Especial 3

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La tarde caía lentamente sobre la ciudad. A través de los grandes ventanales del consultorio de Ice, la luz dorada iluminaba los muebles minimalistas y los diplomas enmarcados que colgaban en la pared. Ice revisaba su reloj de pulsera, sintiendo un cosquilleo de nervios en el estómago. Aunque estaba acostumbrada a ayudar a otros a lidiar con sus emociones, ese día, las suyas estaban a flor de piel.

Había terminado su última consulta del día. Se levantó de su silla ergonómica, cruzó la sala y tomó una pequeña caja de terciopelo rojo que había escondido en un cajón del escritorio. Sus dedos temblaban ligeramente mientras la metía en el bolsillo de su chaqueta. Respiró hondo y salió, cerrando la puerta con llave tras de sí.

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Marissa la esperaba afuera, apoyada despreocupadamente en su bicicleta. Vestía unos jeans gastados y una camiseta blanca, el cabello suelto alborotado por la brisa. Al verla, Ice sonrió inevitablemente. Marissa, estudiante de Dirección de Cine, ahora su apariencia había cambiado drásticamente, parecía sacada de una película indie: natural, magnética y un poquito caótica.

—¡Hey, doctora seria! —bromeó Marissa mientras se acercaba para abrazarla.

—Hey, futura directora famosa —contestó Ice, envolviéndola entre sus brazos.

Habían planeado una cita tranquila: una caminata por el parque central, una visita a un pequeño mercado nocturno lleno de luces, y tal vez, si el momento era adecuado, algo más especial.

Caminaron de la mano entre puestos de artesanías y luces colgadas entre los árboles. El ambiente olía a algodón de azúcar y pan horneado. Ice no podía dejar de mirarla: la manera en que Marissa hablaba emocionada de su último proyecto de cortometraje, cómo se detenía a observar cada cosa curiosa que encontraban. Era imposible no amarla más con cada paso.Cuando llegaron a una pequeña fuente iluminada con luces turquesas, Ice sintió que era el momento.

—¿Sabes? —comenzó Ice, su voz más baja, casi temblorosa—. Desde que entraste en mi vida, todo se siente más... vivo. No sé cómo lo haces, pero siempre logras que quiera ser mejor, contigo y para ti. Marissa, con su típica sonrisa ladeada, la miraba sin interrumpirla. Ice sacó la pequeña caja de su bolsillo y, con un movimiento torpe pero adorable, la abrió frente a ella. Dentro, brillaba un anillo sencillo, de plata, con una pequeña piedra azul en el centro.

—No es un anillo de compromiso —aclaró Ice, sonriendo nerviosa—. Es un anillo de promesa. Prometo amarte, apoyarte, reír contigo, llorar contigo... y caminar a tu lado en cada locura que quieras emprender.

Por un momento, Marissa no dijo nada. Solo miraba el anillo, luego a Ice, luego otra vez el anillo. Hasta que, sin previo aviso, se lanzó a abrazarla con fuerza, riendo entre lágrimas.

—¡Claro que sí! —susurró contra su cuello—. Claro que acepto, Ice. No sé cómo tuve tanta suerte contigo.

Ice le deslizó el anillo en el dedo, sus manos temblando un poco. Marissa lo admiró a la luz de las farolas, luego tomó el rostro de Ice entre sus manos y la besó, como si el mundo entero hubiera desaparecido a su alrededor.

Esa noche, en medio del bullicio, las luces y las risas ajenas, ellas dos crearon su propio universo.

Un universo lleno de promesas.

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Vivan las lesbianas (yo).

My english coordinatorHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora