Hacía bastante tiempo que no subía aquella colina y a mitad de camino, ya estaba para el arrastre. Sólo el constante agarre de Bill hacía que siguiese en pie, arrastrando sus pies. Oía las constantes quejas del demonio diciéndole que caminase por si mismo, pero si de algo estaba seguro era de que no se lo estaba pasando mal. Más bien se estaba aguantando las ganas de reírse.
—Vamos, ya casi hemos llegado —le repetía. Dipper solo soltaba pesados suspiros y seguía.
Hasta que por fin llegaron a su destino; lo más alto de la colina. Desde allí, se podía ver todo el pueblo y más allá de él. El aire soplaba más fuerte y faltaba más el oxígeno por la altitud, pero realmente merecía vela pena para ver aquel paisaje, la mala suerte era que no estaban allí para eso. Juntos, apartaron la piedra, dejando ver un hueco hacia el interior de la nave y con cuidado, bajaron la escalera.
Como era de esperar, todo seguía igual. Todo lleno de mensajes en lenguas extrañas y materiales desconocidos que les podrían ser útiles en algún momento, aunque ahora no les servían de nada.
Pasaron la mayor parte del día buscando piezas y trozos por todo el lugar, perdiéndose más de una vez por la inmensidad y toqueteando botones que se suponía que estaban inactivos, entre risas, piques y algún que otro beso que ambos disfrutaban al máximo. Lo que más les costó encontrar, sin duda alguna, fue aquel súper pegamento que podía pegar la Tierra con solo una gota. Lo buscaron por todos lados, hasta que al final, Dipper tropezó con una pila de aquellas pequeñas placas de hierro, mostrando alguna que otra pringada con el pegamento.
Cuando salieron de la nave, ya casi eran las once de la noche y cargados de material, volvieron a bajar de la colina, intentando no tropezar y acabar bajando de un forma mucho más dolorosa. Parecía que estuviesen iniciando una revolución entre tanto golpeteo de metales y cuando por fin llegaron a la cabaña y bajaron por segunda vez en aquel día, no tardaron medio segundo en ponerse a trabajar. El tiempo era demasiado valioso como para perderlo aquellos días.
—Cuidado con... —antes de que el castaño pudiese advertirle, Bill se había chocado con una rama y los objetos que llevaba en las manos estuvieron a punto de caer. Por suerte consiguió evitarlo. El joven estuvo minutos riéndose sin parar.
Dipper se había fijado en que los problemas de Bill eran cada vez más frecuentes a pesar de que lo negara y le dijera que podía cuidarse sólo, pero era obvio que no. Trataban de compaginarlo todo: trabajo, amistad, etc... Tenían que estar despiertos el día y luego, en la noche, reconstruir aquella máquina por tercera vez, aunque las dudas habían empezado a asaltar la mente del menor. Aquel portal había provocado grandes catástrofes incluso antes de activarse y cuanto por fin lo izo, estalló en pedazos. ¿Cómo podrían ocultar el funcionamiento si volvían lo terremotos? Stan conocía de sobra los síntomas y les acabaría descubriendo, se necesitaría un milagro para que no lo hiciese. Pero se obligaba a pensar más en lo que estaba haciendo, a dejar esos problemas para cuando llegaran. Debía centrarse, la vida de Bill estaba en sus manos y no podía evitar pensarlo cuando le miraba.
Y así, día tras día, noche tras noche, los días y semanas pasaron sin tregua. Y así, el otoño murió tras ellos.
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Fall •BillDip•
FanfictionY todo pasó aquel otoño. Cuando las hojas cayeron y el suelo se tiñó de colores rojizos. Cuando las hojas cayeron y los dos volvieron. Cuando las hojas cayeron y se reencontraron. Primera parte de la saga: Cipher mistakes.
