Una charla

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Itachi, con ternura, le acariciaba los cabellos negros tratando de consolarla. La joven Uchiha, con los ojos enrojecidos por el llanto y el sharingan ya desactivado, levantó la vista hacia él.

—Se... se cumplió mi sueño —dijo con la voz entrecortada, sonriendo con emoción.

Itachi la observó en silencio, con una leve sonrisa en los labios, y alzó su dedo índice tocando suavemente su frente, repitiendo el gesto que tantos recuerdos le traía de Sasuke.

—Tonta —susurró con cariño—. Eres fuerte, Sarada. Te lo has ganado.

En ese momento, Naruto entró en la habitación. Al ver aquella tierna escena, se quedó un segundo en silencio, recordando con nostalgia a su amigo Sasuke y a su hermano Itachi.

—El equipo ya partió —dijo suavemente—. Quisieron adelantar la misión. Tú, Sarada, e Itachi serán el equipo de apoyo por si ocurre algo en el camino.

Naruto se acercó y le entregó a Itachi una banda con el símbolo de Konoha, un chaleco verde y una pequeña bolsa con kunais.

—Estás oficialmente de regreso, Itachi.

El mayor de los Uchiha asintió con respeto y se colocó la banda en la frente, aceptando todo en silencio. Luego miró a su sobrina y le habló con firmeza pero con suavidad.

—Sarada, debemos partir. Le traeremos el informe al Hokage-sama cuando volvamos.

—Entendido —respondió ella con una reverencia.

Ambos salieron de la sala haciendo una inclinación formal antes de marcharse. Caminaron por el bosque mientras abandonaban la aldea. La tarde se volvía fresca y serena, y pronto llegaron a una posada cercana donde decidieron descansar.

Una vez en la habitación, Itachi la observó con curiosidad. Quería conocer mejor a la joven que ahora era parte de su clan, de su legado. Sarada también deseaba saber más sobre el hombre que durante años solo fue un nombre, una historia confusa entre lo trágico y lo heroico.

—Quiero preguntarte algo —dijo Itachi, con voz pausada—. ¿Quién es tu madre?

—Sakura Haruno... ahora Uchiha —respondió Sarada con una sonrisa leve.

—Tu padre no habla mucho de mí... ¿sabes por qué? —preguntó él, mirándola fijamente.

Sarada se detuvo en seco, pensativa.

—Sí... creo que es por el dolor que le dejaste, pero también por el amor que te tuvo —respondió ella con honestidad—. Sé que fue la aldea la que te dio esa misión. Sé que hiciste lo que creíste correcto.

Itachi bajó la mirada, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Yo alimenté su odio... fui quien mató al clan, a nuestros padres. Tus abuelos...

—Tío... —Sarada se acercó a él y tomó sus manos con suavidad—. Yo sé que tú amabas esta aldea. Sé que lo hiciste por todos, incluso por mí... aunque yo ni siquiera había nacido.

Itachi la miró con sorpresa y orgullo silencioso.

—Quiero ser Hokage —continuó ella con determinación—. Quiero proteger a todos. Pero... han pasado cosas.

—¿Como cuáles?

Sarada soltó una risa leve, nerviosa. Luego se quitó los lentes y lo miró directamente a los ojos.

—Como verás, no me parezco mucho a mamá físicamente. Ella tiene el cabello rosa, los ojos verde esmeralda... En cambio, yo soy como papá. En el carácter, en la forma de pensar, en los ojos.

Itachi la contempló con asombro.

—Te pareces a él. Pero también tienes una luz distinta... como la de tu madre —dijo con dulzura—. ¿Y tu Sharingan? ¿Cómo lo despertaste?

—No fue como papá o tú, no fue por un dolor profundo. Fue... distinto. Papá vino a verme una vez... no sé por qué, pero cuando me abrazó, el Sharingan apareció. Fue como si mi alma entendiera quién soy —explicó, bajando la voz—. Me ha ayudado mucho, y además tengo la habilidad de acumular chakra como mamá.

—Tus abuelos estarían muy orgullosos de ti, Sarada —dijo Itachi con un hilo de voz—. Eres hermosa, decidida y educada. Espero que cumplas tus metas... y que pueda estar ahí para ayudarte. Gracias por desear conocerme. Yo... siempre te estuve cuidando.

Sarada, emocionada por esas palabras, lo abrazó fuerte, apoyando su cabeza en su pecho y escuchando el firme latido del corazón de su tío.

—Tío... —susurró con ternura—. Pidamos un deseo. Que el clan Uchiha pueda revivir algún día. Que podamos ser una familia feliz.

Itachi cerró los ojos, apretándola con cariño entre sus brazos.

—Sí... deseémoslo juntos.

En ese instante, una estrella fugaz cruzó el cielo, iluminando la noche a través de la ventana abierta. Era la misma estrella que Sarada había visto cuando deseó por primera vez conocer a su tío. Sin saberlo, ese deseo, y el nuevo, ya estaban en camino de cumplirse.

Esa noche, tío y sobrina se quedaron dormidos abrazados, sintiendo el calor del otro. Por primera vez, Itachi sintió paz... y Sarada, un amor familiar que nunca había conocido.

Un deseo del corazonHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora