Marian pasó algunos días enferma en el castillo, bajo los cuidados de Scarlett y su madre. Al término de tres días su salud era mejor y, aunque se encontraba en buen estado su amiga continuó yendo a hacerle compañía, lo cual ayudó a su ánimo. Era aún temprano, acababan de desayunar cuando la princesa, sentada junto a la ventana y observando los rosales mecerse con la brisa soltó una pregunta de repente.
- ¿He sido dura con Robin? - su amiga continuó bordando, meditó la respuesta con cuidado y habló en tono sutil.
- ¿Pensabas en Robin?
- Pensaba en las cosas que han pasado hasta ahora - respondió al momento, sin embargo lo meditó unos instantes más y sonrió - Supongo que pensaba en Robin.
- ¿Y crees que has sido dura?
- Se ha puesto triste por mi lejanía, pero, antes a mi me pasaba igual, ya conoces la historia.
- ¿Antes sentías que él era duro contigo? - preguntó la joven sin descuidar su labor.
- Antes sentía que mis intentos de acercarme no eran correspondidos. Una tarde, en esta misma habitación, me encontraba pintando las flechas de Robin, de pronto me pregunté por qué lo hacía si él no haría lo mismo por mí.
- De manera que deseas vengarte.
- No es una venganza.
Ambas guardaron silencio y Marian se hundió en recuerdos de cuando buscaba a Robin, cuando insistía en que hicieran cosas juntos y hasta lo presionaba. Naturalmente temió que las sospechas de su amiga fueran reales, temió que muy en el fondo el rechazo la hubiera orillado a alejarse por el puro placer de negarle su afecto sin que conscientemente lo supiera, pero la consoló la idea de que seguía manteniendo una relación respetuosa con él y que nunca escuchó una sola queja de Robin. Aún así, las memorias de sus días de amor no correspondido entristecieron su mirada y bajaron su ánimo.
El anillo que fue hallado el día del encuentro con el usurpador descansaba en su anular izquierdo, liso y brillante. Marian comenzó a girarlo sin poner demasiada atención en lo que hacía, pero al momento en que se lo quitó con la intención de pasarlo a su otra mano sintió con las yemas de los dedeos el tacto áspero de un relieve en el interior del anillo. Esto regresó su atención al objeto. Acercó el anillo a su rostro y con la cálida luz que entraba en la forma de rayo directo por la ventana leyó en voz alta la inscripción.
- "Baxter... Flores pulchi sunt in ver" - lo repitió otras dos veces buscando sentido, sin encontrarlo. Tocó con sus dedos las letras doradas y giró la joya buscando en vano cualquier otro detalle.
- ¿Qué dices? - preguntó Scarlett, mirándola con interés por primera vez en esa mañana.
- Nada - respondió Marian. Exhaló con fuerza y se levantó del sitio. Se acercó a grandes pasos al mueble que sostenía sus libros, buscando entre sus lomos.
- ¿Qué estás intentando encontrar? ¿Quieres que te ayude? - la pelinegra apartó su trabajo del regazo y sus pies descalzos tocaron el suelo.
- ¿Hablas latín? - preguntó la princesa, sacó un tomo y comenzó a ojear con detenimiento sus páginas. Sus palabras detuvieron a la dama de compañía en su sitio.
- Yo no, pero conozco a alguien que si - Marian se giró para verla y la encontró sonriendo - Robin.
A Marian no le hizo gracia el comentario. Cerró el libro y lo dejó en su sitio. Regresó despacio a la ventana y tomó asiento.
- ¿De verdad no hay nadie más?
- Eso depende.
- ¿Depende de qué?
