Una petición al séptimo

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El atardecer doraba los muros del edificio del Hokage, tiñendo de rojo y naranja las nubes del cielo de Konoha. Sarada subía las escaleras con paso firme, aunque su corazón latía con nerviosismo. Aquel edificio, símbolo de poder y responsabilidad, era también la cumbre de su sueño. Pero no estaba allí para admirarlo, sino para dar un paso más hacia su meta.

Cuando llegó a la oficina del Hokage, golpeó la puerta dos veces.

—Adelante —respondió la voz cálida, conocida.

Sarada entró. Naruto estaba revisando documentos, con la capa blanca decorada con llamas rojas colgando de su espalda. Al verla, sonrió ampliamente.

—¡Sarada! Qué gusto verte. Felicidades por tu ascenso a chunin. Me enteré por Konohamaru.

—Gracias, Hokage-sama —respondió, inclinando levemente la cabeza.

—Oh, vamos —rió Naruto, levantándose—. Puedes seguir llamándome "tío Naruto" si quieres. No hay necesidad de tanta formalidad.

Sarada esbozó una pequeña sonrisa.

—Está bien... tío Naruto. Pero esta vez vengo como kunoichi. No como hija de Sasuke ni como tu ahijada.

Naruto la observó con atención, notando la seriedad en su expresión. Cerró el pergamino que tenía frente a él y se sentó al borde del escritorio.

—Te escucho.

Sarada respiró hondo. Sus ojos brillaban con determinación.

—Quiero que me entrenes.

Naruto levantó una ceja, sorprendido.

—¿Entrenarte? ¿Por qué a mí?

—Porque tú fuiste un gran ninja antes de convertirte en Hokage. Porque has vivido guerras, derrotado enemigos que parecían imposibles... Y porque tú, más que nadie, sabes lo que significa proteger a los demás incluso con el corazón roto.

Naruto se quedó en silencio, conmovido. Sarada continuó:

—Mi padre me entrena, mi madre también... Tengo la guía de mi tío Itachi, incluso Obito me ofreció ayuda. Pero tú eres el Hokage. Y yo quiero serlo algún día. Necesito saber cómo lo lograste. No sólo en fuerza... sino en espíritu. En liderazgo. En compasión.

Naruto entrecerró los ojos, recordando su propio camino: los días de soledad, el deseo de ser reconocido, el entrenamiento con Jiraiya, las heridas que cicatrizaban mal... y su promesa de proteger a la aldea.

—Sabes que no es un camino fácil, ¿verdad? —preguntó suavemente.

—Lo sé. Por eso no quiero atajos. Estoy dispuesta a esforzarme.

Naruto bajó la mirada por un momento, como meditando. Luego sonrió, aquella sonrisa cálida y sincera que había conquistado tantos corazones.

—Muy bien. Si ese es tu deseo... entonces prepárate, Sarada Uchiha. No seré suave contigo.

—No quiero que lo seas —respondió ella, cruzando los brazos con una sonrisa decidida.

Naruto se acercó y le extendió la mano. Sarada la tomó con firmeza.

—Mañana al amanecer, en el campo de entrenamiento siete. Igual que cuando tu padre y yo éramos genin.

—Allí estaré.

Naruto asintió, orgulloso.

—Entonces vamos a comenzar el entrenamiento del futuro Hokage.

Sarada salió de la oficina con el corazón en llamas. Sabía que el camino sería duro, pero no estaba sola. Con cada paso, su sueño se volvía más real.

Un deseo del corazonHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora