12. La bola magica

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Observo detenidamente la habitación, cada rincón, cada espacio, tratando de ingeniar una idea para salir de aquí.

Hay un pequeño control azul en el mueble a mi lado. Tiene varios botones, cada uno con una ilustración  –que supongo– es para realizar acciones en la habitación. Comienzo a presionarlos, para descubrir de qué se tratan. No estuve equivocado. La camilla se sube y se baja. La televisión gira para estar más a mi altura, más cerca o más lejos, más arriba o más abajo. Las luces de las lámparas se prenden y apagan. Estoy a punto de presionar el último botón que me falta, cuando veo entrar a mi padre. En su mano derecha tiene mi mochila negra.

— Toma – dice, arrojando la mochila a la cama sin cuidado –, es tu ropa limpia y zapatos. Date una ducha y vístete, en una hora pasarás con el médico para que quite ese horrible hilo de tu ceja.

Abro la mochila y, efectivamente, está mi ropa, de hecho, es mi ropa favorita: converse guinda, jeans negros, ropa interior oscura, playera blanca y mi preciada chamarra negra con mangas guinda que hacen juego con mis tenis.

— ¿Dónde están las regaderas? – pregunto.

— Ven, te llevaré – suena indiferente. Creo que la relación con mi padre desde ayer cambió completamente. Yo aún estoy molesto por todo lo que está haciendo, y él no quiere hablarme, así estamos bien.

Dejo el control sobre la camilla, tomo mi mochila y la cuelgo en mi hombro. Sigo los pasos de mi padre. Al salir, la alarma se vuelve a activar y el mismo guardia de seguridad que me detuvo hace un rato se acerca velozmente a nosotros, interponiéndose en nuestro camino.

— Le he dicho que no puede sal...

— Está bien – lo interrumpe mi
Padre –, viene conmigo.

El guardia, apenado, se hace a un lado para dejarnos libre el paso.

Mi padre debe ser considerado alguien importante aquí, tanto, que hasta los guardias obedecen sin objeciones sus órdenes.

El pasillo es largo, todas las puertas son iguales a la de la habitación en la que yo estaba. Cuando llegamos a la mitad del pasillo nos detenemos. Hay una pared vacía, solo tiene un botón idéntico al que estaba en el baño, él lo presiona y ocurre lo mismo, se levanta el panel pixeleado, entramos, pero esta vez no es un baño, es un elevador – si es que así se le puede llamar –.

Apenas y siento el movimiento cuando descendemos. Unas ligeras cosquillas surgen en mi estómago. El elevador se detiene y el panel se vuelve a abrir. No sé cuántos metros habremos bajado, pero solo fueron 30 segundos los que duramos dentro.
Salimos directamente al recibidor del refugio.
Creo que aquí tienen una obsesión por el color blanco: las paredes, el piso, el techo, todo es blanco. Lo único que interrumpe esa monotonía es una media esfera transparente gigante que se encuentra en medio del recibidor, debe medir unos 2 metros de alto y 2 de diámetro. En ella, se puede observar un árbol frondoso y verde, justo en el centro. Sus hojas se mueven como si adentro el aire soplara. Alrededor hay unas montañas, que son mucho más pequeñas que el árbol. O está desproporcionado o la intención de la bola es que resalte el árbol.

Al pasar al lado de la esfera, veo que no es completamente "transparente" como la vi de lejos, más bien, parece que proyecta el cielo. Es color azul oscuro con matices naranja, el sol se oculta detrás de unas colinas, es el atardecer.

— Papá, ¿me puedes decir qué es esto? – no despego mis ojos de la esfera, es hermosa – ¿o tampoco puedes hacerlo?

— Esta, es "La bola mágica".

— ¿Qué? – suelto una risa fingida.

— No le encuentro la gracia – su cara está muy seria.

— No, es solo que el nombre me pareció divertido – es verdad, cuando dijo "bola mágica", me imaginé a una de esas brujas o videntes que predicen el futuro con sus bolas de cristal.

— Te sorprenderías al saber lo que esa bola puede hacer – dice orgulloso –. Ahora vámonos o se hará tarde.

Seguimos nuestro camino, hasta llegar a un pasillo amplio, lleno de puertas de cristal como las que había en el hospital de arriba, con la diferencia de que estas están un poco más separadas unas de otras.

— Esta será tu habitación por hoy – señala la tercera puerta –. Toma – mete una mano a su bolsillo y saca un pequeño objeto –con esta pulsera podrás entrar y salir cuando lo necesites.

Tomo la pulsera entre mis dedos, esta no es como la que traía en mi muñeca hace unos momentos. Es color negra y tiene un pequeño punto de luz blanca.

La puerta se abre.

— Podrás entrar a la habitación, salir, ir al hospital, lo que sea. No tendrás problemas. Además, te avisa cuando hay alguna emergencia, si la luz cambia a color rojo es porque algo está sucediendo afuera.

Estiro la pulsera en mi muñeca y automáticamente se adhiere a ella.

— ¿Qué tipo de emergencia? – pregunto sorprendido.

— Una emergencia como la que vimos ayer – me mira a los ojos, como si pudiera leer mis pensamientos –, es mejor que dejes de hacer preguntas, se te hará tarde para ir con el médico.

— Gracias – dudo al decirlo –...papá.

Sacude su cabeza despacio y sonríe. Le devuelvo la sonrisa.

Después sigue su camino de regreso al recibidor.

Yo sé que mi padre es un buen hombre. Está teniendo un mal momento por todo lo que está sucediendo con su nuevo empleo y todas las responsabilidades de las que está a cargo, por eso se comporta de esa manera. Dejo de lado esos pensamientos y me concentro en lo que debo hacer.

Entro a mi nueva habitación, esta sí tiene color. Las paredes son azul claro, con botones metálicos. Hay dos camas y una televisión. Lo típico de un hotel.

Presiono el botón plateado de la pared, entro al baño y abro la regadera, el agua comienza a salir y me quito la bata. Supongo que la pulsera debe ser a prueba de agua, sería muy tonto que no lo fuera, así que no hago el intento por quitármela.

Cuando termino de bañarme, abro el espejo y encuentro muchos productos para la higiene personal: desodorante, crema hidratante, repuestos de champú, toallas femeninas, rastrillos y crema de afeitar.

Me pongo el desodorante en spray, unto crema en mi cuerpo y comienzo a vestirme.

Estoy subiendo mis pantalones, cuando la pulsera comienza a parpadear.

Las Armas de DiosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora