero después la vida misma se encargó de demostrarme que estaba equivocada. Nada me gusta más que llevar un restaurante propio, hacerlo funcionar y trabajar con las personas que quiero para lograrlo. Si bien, de vez en cuando alterno el rol con Chiara, verla en acción a ella siempre me gusta más. Algunos dirán que hay días en los que me paso más tiempo en la cocina que en la oficina, pero ¿quién puede culparme? Solo aquellos que no tienen a la novia más linda del mundo dirigiendo una cocina profesional con el talento de la morena.

—¡Atención! —su tono de voz elevado me devuelve al presente— Tenemos un pedido grande, así que vamos a terminar esta tanda y atrasar un poco la siguiente para intentar sacar todos los platos juntos...

Comienza a dictar las tareas y los alimentos que deben cocinarse, pero no le presto atención, porque como siempre me quedo pensando en lo perfecta que ella es: siempre es suficiente intentarlo, si alguien se equivoca, aunque se estrese, ella está ahí ayudando a corregir el error. En fin, ¿cómo no voy a querer venir a verla todo el tiempo, cuando soy un manojo de suspiros por lo mucho que la amo?

—¡Hódar! —Chiara me llama la atención— ¡Ven a trabajar!

Trato de no sonreír ante aquella orden.

—¿Acaso no lo estoy haciendo, Oliver?

­—Venir a espiar a la cocina no es trabajar. —niega con la cabeza y yo comienzo a caminar para acercarme a ella.

—Si me pagaran el sueldo por mirarte y cada día enamorarme más de ti, sería millonaria —susurro lo suficientemente fuerte para que ella me escuche.

—Amor, tú te pagas el sueldo —me recuerda—. Prácticamente te autopagas por mirarme todo el día.

­—Soy una mente maestra, ¿qué más puedo decir? —ambas reímos y dejo un beso en su mejilla— ¿Dónde me necesitas? —Chiara alza una ceja de manera sugerente y yo golpeo –con toda la suavidad del mundo– su brazo— No seas cerda.

SI ERES TÚDonde viven las historias. Descúbrelo ahora