Cuando llego a casa me siento en el escalón de enfrente y tomo profundas inhalaciones del frío aire de primavera por unos minutos. Mi madre fue la única que me enseñó a robar momentos como esos, momentos de libertad, aunque ella no lo sabía. La observaba tomarlos, deslizándose fuera de la casa en la oscuridad cuando mi padre estaba dormido, regresando a casa cuando la luz del sol comenzaba a aparecer detrás de los edificios. Los tomaba incluso cuando estaba con nosotros, parándose en el lavabo con sus ojos cerrados, tan distante del presente que ni siquiera me escuchaba cuando le hablaba. Pero aprendí algo más al observarla también, que los momentos de libertad siempre tienen que terminar. Me levanto, quitando partículas de cemento de mis pantalones grises, y abro la puerta. Mi padre está sentado en una silla en la sala de estar, rodeado de papeles de trabajo. Me levanto derecho y alto, para que así no pueda regañarme por estar encorvado. Me muevo hacia las escaleras. Tal vez me dejará irme a mi habitación sin ser notado. —Dime acerca de tu examen de aptitud —dice, y apunta hacia el sofá para que me siente. Cruzo la habitación, evitando cuidadosamente la pila de papeles sobre la alfombra, y me siento en donde me dice, justo en el borde del cojín para poder levantarme rápidamente. —¿Y bien? —Se quita sus lentes y me mira expectante. Escucho la tensión en su voz, la especie de tensión que sólo se desarrolla después de un día difícil de trabajo. Debo de ser cuidadoso—. ¿Cuál fue tu resultado? Ni siquiera pienso en negarme a decirle. —Abnegación. —¿Y nada más? Frunzo el ceño. —No, por supuesto que no. —No me des esa mirada —dice, y mi ceño fruncido desaparece—. ¿Nada extraño ocurrió con tu examen? Durante mi examen, supe dónde estaba, supe que aunque me sentía como si estuviera parado en la cafetería de mi escuela secundaria, de hecho estaba postrado en una silla en la habitación del examen de aptitud, con mi cuerpo conectado a una máquina por medio de cables. Eso fue extraño. Pero no quiero hablar con él de ello ahora mismo, no cuando puedo ver el estrés agitándose en su interior como una tormenta. —No —digo. —No me mientas —dice, y agarra mi brazo, sus dedos aprietan garras. No lo miro. —No estoy mintiendo —digo—. Obtuve Abnegación, justo como se esperaba. La mujer apenas miró en mi dirección cuando salí de la habitación. Lo juro. Me suelta. Mi piel palpita en dónde me agarró. —Bien —dice—. Estoy seguro de que tienes bastante que pensar. Deberías de irte a tu habitación. —Sí, señor. Me levanto y cruzo la habitación de nuevo, aliviado. —Oh —dice—. Algunos de mis compañeros del consejo van a venir esta noche, así que deberías cenar antes. —Sí, señor.
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The Transfer
ActionUNA HISTORIA DE DIVERGENTE es una de las cuatro historias escritas desde la perspectiva de cuatro. -Eres el único que tiene que vivir con tu decisión -dice-. Todos los demás lo superarán, avanzarán, no importa lo que decidas. Pero tú no lo harás. Ah...
