—¡Me tienes arto!
Will río, mientras que Nico se alejaba de ellos furioso. Reyna se limitó a negar con la cabeza y a fulminar a Will con la mirada, y fue a seguir a Nico, llamándolo.
Polúx miró como el jefe de la cabaña de Apolo se ajustaba el carcáj a la espalda y cogía el ukelele que se había llevado del CampamentoMestizo.
—¿No has parado hasta que lo has sacado de sus casillas, eh?
Will miró al hijo de Dionisio, levantando una ceja.
—En realidad me adora. —dijo, revolviendose el pelo.
—Él te adora... Y tú no puedes dejar de pensar en ese chico. Aceptalo, Solace, te tiene pillado.
Will sonrió con filosofía. Tenía que aclararle a Nico que Pólux no solo hablaba de vino. De echo, era un tío bastante maquina.
—Yo lo acepto. El que parece negar lo evidente es él. Es un cabezota, niega que alguien pueda apreciarlo...aunque yo lo haga. —se encogió de hombros, pero no engañaba a Pólux.
Este sabía perfectamente que aquella situación no era precisamente agradable para Will.
Suspiró.
—Ten paciencia, rayo de sol. Ganáte su confianza.
—Yo lo que quiero es ganarme su corazón.
Pólux río.
—Los hijos de Apolo, siempre tan románticos. — Al ver la cara de Will, continuó hablando. —Él ya te ha dado su corazón. Lo único que tienes que conseguir es la llave para abrirlo.
Continuaron andando, esta vez en silencio.
Will pensaba en Nico. En su mirada, oscura como el abismo, y en su pelo, que ya comenzaba a crecerle. Pero en lo que más pensaba era en el sabor de sus labios. Mierda.
Alcanzaron a los otros dos, que se encontraban esperando a un lado del pequeño camino. Pronto llegarían a la autopista. Ellos no tenían un enorme dragón de metal para volar en él, así que se las arreglaban como podían, ya que Nico tenía prohibido viajar por las sombras, órdenes del doctor.
Encendieron una pequeña hoguera y cogieron de las mochilas los sacos de dormir que, previsoramente, se habían encargado de llevar.
Pronto se quedaron dormidos. Todos, menos Will.
Este cogió su ukelele y se dirigió hacia un riachuelo que tenían cerca. Una vez allí, comenzó a tocar unos acordes, hasta darse cuenta de la canción que era. Comenzó a cantar a melodía, y no se dio cuenta de que alguien lo miraba.
Will iba a hablar, pero lo interrumpió.
—Sigue tocando.
Así se quedaron hasta que Will tocó el último acorde, y dejó el instrumento a un lado. Su acompañante trató de decir algo.
—Shh. Cállate di Angelo.
Se abrazaron, y así los encontró Reyna la mañana siguiente.
