Salimos de la cocina corriendo en dirección a las escaleras que dan al cuarto de mi hermana, subimos a toda prisa y al abrir la puerta, vemos a Kenya asomándose por la ventana de su habitación, mirando hacia abajo y soltando gritos de desesperación.
Mi padre es el primero en acercarse a averiguar el motivo por el que mi hermana grita de esa manera tan desesperada. Agacha su cabeza cuando mira por la ventana y suelta un suspiro. Kenya sigue gritando y llorando. Me acerco tan veloz como puedo, dirijo mi mirada al suelo de la parte baja de nuestra casa, y, lo veo: el gordo perro de Kenya lleno de sangre, con raspones en todo su cuerpo, tirado en el pasto del jardín. Un camino de sangre se extiende desde la mitad de la calle, hasta donde está el cuerpo de Zizu.
Mi madre se acerca tratando de consolar a Kenya, mientras papá y yo bajamos a ver qué podemos hacer para tratar de ayudar al pobre Zizu. Cuando por fin llegamos hasta donde Zizu, lo único que se me ocurre hacer, es acariciar su suave pelaje lleno de sangre. Mi padre vuelve a la casa, en busca del botiquín de primeros auxilios que se encuentra en el baño.
— ¿Qué te pasó Zizu? – Pregunto, casi como un susurro – ¿Qué te hicieron? – Zizu está completamente inmóvil, solo sus ojos se mueven, pidiéndome ayuda, gritando que lo salve.
Papá llega con el botiquín, me hago a un lado, lo pone sobre el césped y saca unas vendas, gasas y alcohol.
— Sé que esto es para uso humano, pero, no se me ocurre nada mejor. – Moja una gasa con suficiente alcohol y la coloca sobre la herida más grande que está en el tronco del pobre Zizu. Al contacto, Zizu suelta un doloroso aullido, su cuerpo se retuerce y vuelve a su posición original – Esto no funcionará, las heridas son muy graves, perdió demasiada sangre y también debe tener los huesos rotos.
— ¡LLevemoslo con el veterinario! – Eso sonó como un grito desesperado – ¡No puede estar tan mal! – Justo cuando termino de decir lo último, Zizu suelta una tos ronca, áspera y dolorosa, seguido de un vomito rojizo y espeso. Me pongo nuevamente de rodillas y me doy cuenta de que su mirada está perdida en la nada. Está muerto. – Zizu, Zizu – Digo de forma insistente al mismo tiempo que muevo el cuerpo inerte del perro, sin obtener respuesta a cambio.
Esto me duele, en verdad me duele, a pesar de que no era mi mascota favorita, a pesar de que era un perro travieso, que destruía mis tenis favoritos, a pesar de que orinaba en los muebles de la casa, me duele. Me duele, porque era una parte muy importante para mi hermanita, y, ahora, ¿cómo le voy a explicar que ya no podrá jugar con su travieso perro? ¿cómo le digo que su mascota ya no estará con ella cuando el sonido de los relámpagos la asuste en un día lluvioso?, no lo sé.
Me levanto, seco con discreción mis ojos con las mangas de mi camisa y volteo a ver a papá.
— Llegamos tarde. – Explica – Algún auto grande debió arrollarlo, arrastrándolo por varios metros y rompiéndole los huesos. El pobre aún tuvo fuerzas para tratar de llegar a la entrada de la casa, pero, evidentemente no lo logró.
Yo sé que mi padre no quería a Zizu. Mamá fue quien lo convenció de adoptarlo para Kenya, argumentando que le sería un buen acompañante. A mi me daba igual, de todos modos, yo tenía muchas cosas por hacer, así que no pasaría mucho tiempo con el perro.
— ¿Ahora qué hacemos? – Pregunto, con la voz más firme que puedo intentar.
— Llamaré al veterinario, ellos se encargan de los restos de las mascotas fallecidas. – Responde. Saca su teléfono plano y marca el número del veterinario. – Vuelve adentro con Kenya, dale la noticia, pero no seas tan duro. – Me dice, con el teléfono en la oreja, antes de que el veterinario conteste su llamada.
Regreso a la casa, al cuarto de Kenya. Ahí están las dos, sentadas sobre la cama. Mamá logró tranquilizarla, están viendo un álbum de fotos de las vacaciones en que adoptamos a Zizu. Kenya es la primera en hablar al verme.
— ¿Cómo está Zizu? – Pregunta Kenya, con ojos de esperanza – Mamá me dijo que tú y papá le lavarían y curarían las heridas.
— Kenya, – Me detengo – no sé como decir esto, ¿recuerdas a nuestra pequeña ave que murió el invierno pasado?
— Sí, era tan pequeño y tan rojito. – Responde, se detiene por un momento, pensativa. Imagino su cerebro como una gran maquinaria con engranes, girando, armando el rompecabezas, formando en su mente la conclusión – ¡No! ¡No, no, no, no, no! ¡Zizu no! - Lanza lejos el álbum de fotografías y da golpes al colchón con sus pequeños puños. Mamá la acerca a su pecho, consolándola.
Pero que torpe fui. ¿En qué momento creí que comparar la muerte de nuestra ave con la de Zizu sería una buena idea? Lo único que obtuve fue una doble tristeza para mi hermana.
— No pasa nada Kenya, mañana iremos al centro de adopción para que veas a todas las mascotas que no tienen hogar y elijas una. – Dije. Acaricio su negra cabellera, lacia y suave - Papá llamó al doctor de los animalitos, y, en cualquier momento estará aquí para que se lleven a Zizu al "Paraíso de los animales". – Escucho el sonido que hace la nariz de Kenya, llena de mocos, y un ligero sentimiento que hace cuando llora. No obtengo respuesta alguna de Kenya, ella se envuelve entre las cobijas y sigue llorando.
— No te preocupes Cole, – Me dice mamá en voz baja – yo me quedaré con ella para consolarla hasta que se sienta mejor. – Asiento con la cabeza y salgo en silencio de la habitación.
Me encuentro con mi papá al cerrar la puerta de la habitación de Kenya.
— ¿Cómo tomó la noticia tu hermana? – Me pregunta, tranquilamente.
— Pues no tan bien, – Respondo – pero mamá se quedará con ella el tiempo suficiente para tranquilizarla.
— Menos mal. Llamé al veterinario y me dijo que la camioneta del servicio fúnebre está descompuesta, así que tendré que ir yo mismo a dejar el cadáver de Zizu.
— ¿Quieres que te acompañe?
— No, mejor quédate aquí con tu madre, por si necesita ayuda con Kenya. Ya metí el cuerpo de Zizu en una bolsa de plástico y la subí a la camioneta. El consultorio del veterinario está a unos treinta y cinco minutos, así que estaré de regreso, quizá, en poco menos de dos horas.
— Está bien papá, conduce con cuidado, no me gustaría que hicieras lo mismo que hicieron con Zizu.
— Ten por seguro que lo tendré.
Bajamos las escaleras y salimos de la casa. Yo me quedo en la puerta principal, mi padre sube a la camioneta y arranca por la avenida principal. Me quedo unos minutos parado ahí donde estoy, pensando en nada, y en todo. Quizá pasaron cinco minutos, o quizá fueron veinticinco, pero no importa.
Vuelvo a la realidad, y me doy cuenta, del rastro de sangre que quedó por la muerte del perro, así que regreso a la casa a buscar una escoba, una cubeta con agua y jabón, para limpiar esas manchas.
Al salir de la casa, - con todo el material que necesitaba - noto algo extraño. El cielo que hace dos minutos era completamente azul, lleno de vida, ahora está de un gris oscuro, con espesas nubes que no dejan ver ni un rastro del sol. El viento húmedo, sopla con suficiente fuerza como para hacer mover las hojas de los árboles. Las nubes comienzan a crujir, con su imponente masa sobre mi cabeza.
Eso sería normal en otra época del año, pero estamos en primavera.
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Las Armas de Dios
Ciencia Ficción¿Recuerdas haber tenido un "día perfecto"? Yo casi lo olvido. Todo inició un día hermoso, lleno de sol y aire fresco, entré a mi casa y cuando salí al jardín, el cielo se oscureció en un par de segundos, la tormenta se desató, y desde entonces, nad...
