Capitulo 2 (parte 1)

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Exilio

Agosto de 1981

-¡No, esto no puede ser verdad! Sydney me dijo que pensabas enviar lejos a Lindsay, pero no le creí. Por eso no te lo comente, pero ahora...- Jennifer Foxe le mostró a su marido un grueso sobre. -Dime que no es cierto, Royce. Dime que esto es un error.

-Al contrario, Jennifer, es completamente cierto. Por fin estoy alejando de aquí a tu hija. ¿Esos son los papeles de la escuela? ¿Llegaron por fin? Me alegro, estaba empezando a preocuparme que no llegaran.

-¡Maldito sea, es tu hija, Royce! ¿Cuando dejaras de compararla con tu preciosa Sydney? ¿Que importa si no llega a ser abogada o, Dios no lo permita, juez federal como su dulce padre? ¿Que si no se casa con un príncipe italiano? ¿Que mierda importa todo eso?

-Las malas palabras no sientan a una mujer de edad y tu figura, Jennifer. Aunque, pensándolo bien, tal vez sean lo que corresponde en una mujer que bebe como una esponja.- Royce Foxe se encogió de hombros. -En cuanto al lugar a donde la mando...- le quito el sobre de la mano a Jennifer. Ella se volvió, tratando de controlar su furia. Temblaba. Le resultaba odioso. Odiaba sentirse tan inútil, tan vulnerable. Su marido siempre se salia con la suya, siempre. Tenia que controlarse.

En el momento en que se volvía para enfrentarlo, oyó la voz de su suegra, Gates Foxe, que decía desde la puerta de la biblioteca:

-Lindsay viajara a Connecticut a estudiar en un colegio de señoritas que yo he elegido personalmente, Jennifer. No debes preocuparte. Le dije a Royce que ése era el colegio indicado para ella. Se trata de la Academia Stamford, y esta muy bien conceptuada.

Jennifer se quedo mirándola fijo. Royce se puso colorado. Dios mio, pensó Jennifer, todavía le tiene miedo. Era por el dinero, nada mas que por el dinero.

-Mamá, no quise decir que...

-Sé exactamente lo que quisiste decir, Royce. Y ahora, basta, los dos. Deberían recordar que la chica tiene un par de oídos saludables y que es curiosa por naturaleza. Desde el vestíbulo se los oía discutiendo.

-Todo esto es una tontería- dijo Jennifer de repente. -No quiero que mi hija viaje al este. Es demasiado joven, se sentirá desgraciada y...

-En realidad, esta fascinada con la idea- la interrumpió Royce con toda calma.

Jennifer quedo petrificada.

-No te creo. ¡Mientes!

-¿Para que te voy a mentir? Cuando se lo dije, por un horrible momento hasta creí que me iba a arrojar los brazos al cuello.

-No, no. No es cierto. No es posible que quiera separarse de mi. Iré a buscarla. Ella me dirá la verdad, estoy segura de que no quiere que la condenen al exilio.

-No estés tan segura, querida- dijo Gates, con voz repentinamente suave. -No hay motivo para que Royce te mienta en esto. Es demasiado fácil de verificar. Y en cuanto a ti, Royce, a pesar de lo que crees, la chica no es tonta. Oye cosas, las intuye. Comprende bastante bien a la gente. Lo que Royce dice es cierto, Jennifer. Lindsay esta realmente entusiasmada con la perspectiva de ir al colegio en el este. Todavía no ha dicho nada porque tiene miedo de herirte. Pero esta deseando alejarse de esta casa. No, Royce, la chica no tiene un pelo de tonta. Tal vez no sea bonita, sea demasiada alta, y un poco torpe y aburrida en sus silencios, pero no es tonta. Se parece mucho a ti, Jennifer. Y a pesar de ti, Royce, yo veo lo que puede llegar a ser dentro de algunos años.

-Si, mamá.

Gates Foxe les hizo señas de que se alejaran. Ambos le resultaban extenuantes. Se dirigió con lentitud a su sillón favorito, frente a la ventana. Pensó en la interminable discordia que reinaba en su casa. Se preguntó cuanto habría oído Lindsay de la discusión entre sus padres. Pero eso ya no tenia importancia. La chica nunca lo diría, se guardaría todo tras esa expresión taciturna, sin permitir que nadie, ni siquiera su abuela, adivinara lo que pasaba en su interior.

Lindsay permanecía en silencio, en las sombras, bajo la gran escalera central. Observó a sus padres salir de la biblioteca. Siguió sin moverse. Se llevó una mano al pelo rizado. Estaba hecho un lío, como siempre, lleno de rulos y grasoso porque si se lo lavaba con demasiada frecuencia le quedaba seco y con aspecto pajizo. De repente se dio cuenta de que se moría por salir de esa casa. Quería ir al colegio de Connecticut. Quería ser libre. Sólo faltaban dos semanas para que lo fuera. Stanford, Connecricut. Sonaba como un lugar realmente lejano. La recorrió una leve oleada de ternura al pensar en su madre. Pero la desecho. Su madre tendría que aprender a cuidar de si misma. Quince minutos después, Lindsay abandonó su escondite y salió de la mansión Foxe.

*************

En la mansión de los Foxe, la comida era un asunto formal y elegante y seguía una rutina invariable. La noche antes de la partida de Lindsay no fue una excepción.

Royce ocupaba una cabecera de la mesa y la abuela Gates la otra.

Dirigían por turnos la conversación. Jennifer se sentaba a la derecha de su marido, lugar que ocupaba desde su llegada a esa casa. Sólo hablaba cuando su suegra o su marido iniciaban un tema específico y le pedían su opinión. Jennifer miro a su hija, sentada frente a ella, y no por primera vez se pregunto que estaría pensando, pues su silencio era total. Ni siquiera hacia ruido al comer. Jennifer se pregunto si habría sido prudente permitir que Lindsay comiera con los adultos. La chica estaba terriblemente delgada y a una edad muy torpe. Su apariencia pronto tendría que mejorar; sin duda no podría seguir así mucho tiempo mas.

-Hoy recibí carta de Sydney- anuncio Royce.

-¿Está bien?- preguntó Jennifer, deseando que Sydney desapareciera mágicamente de su vida. Milán, Italia, no era un lugar bastante lejano para que viviera esa muchacha que le estropeó la vida hasta que, a los diecisiete años, se alejo de la casa para ingresar en la Universidad de Harvard.

-Ella y el marido vendrán a San Francisco en algún momento de este otoño. Les ofreceremos una comida, ¿no te parece, mamá? Una reunión intima, de alrededor de cien invitados.

-Por supuesto, me parece apropiado. ¿Sydney se adapta a Italia y a los italianos?

-Se siente feliz, por supuesto. Ella y Alessandro acaban de regresar de un mes de luna de miel en Turquía y las islas del Egeo. Dice que la villa de los Contini es muy antigua y necesita ser modernizada, cosa de la que ella se encargara dentro de poco tiempo.

Gates observo a Lindsay, que en ese momento miraba fijo a su padre. Había una expresión hambrienta en los ojos de esa chica, y una extraña y triste aceptación. Gates aparto la mirada con rapidez. Eso no estaba bien, pero en realidad, a ella la vida nunca le había parecido particularmente justa. La idea de mandar a Lindsay a un colegio era excelente. Allí haría amigos. Por fin tendría la sensación de pertenecer a alguna parte, a algún grupo humano. Si se quedaba allí, seria un desastre para todos. Sydney era la única a quien su padre quería. Si, era mejor que Lindsay se alejara de San Francisco, por lo menos hasta que tuviera un caparazón suficientemente grueso como para defenderse de su padre... un caparazón que le haría falta hasta el día en que él muriera.

Por Amor A TiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora