Marian y Derke estaban en el bosque, solos, en un tranquilo silencio interrumpido solamente por los cantos de las aves y el sonido del viento chocando contra los árboles y golpeando sus hojas.
Derke no tardó en quedarse dormido en el regazo de su amiga y esta se dedicó a apreciar el cielo azul y las copas de los árboles que nunca se juntaban sin importar qué, exhibidas frente a sus ojos.
Apoyada en un tronco de árbol y rodeada de naturaleza, Marian se dejó llevar por los recuerdos y pronto se vio transportada al día que su primo el príncipe hizo su última competencia de arquería, la única vez que no pudo ganar y el día que se enamoró perdidamente de Robin.
La competencia acababa, Scarlett era llamada por el Sheriff para traer el refrigerio del colérico príncipe y Robin y Marian se quedaron solos. Ninguno se atrevía a verse directamente a los ojos hasta ahora después de que la princesa depositó un beso en la mejilla del arquero logrando desestabilizar los tiernos sentimientos de ambos.
En un momento Marian miró el torso de Robin, justo a su lado y descubrió que la bolsa de oro que ganó como premio peligraba. El arquero la colocó sin cuidado en su cinturón y su peso amenazaba con dejarla caer si se movía. Fue por puro reflejo que la princesa tomó el oro.
- ¡Marian! - exclamó Robin, la princesa dio un respingo al verse descubierta con la bolsa en las manos. Intentó articular alguna palabra en su defensa pero su contrario se adelantó soltando una risa - Buen trabajo, Marian, ni siquiera noté que lo tomaste.
Marian estaba segura, ese fue el momento en que sus sentimientos se volcaron irremediablemente en un amor malsano que la llevó a creer que él sentía lo mismo, aún cuando su actitud demostrara lo contrario la mayor parte del tiempo. No cabía duda, ese halago proveniente de alguien como él la hizo pensar y pensar, llevándola por un camino imaginario de sentimientos correspondidos.
Fue ese momento, fue esa sonrisa la que transformó todo. En ese instante todo se volvió él, los árboles que se sacudían en el bosque de Sherwood portaban su risa y el viento estaba impregnado de su aroma. El mundo entero fluía en su esencia y fue así hasta que recibió el primer golpe cuando no tomó en serio las amenazas de las cartas.
Sus padres se colaron también en sus pensamientos y la princesa se preguntó si Robin les habría agradado en otras circunstancias. Concluyó que si y reconoció que era una pena que no se pudieron conocer.
A sus padres les habría gustado todo de Sherwood y seguramente enfrentarían al príncipe Juan, evitando que arremetiera contra la gente de Nottingham cuando se le venía en gana.
De pronto sintió una gran satisfacción y a las repentinas ganas de llorar que llegaron cuando pensó en la muerte de sus padres las consolaron el pensamiento de que llevaba una vida que honraba sus ideales de justicia y que sin duda enorgullecería a sus padres. Se tranquilizó y descansó su cabeza en el tronco del roble.
Cuando despertó los primeros tonos anaranjados pintaban el cielo, bostezó y y trató de moverse solo para encontrar a su amigo hámster durmiendo ahí, sonrió y acarició su pelaje.
- Derke - susurró - Derke, es hora de irnos - el animalito se dio la vuelta y se acurrucó más a ella.
- No quiero caminar, Marian.
- De acuerdo.
La princesa se levantó, lo cargó en su regazo y empredió su camino hasta la ruinas de la vieja torre.
Robin regresaba de la aldea cuando el anochecer lo sorprendió a medio camino. Suspiró mirando el cielo y resignado tomó un atajo.
En el nuevo camino escogido había una antigua casa de campo que perteneció a un hombre rico y poderoso. Nada quedaba ya de la gloria pasada del recinto, de casi un kilómetro de área, pues el tiempo había convertido en ruinas lo que antes fue un palacio. Robin saltó un muro que se alzaba a la altura de un metro, apoyando su mano en las rocas raídas que lo componían, cayó al suelo del otro lado y se encontró con un joven que lo observaba en impasible semblante.
