Capitulo 3 (parte 1)

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La Traición

Abril de 1983

Por fin lo volvería a ver. Hacia un día y medio que Lindsay no comía; se sentía demasiado excitada. Sabia que estaba distinta, ¿pero habría
cambiado bastante? El príncipe estaba acostumbrado a Sydney, y Sydney era perfecta. Es cierto que ella ya no era la tonta que se quedaba mirándolo fijo, sin animarse a hablar, incapaz de hacer otra cosa que contemplarlo con expresión de adoración, pero desde esa época prácticamente habían transcurrido dos años. Y en ese tiempo era joven, demasiado joven y torpe y tonta. Tenia dieciocho años y era prácticamente una mujer. Sintió las manos pegajosas y transpiradas.

Estaba en Francia, y viajaba en una limusina blanca, enviada por el príncipe, rumbo al hotel George V, y solo faltaban unos minutos para que volviera a verlo, por primera vez desde su casamiento con Sydney. Al pensarlo, se estremeció de placer. Por supuesto que Sydney también estaría allí, pero no le importaba. Lo único que quería era verlo, mirarlo, saber que era feliz.

Saco la carta arrugada de la cartera y la volvió a leer.

Mi queridísima Lindsay:
Sydney y yo estaremos en París durante la semana del 11 de abril. Te adjunto un pasaje. Queremos que te reúnas allí con nosotros. No dejes de ir. Tengo especiales deseos de volver a verte.

Y firmaba igual que firmo todas las tarjetas que le envío durante los últimos dos años. Con amor, Alessandro. Ella había cumplido dieciocho años el mes anterior. Ya casi era adulta. Además tenia buena figura, no tan perfecta como la de Sydney, pero no estaba mal. Tenia pechos y una buena cola. El problema era su estatura, pero recordaba que él era aun mas alto. El príncipe le vería como una mujer, tenia que verla así. Y, como siempre, al llegar a ese punto, detuvo su imaginación. Alessandro estaba casado con su hermanastra. Y allí acababa todo.

Por lo que ella sabia, no había habido mas embarazos. ¡Pobre príncipe! De haber estado casado con ella, habría hecho cualquier cosa por él, le habría dado tantos hijos como quisiera. Era un hombre muy especial y merecía todo lo bueno que la vida pudiera darle.

Empezó a soñar con él, y sus sueños eran siempre idénticos, sin la menor variante. Alessandro la llevaba alzada y le decía que la amaba mas que a la vida misma. Subía con ella al yate y la tripulación sonreía, mirándolos con aprobación: eran la pareja perfecta. De alguna manera, Sydney había desaparecido como por arte de magia. No estaba muerta, eso no estaría bien. Simplemente desaparecía y el príncipe era libre y ella estaba a su lado y lo estaría durante el resto de su vida. ¡Oh, cuanto lo amaba! Y en sus sueños el la amaba con idéntica intensidad. Era su príncipe. Era su dios. Lanzo un suspiro al oír los ruidos del transito de París. Soñar despierta era una maravilla, y siempre le costaba poner fin a sus fantasías.

Lindsay no veía a Sydney desde el casamiento. Cuando, durante el último año y medio, el príncipe y Sydney viajaron a los Estados Unidos y estuvieron en San Francisco, nadie invito a Lindsay a la casa paterna.

Y ellos nunca pasaron a verla. Lindsay estaba convencida de que eso era obra de Sydney. Su hermanastra no le tenia simpatía, posiblemente nunca se la tuvo y ahora había dejado de simular.

¿Entonces por que ese repentino cambio de idea? ¿Por que quería verla ahora? Lindsay no sabia que pensar. Suponía que el príncipe se había puesto firme. Sin duda era gracias a el que ella estaba en París. Sydney no debió de tener mas remedio que inclinarse ante los deseos de su marido.

Estaba tan nerviosa que sentía nauseas. Trago con fuerza, respiro el aire maravilloso de París y trato se ensayar lo que le diría. Tenia la mente en blanco y se sentía una imbécil. Empezó a deprimirse al pensar que haría el papel de tonta frente al príncipe y Sydney. Y Sydney se reiría de ella. Y se lo contaría al padre de ambas, que también reiría a carcajadas.

Por Amor A TiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora