Era un día tranquilo en Konoha. El sol brillaba suavemente sobre las calles de la aldea mientras Shikadai caminaba hacia el clan Uchiha. Como siempre, llevaba una expresión relajada en su rostro, pero algo en su interior lo inquietaba. Este tipo de misiones nunca le habían causado nervios, pero hoy era diferente. Tenía que ir a buscar a Sarada para una misión que el Hokage les había asignado a los dos. Sin embargo, sabía que al estar en territorio Uchiha, las cosas podrían complicarse, especialmente cuando se trataba de la familia de Sarada.
Al llegar a la puerta de la casa del clan Uchiha, Shikadai se detuvo un momento. Su pulso se aceleró un poco. Golpeó suavemente la puerta, su nerviosismo casi palpable.
Unos segundos después, la puerta se abrió, y allí estaba Sasuke Uchiha. Shikadai se quedó en silencio por un momento, observando la mueca inexpresiva del hombre.
—Señor Uchiha —dijo Shikadai, intentando sonar firme, aunque su voz temblaba levemente—, vine a buscar a Sarada. El Hokage nos ha mandado llamar para una misión.
Sasuke emitió un sonido bajo, casi como un murmullo: —Hmmp.
Shikadai, incómodo por la reacción de Sasuke, no pudo evitar preguntarse si había algo en particular que el Uchiha estaba pensando. Sin embargo, antes de poder decir algo más, escuchó unos pasos acercándose. De repente, dos figuras se asomaron detrás de Sasuke.
Fugaku, el patriarca del clan, observó a Shikadai con una mirada penetrante. Itachi, su hermano, tenía un semblante serio, pero sus ojos mostraban algo distinto: una mezcla de curiosidad y... ¿celos?
—Tu debes ser Shikadai —dijo Itachi, con una ligera sonrisa, pero algo en su tono hizo que Shikadai se sintiera aún más nervioso.
—Sí, soy yo —respondió Shikadai, sintiendo el peso de la mirada de los dos Uchihas mayores sobre él.
Fugaku frunció el ceño, observando detenidamente al chico.
—¿A qué vienes a ver a Sarada? —preguntó con voz firme, su mirada llena de sospecha.
El sudor comenzó a formarse en la frente de Shikadai mientras se esforzaba por mantener la compostura. La presencia de los tres Uchihas, con sus ojos Sharingan activados, le causaba una presión inmensa. Además, sabía que Sasuke no era el único miembro de la familia con un poder impresionante. Afortunadamente, pudo responder sin tartamudear:
—El Hokage nos ha llamado para una misión. Vengo a buscar a Sarada.
Antes de que Fugaku o Itachi pudieran decir algo más, un grito resonó desde el interior de la casa.
—¡Mama! ¡Abuela!
La voz de Sarada llegó clara y fuerte, y en pocos segundos, ella apareció por la puerta, con una expresión de fastidio. Observó la situación con su típico aire desafiante y, al ver a su padre, su abuelo y su tío mirándola con desconfianza, puso los ojos en blanco.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Sarada, con tono de fastidio, mientras caminaba hacia ellos, sus pasos firmes y seguros.
Mikoto y su madre, quienes habían oído los gritos, llegaron rápidamente para ver qué sucedía.
—¿Qué ocurre, cariño? —preguntó Mikoto, mirando a su hija con preocupación.
Sarada, alzando la mano, señaló a su padre, su abuelo y su tío con un gesto exagerado, como si fuera lo más obvio del mundo.
—¡Miren esto! —exclamó—. ¡Se pasaron!
La incomodidad que Shikadai sentía aumentó. Los tres Uchihas parecían estarlo observando con una mezcla de celos y preocupación, y Sarada no dejaba de mirarles con esa actitud desafiante que a veces la caracterizaba.
—Vamos, Shikadai —dijo Sarada, tomando al chico del brazo y dándole un pequeño tirón para alejarlo de la situación tensa—. No quiero que te sigan molestando.
Shikadai, aunque aliviado por la intervención de Sarada, sentía que los tres Uchihas aún lo observaban como si fuera una amenaza. Mientras caminaban juntos, los tres hombres se quedaron atrás, sus miradas frías y celosas fijas en ellos. No eran sólo tres poderosos ninjas. Eran tres hombres profundamente protectores con Sarada, y eso era algo que Shikadai nunca olvidaría.
La escena se volvía aún más tensa mientras Sarada los alejaba de la puerta. Los gritos de sus tías y su madre al regañar a los hombres Uchihas llegaron a sus oídos, pero Shikadai no pudo evitar preguntarse por qué todos ellos parecían tan celosos. No entendía por qué, después de todo, sólo venía a buscar a su amiga para cumplir con la misión.
Mientras caminaban, Shikadai, sintiendo una mezcla de alivio y curiosidad, miró a Sarada y decidió preguntar lo que había estado rondando en su mente.
—Sarada... ¿por qué se comportan así contigo? ¿Por qué están tan... celosos?
Sarada soltó un suspiro, pero su rostro mostró una expresión que Shikadai no esperaba. Ella parecía molesta, pero también un poco confundida.
—No lo sé —respondió con voz baja—. Siempre ha sido así. Ellos me protegen porque soy su familia, pero a veces siento que piensan que ningún chico es suficientemente bueno para mí. No entiendo por qué.
Shikadai asintió, aunque no sabía cómo ayudarla. Pero lo que sí sabía era que tenía que estar a su lado, ya fuera para una misión o para enfrentar lo que fuera que su familia tuviera en mente.
A pesar de la incomodidad que había vivido al principio, una pequeña sonrisa apareció en su rostro. Estaba agradecido de que Sarada lo hubiera defendido, y aunque la situación con los Uchihas no iba a ser fácil, al menos sabía que podía contar con ella.
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Un deseo del corazon
EspiritualEsta historia trata de un deseo que pide fervientemente una niña llamada Sarada Uchiha ; ella sentía curiosidad por todos los miembros de su clan en especial por uno que su padre Sasuke odio con todas sus fuerza pero luego termino amando y esa perso...
