Ya había pasado la medianoche cuando entraste al garaje de Miko.
La puerta del taller estaba entreabierta lo justo para dejar pasar el aire cálido del verano, trayendo consigo los sonidos lejanos de la ciudad: sirenas, un tren a lo lejos, y de vez en cuando el rugido de otro pobre desgraciado acelerando su carro por la cuadra.
El sol se había ocultado horas atrás, dejando solo el canto de los grillos y el bajo rítmico de un viejo reguetón que rebotaba en las paredes del garaje. Luces amarillas colgaban sobre sus cabezas, bañando con un resplandor dorado la colección de herramientas, trapos grasientos y piezas de coche esparcidas por el suelo de concreto como en un campo de batalla cuidadosamente organizado.
Te quedaste en la entrada, apoyando el hombro en el marco, observándola en silencio. El aire estaba impregnado del olor a aceite, caucho quemado y metal caliente.
Miko estaba debajo del frente de su Nissan 350Z plateado, el carro levantado en el gato, una llanta faltante, el cofre abierto, cables y herramientas regados en un desorden perfectamente caótico... sus piernas sobresaliendo con unos jeans desteñidos y rotos y unas botas negras. Su camiseta de tirantes, manchada de grasa, se subía un poco cuando se movía, dejando ver un destello del tatuaje de flores de cerezo que le trepaba por las costillas.
Todavía no se había dado cuenta de tu presencia. O quizás sí, y solo fingía no hacerlo.
Ese garaje era el segundo hogar de Miko. Tal vez el primero, según a quién le preguntaras. Dentro, el mundo parecía detenerse.
"¿Siempre invitas gente a cambios de aceite a medianoche?" preguntaste, cerrando la puerta tras de ti.
"Nope", respondió con calma, sin mirarte siquiera.
Te quedaste en el borde del taller, con los brazos cruzados, mirándola con una media sonrisa apenas dibujada.
Miko seguía medio debajo del carro, grasa en los antebrazos, las trenzas recogidas en un nudo bajo. Una llave golpeó contra el metal, seguida de su voz grave: "¿Vas a quedarte ahí mirándome o me vas a pasar la llave de vaso?"
La recogiste de la mesa y te acercaste, agachándote a su lado. "¿Y no vas a decir por favor?"
Se deslizó lo justo para mirarte desde el suelo, con un destello divertido en los ojos. "Podría, pero entonces te debería algo. Y creo que ya tengo un favor tuyo guardado en el bolsillo."
Sostuviste la herramienta justo fuera de su alcance. "Ese favor fue una cita. Esto es trabajo de garaje. Términos distintos."
Te acercaste despacio, disfrutando el momento. "¿Ni un hola? ¿Ni un 'qué guapa, me alegra que vinieras'? ¿Ni un por favor?"
Miko se incorporó sobre los codos. Su camiseta se pegaba a la piel, la grasa manchándole la clavícula. "Está bien. Por favor", dijo, lenta, casi melosa. "Por favorcito."
Le entregaste la llave. "Así mucho mejor."
Ella sonrió de medio lado y volvió debajo. "Suerte que eres linda."
"¿Algo anda mal con el carro?" preguntaste con aire casual, ya sonriendo.
"No. Solo quería un poco de compañía esta noche."
Diste unos pasos, mirando las tuercas y pernos esparcidos en el piso. "Y yo que pensaba que era yo a quien habías invitado."
Ahora sí salió del todo, recostándose en el marco del coche, la camiseta subiendo apenas más. Sus ojos recorrieron tu figura sin disimulo.
"Lo eres", dijo con voz baja y suave. "Pero si te digo que solo era una excusa para tenerte a solas... se pierde el misterio."
Reíste suavemente, acercándote al banco de trabajo. "No eres nada sutil, Miko."
