Orfanato

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No muy lejos de Notthingam había un orfanato para niños y niñas dirigido por monjas católicas olvidado por la mano de la iglesia. 


Cuando Ricardo partió a las cruzadas por primera vez, poco antes de la llegada de Marian el príncipe tomó su lugar en el trono. Durante un tiempo respetó el dinero de la iglesia sin atreverse a tocarlo, pero pronto su ambición lo cegó. Para evitar el escándalo público habló en privado con la abadesa encargada del sitio y e explicó que, si bien respetaba los mandamientos divinos debía pagar impuestos como todos los habitantes del condado, cada día de retraso en sus pagos significaba la muerte de un huérfano inocente. Esta advertencia caló hondo en el temor de la mujer y no es de sorprender que su cuota mensual fue la más puntual de Nottingham, aún cuando los huérfanos pasaron noches y días sin comer ni cuando tuvo que trasladar a la mayoría de las monjas y poner a trabajar a otras para cubrir los gastos. 

La iglesia, acupada en pagar los desmensurados impuestos que le exiían olvidó muy pronto el pequeño orfanato y lo dejó a su suerte. Este pudo ser el final de muchos niños, de no ser porque Robin Hood apareció en escena. 

Cada cierto tiempo, reunía con ayuda de sus amigos dinero, ropa, juguetes y tod lo que pudiera servir a los niños. 

Aquel otoño, sin embargo, el audaz héroe dio un paso más allá y dijo a sus amigos mientras practicaban arquería:

- El príncipe Juan también debe aportar esta vez - la flecha se clavó en el centro de la diana y Robin bajó el arco. Lucía tan determinado que ni Tuck ni Pequeño Juan dudaron que lo conseguiría. - Informé en la aldea a muchas personas y creo que han tenido el tiempo suficiente para obtener recursos para los huérfanos, o al menos eso espero. 

Al tratarse de un robo pequeño Robin consideró innecesario la aparición de sus compañeros en el castillo y en cabio juzgó más conveniente su ayuda en la recolección de ayudas en la aldea.

Cerca de las diez de la mañana el ladrón llegó al castillo, trepó el muro y entró por la ventana del salón del trono, algo casi rutinario para él. De las arcas personales del príncipe extrajo una bolsa de terciopelo rojo de muy buen aspecto, la ató a su cinturón y, en lugar de salir por la ventana que usó antes abrió la puerta. Al final del pasillo, una pareja de guardias apareció caminando. Aprovechando que ambos estaban inmersos en una fluída conversación y que aún no notaban su presencia, disparó a los pies de ambos una flecha que elevó una cortina de humo, ofreciendo la solución a su problema y una posibilidad de escape. 

- ¿Qué pasó? - se preguntaban los soldados, sin poder comprender nada y para cuando el humo se disipó, mezclándose en el aire, lo único que pudieron notar fue una silueta borrosa que saltaba desde un balcón del pasillo que de inmediato siguieron. 

Robin no demoró un segundo en escapar y al saltar desde el balcón se vio desplegado ante él un camino de tejados que siguió. Los guardias se asomaron al marco de la ventana y le gritaron algunos insultos, más no pudieron identificar de quien se trataba a pesar del característico atuendo verde que portaba el fugitivo. Pronto alertaron a otros compañeros y se corrió la voz. 

El arquero de Sherwood no tardó en notar que soldados armados con lanzas lo seguían desde los pasillos descubiertos, pero como se encontraba cerca del bosque no se preocupó. Al final de un tejado dio un salto hasta la superficie que se encontraba más cerca y como no calculó bien las distancias la caída lo desestabilizó. Agitado, miró tras de si, asegurándose de estar fuera de peligro. Los soldados no tenían manera de atravesar las estancias del mismo modo que él, así que tuvieron que dar media vuelta y buscar otro camino. Con el panorama limpio Robin se permitió ver alrededor y reconocer en dónde estaba, sonrió sin querer al notar que se trataba del balcón de una habitación real. 

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