Cap #15

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[...]

Día siguiente

Después de muchas horas de vuelo, Ines volvió a la ciudad de México apenas con dos maletas, era tanto su desespero por ver y estar con su hermano que sólo tuvo poco tiempo para empacar.

Faltando algunos minutos para el mediodía, Lucía y Hugo se fueron al aeropuerto para esperarla y recogerla. Efectivamente, todo ocurrió como se tenía planeado. Los jóvenes se reencontraron con su tía luego de varios meses de ausencia y además la consolaron con un gran sentimiento de lástima.

Ella realmente se veía muy afligida, y en medio de sus lágrimas cargadas de lamentos se echaba una parte de culpa argumentando que <<nunca debió irse y dejar solo a Esteban, ni mucho menos descuidar su comunicación con él>>.

—Nadie tiene la culpa, tía. —mencionó Hugo intentando concientizarla mientras la abrazaba sintiéndose mal por ella—.

—Hugo tiene razón, tía. —agregó Lucía con sus ojos empañados—. ¿Cómo íbamos a saber que estaba tan enfermo si nunca nos dijo nada?

—Lo sé... —reconoció ella sollozando—. Pero yo llevaba un mes sin hablar con mi hermano. Eso no estuvo para nada bien.

—Pues, él tampoco te buscó. Así que mejor sácate ese sentimiento de culpa, tía. —le pidió el jóven con un semblante triste—.

—Exacto, tampoco te buscó, tía. Y aunque suene un poquito fuerte lo que voy a decir, él tampoco tenía interés en hablar contigo. —expresó la joven con un tono convaleciente—.

—¿Me van a acompañar a la casa? —los cuestionó Ines con la esperanza de que aceptaran—. Por favor, yo sé que es difícil para ustedes, pero me voy a sentir menos mal si van conmigo.

Los jóvenes se miraron con cierto grado de indecisión y finalmente, como Lucía asintió, su hermano también acabó aceptando.

[...]

Al llegar a la casa Lombardo, Lucía se percató de que el coche de su padre se encontraba en el jardín, justo como el señor taxista que la había ayudado a socorrerlo le prometió, y pensó que en este mundo aún existían personas honestas que valían la pena. Sin embargo, los recuerdos desagradables comenzaron a invadirla. Empezó a recordar cómo lo encontró, el aspecto de su cara, sus gestos de agonía, lo sucio que estaba de su propia emesis, y fue tanta la mezcla de repugnancia y tristeza que sus ojos se tornaron cristalinos y sintió un repentino malestar en el estómago.

Hugo en cambio, mientras rodaba las maletas de su tía Ines, daba la impresión de mantenerse sereno. Pero, la realidad era muy distinta. Su mente divagaba entre la nostalgia que le generaba caminar nuevamente por la que había sido su casa prácticamente toda su vida. De la nada, se visualizó siendo niño y corriendo por ese mismo jardín con sus amigos de la escuela en una que otra fiesta de su cumpleaños.

Inés, quien todavía conservaba las llaves de su antigua casa, buscó en su cartera y las sacó para abrir la mansión.

Cuando las puertas se abrieron, los tres se quedaron asombrados por lo diferente que estaba el interior de la casa. Completamente desconocido. Lleno de polvo, de telarañas, desorganizado, en definitiva, un desastre. Ni rastros de aquella fina y elegante sala que encantaba a todo el que se paseaba por ella.

Tanto Hugo como Lucía e Inés sintieron que un golpe de sorpresa y tristeza los azotó al percibir el estado tan deprimente de su viejo hogar. Y más aún porque de inmediato pensaron en Esteban y en las condiciones pésimas en las que había estado viviendo, mejor dicho sobreviviendo, probablemente durante meses.

Atreverse a atreverseDonde viven las historias. Descúbrelo ahora