Tormenta

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El príncipe Juan en realidad sentía un gran cariño por su prima y buscaba estar cerca de ella cada vez que podía permitírselo. Aquel día fueron juntos a la aldea, casi una semana después del robo a sus arcas que ni siquiera notó, pasearon en la carreta y luego bajaron para detenerse en los puestos de venta. 

- Dime si hay alguna tela que te guste, quiero regalarte un vestido nuevo en tu próximo cumpleaños - dijo sonriéndole, Marian asintió y se acercaron a un puesto. 

- ¿Cobraste impuestos? - preguntó sutilmente al tiempo que sentía entre sus dedos diferentes texturas de telas. 

- Visité el orfanato y pagaron impuestos atrasados de algunos lugares cercanos. El oro no es problema y lo sabes bien.

- ¿Hay algo que le guste, excelencia? - preguntó el vendedor, interrumpiendo la conversación. Sus manos temblorosas dudaban entre tocar su propia mercancía y cerrar el pequeño cofre de oro, y titubeando se frotaban entre ellas. 

- Dejemos que la dama decida - respondió el príncipe y se dio la vuelta, dando la espalda al hombre y mirando la plaza. 

Ralph y Rolph, los únicos guardaespaldas que llevaron, pronto olvidaron su tarea y se dedicaron a correr por los alrededores de la aldea, jugando entre ellos a perseguirse y asustar animales dentro de las jaulas de las casas. Pasaban por pasillos sólidos cuando al eco de sus risas lo interrumpió una súplica desesperada.

- Por favor, no me hagas nada - la voz femenina se rompió y aquellas palabras fueron seguidas de una risa baja y ronca. 

Los gemelos se miraron entre si y con una determinación no expresada por palabras siguieron adelante buscando la fuente de aquella voz. La mujer que vieron en el callejón contiguo estaba aterrada, agazapada contra la pared y sollozando mientras un muchacho menor que ambos abría su bolsa de cuero, dejando relucir brillantes monedas de oro. 

- ¡Detente! - gritaron los gemelos al unísono, el ladrón los miró disgustado. 

- ¿Quién lo ordena? - preguntó el joven con cinismo. Acercó su cuerpo huesudo al de la mujer que no paraba de temblar. 

- Detente, en nombre del príncipe Juan - dijo Ralph. 

- Ya veo - dijo un paso atrás y luego unos cuantos hacia ellos - Entonces díganle a su prínicipe que me alcance si puede - se dio a la fuga sin dar tiempo a nada. Los hermanos lo siguieron tan pronto lograron comprender lo que sucedía, sin embargo todo intento fue en vano, la agilidad de aquel ladrón solo dejaba ver una estela del color azul claro de su camiseta y no podía compararse con los pobre intentos de los gemelos por seguirle el paso. 

El ladrón huyó y Ralph y Rolph regresaron a reportar lo sucedido a su príncipe como su padre les había enseñado. El príncipe paseaba entre los puestos de mercado, esparciendo, irónicamente sin querer, el terror, cuando los gemelos llegaron corriendo hablando al tiempo para contarle lo sucedido. El príncipe estaba ya adecuado a reconocer los dos lados de la historia por separado cuando hablaban así, de manera que entendió lo que ambos dijeron a la perfección. 

- ¿Y por qué debo creerles? ¿No habrán dejado ir a Robin Hood y ahora quieren evitar un castigo?

- No era Robin Hood - dijo Ralph. 

- Era un secuaz de Ghino di Tacco - secundó Rolph. 

- ¿Y debo creer que ese criminal ha regresado a Nottingham porque si, luego de tantos meses desaparecido? 

- ¡Es la verdad! - gritaron ambos.

- ¡Basta! ¡Si no tienen nada más que hacer cuiden la carreta o traigan al condenado ladrón! ¡No voy a tolerar que me mientan así! - antes de que los gemelos pudieran decir algo en su defensa el príncipe dio un ultimatum - ¡Los quiero fuera de mi vista! 

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