Soledad

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Marian pasó una mañana tranquila aquel día, la primera en mucho tiempo. Tras despertar cómoda en su cama tomó un largo tiempo para arreglarse junto a Derke, cepilló su cabello y el pelaje del pequeño hámster y luego desayunaron juntos, cuando estuvo lista salió del castillo pero antes decidió dar un paseo. 

Al pasar la aldea había una bifuración en el sendero y como era un día maravilloso gustosa tomó el camino largo. En ese camino encontró un arbol tan grande como la guarida y bajo su sombra se sentó a tomar un poco de aire fresco. El fresno cobijaba la mitad del sendero con sus hojas y daba un aura de tranquilidad al lugar. 

Tras un largo descanso la princesa continuó. El río que atravesaba Sherwood le dio una idea de dónde se encontraba y lo siguió de cerca, caminando a su orilla. Las aguas rabiosas golpeaban contra enormes rocas dentro y fuera del río, formando pesadas nubes de espuma que salpicaban a las plantas que crecían al borde, dándoles rocío a las pequeñas flores y al verde pasto. Con frecuencia el viento desprendía hojas secas de las copas de los árboles y estas volaban libremente, algunas caían en el agua y se hundían luego de ser atrapadas por los remolinos que formaba la corriente, otras iban a parar mucho más cerca de los árboles, a los pies de ellos. A cada paso que daba las hojas crujían bajo sus zapatos. 

Los mecanismos de defensa de la guarida estaban desactivados y las escaleras sintéticas, invento de Tuck, prestas para cualquier tipo de invitado. Marian subió desconcertada y cautelosa, a la espera de cualquier cosa, pero no encontró nada fuera de lo común, atravesó la sala organizada pulcramente y entró al cuarto de Robin sin llamar a la puerta. Él estaba mirando al techo mientras se balanceaba en la hamaca. 

- ¿Y Tuck? - preguntó la princesa - ¿Dónde está él?

- ¿Para qué lo quieres? - el contraataque fue dado con aspereza, quizá con un toque de rencor.

- Para que active las defensas de la guarida, estás completamente desprotejido. 

- Ve a su habitación, encontrarlas no es tan difícil - Marian obedeció. Encontró un extraño aparato metálico en un rincón con palancas y etiquetas que las diferenciaban, accionó la nombrada como "defensa" y al instante un ruido familiar de los mecanismos guardándose indicó que ya estaban seguros. 

- Dime cuál es el tobillo lastimado - pidió apenas entró a la habitación de Robin de nuevo. 

- El derecho. 

- Enséñamelo. Acabaremos muy pronto. 

- No tiene que ser así - dijo absurdamente. 

- Puedo dejar que sane solo si así lo prefieres. 

Robin guardó silencio y Marian se relajó un poco. Observó con atención los emplastos de hierbas colocados a modo de cura sobre la articulación inflamada y algunos puntos de la piel pintadas en tonos verdes y violetas. Sacó la varita de su bolso, cerró los ojos y comenzó a susurrar palabras. El rumor entre las hojas del gran roble se esparció como un eco y del tobillo de Robin salió una luz tenue. Se mantuvieron así durante largo tiempo. 

Cuando terminaron ambos respiraron aliviados. Robin movió su tobillo y los emplastos húmedos cayeron sobre la hamaca, con gran rapidez se puso de pie y caminó en círculos sin perder de vista su extremidad. 

- Marian... - murmuró asombrado - Lo lograste. Estás mejorando. 

- Gracias - respondió ella, pero a sus palabras les faltaba cierto matiz de realismo, de humanidad o empatía - Me iré si te sientes mejor, creo que ya no tengo nada que hacer aquí.

- No - dijo él a modo de súplica, sus ojos destellaron en deseo y extendió las manos hacia su cuerpo buscando tener algún contacto con ella - Marian, ¿sería un egoísta si te pidiera que te quedes un poco más?

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