cap 31

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Nueve de la mañana con cincuenta y cinco minutos. Ya faltaba poco. Cinco minutos para que él entrara por la puerta. Me había llamado diciendo la hora de su llegada. Mis manos temblaban, mi pulso se aceleraba, mi cabeza daba vueltas. Y no entendía muy bien el por qué. Era el hombre que me crió, mi padre. Si era así, ¿por qué me sentía tan acomplejada? Tenía miedo de lo que fuera a pasar, tenía miedo de que toda la felicidad que había tenido en su ausencia se me acabara. No sé de qué no tenía miedo en realidad. No me malinterpreten, amo a este hombre. Pero conozco su carácter, sé como es. Nada de lo que en el futuro se entere podrá agradarle. Podría apostar a ello.

Toc toc. La puerta. Ni cuenta me había dado de que los cinco minutos ya habían pasado. Entre tanto pensamiento las manecillas del reloj se habían movido tan rápido que pensé que pudo ser mi imaginación. Toc toc, de nuevo. Sí era él.

- ¡___, hija! -me saludó con una enorme sonrisa. Me abrazó fuertemente. Sonreí al sentir su tacto. Supe que sí lo había extrañado.

Besó mi mejilla y frotaba sus brazos contra mi espalda. ¿Me había echado de menos? Sentí una linda sensación dentro de mí. Era muy remota la vez en que me abrazaba, aún más de esta manera.

- Papá -fue lo último que me limité a decir, para que luego de unos cuantos segundos el abrazo se acabara.

Me hice a un lado para que pasaran. Michelle me saludó con un abrazo poco apretado. Se me hizo raro, pero luego bajé la mirada y me encontré con un enorme bulto sobresaliente. Había olvidado que estaba por tener el bebé. Le sonreí y ella me devolvió la sonrisa. Las maletas estaban en la puerta y nadie se molestó en adentrarlas a la casa.

- Está todo muy limpio, cariño -observó mi padre- Has hecho un buen trabajo.
- Te dije que ya tenía edad para quedarse sola -le habló Michelle.

Ella me miró y le agradecí con un gesto. Ambas estábamos complacidas. No habría imaginado que ella tuviera más confianza en mí que mi propio padre. De todas formas, fue algo especial. Me sentí muy bien.

- ¿Te ha alcanzado el dinero para la comida y esas cosas? -preguntó.
- Sí, no me faltó nada. Comí muy bien -quizás pudo haber faltado, si me hubiera quedado aquí todo el tiempo que él estuvo fuera.
- ¿Sobró? -asentí, esperanzada de que él me dejara quedarme con algo- Bien, me servirá para comprar unas cuantas cosas. ¿Hay algo para comer?
- La nevera está llena -sonreí.

Ellos fueron a la cocina a preparar algo de comer, pues yo no había cocinado. Preferí esperarlos. ¿Ya vieron? Es rara la vez que papá me da dinero. Cuando le sobra no suele darme algo, y solo me compra ropa en navidad y en mi cumpleaños.

- Papá, ¿puedo tener un gato? -le pregunté de repente, apoyada contra la mesa de la cocina.

Él se encontraba de espaldas, sacando la caja de té guardada en uno de los grandes muebles. Se volteó cuando tuvo esta en sus manos y la dejó sobre la mesa. Fue a coger la tetera y sirvió un poco de té en su tasa y en la de su esposa.

- ¿Un gato? -preguntó y soltó unas risas- ¿para qué quieres uno? No sabes cuidar a los animales.

Una ligera molestia se produjo en mi interior. Antes había tenido conejos, patos, pájaros, perros, gatos, entre otros. Lamentablemente murieron todos, creo que no los alimenté bien. Era pequeña, olvidaba darles la comida necesaria. Siempre me sentí culpable. Mi primer perro lo tuve desde que nací, fue el mejor perro que pude tener. Jamás me mordió, me dejaba usarlo como caballo y era muy mansito. Lo amaba, era ciego de un ojo, pero no me importaba. Entonces, un día, la gata de uno de mis primos tuvo gatitos. Le rogué a papá que me dejara tener uno, y como era pequeña, aceptó. Fuimos a buscarlo, mi primo me dijo que lo cuidara, y que su nombre era Romano. Al pasar el tiempo tuve dos conejas, ambas negras, muy bonitas. Luego llegaron dos perros más, protectores, rudos y juguetones. Al cabo de un tiempo, tuve dos patos. Una vez entró el perro de un vecino durante la noche y por poco los mató. Salieron ilesos y un tiempo después la hembra comenzó a poner huevitos, hasta que un día amaneció muerta. Días después, murió el macho. Para compensarme, papá me compró tres pájaros, pero murieron a la semana. Me dio mucha rabia, nunca más quise tener un pájaro de mascota. Y ahí empezó a volverse todo horrible. Romano, mi gato, llegó por la mañana muy mal. Le habían dado veneno y estaba agonizando. No le pude llevar al veterinario, papá no tenía dinero ese día. Por la noche soñé que él se reponía, que estaba bien, que estaba feliz... Y que salía por la puerta de la casa a jugar, y le dije adiós con la mano. Por la mañana papá me despertó, y me dijo que había fallecido. Lloré lo que más pude por días hasta que no hubo más que derramar. Ese gato me dio tanta felicidad y apoyo, me lamía la cara y las manitos, se lanzaba sobre mí, siempre estábamos juntos, éramos inseparables. Pero luego comprendí que ese sueño significó que él, a pesar de morir, estaba bien. Que no estaba sufriendo, que quiso mostrarme que yo no tenía de qué preocuparme y que no debía llorar. No me importaba lo que las personas me dijeran, yo sabía que tenía una conexión con él, más fuerte que cualquiera cosa. Cuando cumplí catorce murieron mis conejas, fue horrible. Y para rematar, murió el perro que me acompañó desde que nací. Sufrió tanto, estuve con él hasta casi el último momento. Estábamos afuera, y luego fui a buscar algo de beber y cuando salí, ya su corazón había dejado de funcionar. Nuevamente lloré lo más que pude. Me di cuenta de que él no quiso que yo lo viera morir. Y después de eso, no pasaron más de unos días para que otro de mis perros comenzara a morir. Le daban ataques, su cuerpo temblaba y derramaba sangre por los ojos. Falleció por la noche. Y días después, el último perro que me quedaba, también murió, al parecer de pena por perder a sus amigos caninos y quedar solo. Fue horrible, casi todos murieron por hileras, por turnos, por solo días de diferencia. La pasé muy mal. Odiaba todo, no entendía por qué les sucedió a ellos. Así que papá fue a consultar con un especialista y dijo que de seguro había sido un virus el que había matado a los últimos animales tan fácilmente. Como ven, no tuve buena experiencia con las mascotas. Pero ahora quería un gato. Los gatos eran mis animales favoritos, anhelaba tener uno. Quería un amigo de esos. Sabía que no podría reemplazar a mi Romano, pero no importaba.

En medio de mi soledad (oliver sykes y tu )Donde viven las historias. Descúbrelo ahora