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Luna.

No podía negar que, por fin, la vida comenzaba a alinearse tal como debió haberlo hecho desde un principio. Sin embargo, una última pieza faltaba en el tablero para que el mosaico estuviera completo: Noah. Ahora que mis chicos se encontraban libres de ataduras y cadenas, todo mi ser experimentaba una descarga de fuerza extrema. Era como si mi loba, tras un letargo milenario, hubiera despertado por fin dispuesta a reclamar su libertad.

Los chicos me habían comentado que, tras regresar a casa luego de la definitiva liberación de Trevol, mi aura había experimentado un cambio sutil pero profundo; mi olor personal se había intensificado, volviéndose más embriagador. Era evidente que mi poder latente terminaría de estallar por completo una vez que Noah se uniera a nosotros, y se consolidaría de forma definitiva al recibir las marcas de todos ellos.

En ese instante, nos dirigíamos a la mansión Robinson con un solo propósito: consolar a Noah, hacerle entender lo mucho que significaba para mí y suplicarle que viniera conmigo. Aunque sonara a una locura impulsiva, estaba decidida a no dejarlo marchar tan fácilmente.

—Tranquila, amor, todo saldrá bien —susurró Liam, tomando mi mano y besando con delicadeza los nudillos de mis dedos.

—Después de esto, definitivamente tendremos que comprar un vehículo de mayor capacidad en el que quepamos los seis cómodamente —sugirió Eric desde el asiento de mi lado derecho, intentando aligerar la tensión palpable en el ambiente.

—Lo dudo mucho. A Noah no le agradan los automóviles. De hecho, detesta los espacios cerrados; prefiere la libertad del viento —comento mientras Cristian maniobraba el volante con soltura. 

Como siempre, a él le fascinaba conducir, ya fuera una moto de alta cilindrada o un coche deportivo; le importaba poco el medio siempre que hubiera velocidad de por medio.

Jamás imaginé que mi destino se configuraría bajo esta extraña y magnética dinámica poliamorosa. Mi conocimiento sobre mi propio linaje era limitado. Sabía que los Scarlett éramos los gobernantes indiscutibles desde hacía generaciones, y que nuestra sangre albergaba un poder casi absoluto. Esa era la razón principal por la cual mi padre —proclamado líder supremo de todo este vasto territorio— imponía tanto respeto y terror a partes iguales. Su aura, la majestuosidad de su lobo y la frialdad de su semblante paralizaban a cualquiera. Aunque jamás fue cruel conmigo ni con mis hermanos menores, tenía la certeza de que cualquier insensato que se atreviera a desafiarlo sería pulverizado con un solo movimiento de su mano.

Quizás deba hablar más a fondo con él, pensé. Aunque, meditándolo bien, tal vez mi padre no fuera la fuente de información más precisa. Mi abuela paterna, una mujer Alfa de pura cepa perteneciente a la estirpe Scarlett, seguramente poseía un conocimiento mucho más profundo y antiguo sobre mi existencia que cualquier hombre de la familia.

—Hemos llegado, amor.

Gané la atención hacia la ventanilla del lado de Eric. Estábamos adentrándonos en los terrenos de la mansión Robinson, el hogar ancestral de la familia de Noah.

—Según me indicó James, Noah esta reparando sus motocicletas en su taller privado del ala norte —indiqué tras descender del vehículo y ser recibida con reverencias por los empleados del lugar que ya me conocían de sobra. 

Nos dirigimos a paso firme hacia el ala norte de los dominios Robinson. Al aproximarnos, pudimos divisar a Noah rodeado de cuatro motocicletas desarmadas. Un atisbo de emoción recorrió mi pecho al notar que estaba trabajando precisamente en mi moto favorita, aquella pintada con detalles en rojo y amarillo vibrante, mis colores preferidos y los distintivos de mi familia.

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⏰ Última actualización: 6 hours ago ⏰

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