Examen Chunin y una sorpresa

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Los exámenes Chūnin estaban en su etapa decisiva y la emoción se sentía en el aire. Las primeras rondas, centradas en estrategia y cooperación, ya habían concluido. Ahora comenzaba la fase más esperada: los combates individuales. Sarada Uchiha, hija de Sasuke y Sakura, se había clasificado sin dificultades. Aunque intentaba mantenerse serena, su corazón latía con fuerza. No era solo un examen más: era la oportunidad de demostrar que el nombre "Uchiha" seguía brillando en la historia de la aldea.

Desde las gradas, la familia Uchiha observaba en completo silencio. Allí estaban sus abuelos, Fugaku y Mikoto, su tío Itachi, su primo Shisui, y por supuesto, su padre Sasuke. Todos con el sharingan activado, atentos, analizando cada movimiento. Sarada sentía la presión sobre sus hombros. No temía al combate, pero sí a fallar frente a aquellos ojos que tanto admiraba.

El estadio se llenó de murmullos cuando el anunciador apareció en el centro del campo.

—¡A continuación, el combate entre Sarada Uchiha y Sora de la Aldea del Sonido! —anunció con voz firme.

Sarada dio un paso adelante, con determinación. Su mirada se endureció mientras adoptaba una postura de combate.

—Vamos a ver de qué estás hecho —susurró para sí misma, activando su sharingan.

La pelea comenzó con intercambios rápidos de taijutsu. Sarada esquivaba con agilidad, lanzaba golpes precisos y contraatacaba con fuerza. En un momento, canalizó su chakra y ejecutó un Raiton: Hekireki no Muchi, un látigo de rayos que impactó en su oponente... pero algo no cuadraba.

—Ese jutsu... no debería haber funcionado así —murmuró ella, frunciendo el ceño.

El enemigo cayó, y al tocar el suelo, su cuerpo se distorsionó, revelando una transformación.

—¡Un impostor! —exclamó Sarada, retrocediendo con desconfianza.

Desde la plataforma de los organizadores, Naruto Uzumaki, el Séptimo Hokage, observaba sorprendido.

—¿Se puede hacer eso? —preguntó, rascándose la cabeza con incredulidad—. Se supone que los participantes deben estar dentro del área... deberíamos revisar las reglas.

Shikamaru, a su lado, soltó un suspiro largo.

—Tienes razón, Naruto. Haré una nota sobre eso. No debería ser posible que un impostor pase los controles de identidad.

Mientras tanto, en la arena, Sarada sangraba del hombro, pero no se detuvo. El dolor solo fortalecía su determinación. Se llevó las manos al pecho, comenzó a formar sellos con precisión. El enemigo la miraba con burla.

—¿Vas a seguir peleando así? No puedes ni mover bien ese brazo —le dijo con desprecio.

Desde las gradas, Fugaku se inclinó hacia adelante con los ojos brillando.

—¡Está formando sellos! —exclamó, impactado.

Itachi y Sasuke intercambiaron una mirada de reconocimiento. Ambos sabían qué técnica venía.

—No puede ser... —susurró Itachi.

—Aprendió el Katon —dijo Sasuke con una leve sonrisa de orgullo.

—¡Katon: Gōkakyū no Jutsu! —gritó Sarada, exhalando una gran bola de fuego que iluminó todo el campo.

El impostor intentó huir, pero fue alcanzado de lleno por las llamas. El público contuvo la respiración, y luego estalló en aplausos. Cuando el humo se disipó, Sarada seguía en pie, jadeando, pero victoriosa.

Mikoto se llevó las manos al rostro, emocionada, mientras decía en voz baja:

—Mi nieta... es increíble...

El anunciador levantó la mano.

—¡Ganadora: Sarada Uchiha! —gritó, haciendo temblar el estadio con la ovación.

Sus compañeros de clase, al verla, cambiaron por completo la percepción que tenían de ella. Algunos, antes incrédulos, ahora la respetaban. Otros comenzaron a temerle un poco. Pero todos entendieron una cosa: Sarada no era solo "la hija de Sasuke". Era una kunoichi poderosa, con temple, con talento... con fuego propio.

Naruto sonrió desde lo alto.

—Va a ser una gran líder algún día.

—No hay duda —respondió Shikamaru—. El clan Uchiha tiene futuro.

Sarada fue llevada a la enfermería, donde la esperaban Sakura y Sasuke. Pero mientras era atendida, ya se hablaba de lo que vendría. Había pasado la prueba. Había luchado con todo lo que tenía.

Sarada era ahora una Chūnin. Pronto tendría su propio escuadrón.

Y el orgullo de su familia —y de toda la aldea— ardía como el fuego que llevaba en su interior.


Un deseo del corazonHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora