CAPÍTULO ONCE:

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Cuando los días buenos son contados, los valoramos al máximo.

No piensas en el tiempo, ni las tareas pendientes, el clima, o inclusive en sí el fin del mundo es al otro día.

Después de desayunar, Adrien y Marinette estaban en la sala de estar, sentados sobre la alfombra jugando con su hija, quien maravillada con la situación, reía y se sujetaba de la playera de su padre cuando quería que la levantara en brazos.

Después, Marinette alimentó a su hija cómo hace tiempo no lo hacía, le acarició las mejillas y la llenó de besos hasta que se quedo dormida, y mientras la llevaba a su cuna, no pudo evitar llorar un poco al saber que por ese extraño padecimiento que la había mantenido en cama, ajena a su familia, se estaba perdiendo de valiosos momentos con su pequeña hija y su maravilloso esposo.

Recostó a la bebé en la cuna, la arropó y acarició una última vez su cabello antes de regresar por donde había venido. Su esposo la esperaba en el marco de la puerta, y la recibió con los brazos abiertos cuando ella se abrazó a su cuerpo, soltando en llanto.

Él entendía a la perfección lo que afligía a su esposa, y aunque él intentaba pensar la mayor parte del tiempo de forma positiva, había momentos en los que no podía evitar pensar en un terrible desenlace, y eso lo aterraba.

–Todo estará bien linda, hoy has tenido un gran avance –le reconfortó él, acariciando su espalda y manteniéndola muy cerca de su cuerpo, con un temor tangible en que en cualquier momento, ella se desvanecerá cómo en anteriores ocasiones.

–Tengo miedo Adrien, Emma está creciendo tan rápido y yo, cada vez estoy peor. Quiero ver a mi hija crecer, verla entrar a la escuela, ser exitosa, tener más hijos contigo, envejecer a tu lado, y yo no–

No terminó la oración dado que el rubio sujetó sus mejillas con ambas manos y le plantó un beso en los labios.

–Y lo vas a hacer, solo no hemos encontrado al médico adecuado, mañana vendrá un doctor directamente de Estados Unidos a revisarte, es muy reconocido en todo el mundo y él nos dirá que tienes exactamente, y te recuperaras. 

Las palabras de afirmación, aunque ella las requería, no la llegaron a convencer del todo, y menos cuando pudo ver la preocupación en el rostro de él, aferrado a una esperanza incierta.

–¿Y si vemos nuestro álbum de fotos? –sugirió ella, cambiando el tema mientras tomaba su mano y comenzaba a caminar a la habitación.

No quería que él viera lo mal que se sentía, al menos quería mantener su positivismo activo cuando ella ya no lo poseía desde hace un tiempo.

Adrien bajó el álbum de la última repisa del armario, lo dejó sobre el regazo de su esposa, que ya estaba sentada sobre la cama y le hacía una seña para que se sentara a su lado.

Al abrirlo, las primeras fotos que se encontraban eran de ellos cuando eran niños, y conforme las páginas avanzaban, ellos contaban alguna anécdota sobre alguna fotografía, se reían o se besaban en algún punto. Se miraban a los ojos, se tomaban la mano y pasaban a la siguiente página. 

El final del álbum llegaba con la última foto que Adrien había tomado de Emma, en brazos de sus padres cuando cumplió su primer mes.

Los ojos de su esposa volvieron a llenarse de lágrimas a la vez que rozaba con las yemas el papel.

–Faltan imprimir más fotos –le dijo ella con voz rasposa, poniéndose de pie para disimular las lágrimas.

–Está bien, si quieres llorar, puedes hacerlo conmigo. Estamos juntos en esto, siempre estaré contigo – él volvió a abrazarla, permitiendo que ella se colgara de su cuello y sus sollozos se hicieran más intensos–. Nunca me dejes al margen de tu dolor.

SIN LÍMITE Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora