14. Número 99

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Comenzamos a avanzar velozmente. La lluvia cae fuertemente, por algún motivo el parabrisas no está empapado, es decir, las gotas de agua caen, pero resbalan al contacto con el vidrio, no se quedan pegadas a él, lo que nos permite ver perfectamente nuestro camino.

Giramos en una esquina, barriendo las llantas con un fuerte rechinido, yo me aferró al asiento, pero la adrenalina comienza a hervir en mis venas.

— ¡Esto es increíble! – grito, soltando mis manos de los asientos y saboreando el viaje.

— ¡Woohooo! – grita mi padre.

A pesar de que la carretera está mojada, no nos cuesta nada girar en las esquinas, se siente realmente ligero, como cuando era niño y jugaba con autos a control remoto.

No nos hemos encontrado con algún rayo de cerca, pero si he visto caer algunos en diferentes direcciones, en los árboles, postes de luz y prácticamente en cualquier lugar.

— ¿Sabes a dónde iremos? – pregunto – ¿sabes dónde está Kenya y mamá?

— No estoy seguro, pero confío en que los inútiles hayan sido lo suficientemente inteligentes para llevarlas al refugio de la ciudad.

— ¿No estaba saturado?

— Sí, pero tienen órdenes de dar preferencia a los familiares de los altos cargos.

Nuevamente siento ese pequeño rencor por mi padre, no me gusta tener "preferencia", no se siente bien, sabiendo que hay muchas personas heridas y desprotegidas en cualquier lado.

No digo nada, no me gustaría comenzar una pelea otra vez con mi padre.

Miro por la ventana a mi derecha, no hay rastros de luz en las casas y negocios, la tormenta debió cortar la electricidad, lo que hace de esta aventura, algo más riesgoso y extremo.

Los rayos más fuertes hacen que el suelo retumbe un poco, lo que provoca que el auto tenga vibraciones en todo momento.

 — El refugio está cerca, no más de dos minutos— dice mi padre.

 Miro el cielo por el quemacocos, está demasiado espeso, completamente lleno de nubes grises. Imagino a mi pobre hermana, ella le teme tanto a los rayos, debe estar muy asustada, quiero llegar con ella y abrazarla, decirle que todo está bien, que no pasa nada.

La carretera está despejada, no hay autos que se interpongan en nuestro camino, lo que facilita nuestra llegada, hasta que ocurre, un rayo cae sobre un árbol a nuestra derecha, haciéndolo caer justo en frente de nosotros, mi padre gira el volante hábilmente, esquivando el tronco caído y reincorporándonos a la carretera con una sacudida que inyecta un dolor en mi cuello.

  — Eso estuvo cerca — digo, poniendo mi mano en el cuello.

— Qué suerte que tienes a un padre que es amante de la velocidad y los autos.

Sonrío. Siento envidia por él, yo aún no sé conducir. Estoy a punto de cumplir 18 y no puedo hacerlo. Una vez mi padre me estaba enseñando a conducir la camioneta, yo tenía todo el entusiasmo de hacerlo, pero me fue imposible, cuando tomé el volante me sentí muy nervioso, y, al pisar el acelerador casi me estrello contra la cerca de nuestro jardín, una mala experiencia, desde entonces, no lo he intentado jamás. También vi en el noticiero a un anciano que fue atropellado cuando salió de su casa a comprar flores para su esposa, el anciano murió, y eso es lo que yo no quiero, no quiero poner en riesgo la vida de personas inocentes, quizá eso es lo que me hace ponerme nervioso cuando tomo el volante, el hecho de saber que está en juego mi vida y la de los demás.

Las Armas de DiosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora