Capítulo 6 (parte 2)

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Lindsay

1987

Hacía mucho calor, y recién empezaba el mes de mayo. Lindsay estaba sentada en un banco de piedra, bajo el roble del campus de la Universidad de Columbia. Se había puesto un par de shorts color caqui y una blusa blanca de mangas cortas. Tenía las piernas bronceadas por haber jugado al tenis todos los días durante los últimos dos meses. Jugaba bien, pero estaba lejos de ser una profesional. Su compañera habitual en dobles era Gayle Werth, su mejor amiga de la Academia Stamford, que estaba por recibirse de profesora de educación física en Columbia.

Faltaban dos semanas para que Lindsay fuera Licenciada en Psicología. ¿Qué haría después? Algunos meses antes el campus recibió la visita de representantes de distintas empresas, pero nada de lo que ofrecían le interesó, hasta conocer al joven que reclutaba gente para el servicio exterior. Eso le pareció excitante. Pero el tipo no hablaba más que de Italia. Lindsay ni siquiera quería oir nombrar a Italia o los italianos.

Tenía ruidos en el estómago, y recordó que no comía nada desde la noche anterior en la reunión de Marlene.

La pizza que ofreció Marlene a sus invitados era espantosa, pero el problema no fue sólo eso. También estaba ese tipo, Peter Melore, un compañero y amigo de Marlene. Se mostró interesado en Lindsay y sumamente insistente con ella y, cuando de un modo demasiado accidental le rozó un pecho con la mano y aprovecho para tocarle el pezón, Lindsay corrió al baño y vomito. Al salir, comprobó que Peter se dedicaba a otra chica. Y que a ella parecía agradarle.
Estaba a salvo.

En ese momento, Lindsay se puso a revisar algunos papeles que llevaba en la cartera. Cuando los volvió a guardar, encontró la carta de su abuela, llegada el día anterior. Había olvidado leerla.

Para navidad Lindsay voló a San Francisco, por pedido de su abuela, a quien no veía desde hacía varios años. La encontró algo más avejentada, pero todavía conservaba una mente aguda, su amor a la vida y seguía tratando de controlar a todos los que la rodeaban. Sólo que ya no quedaba nadie a su alrededor.

Royce se había vuelto a casar el año anterior. Durante la reunión de navidad, Lindsay conoció a su flamante madrastra.

Holly era una mujer vanidosa y llena de ambiciones, y solo se preocupaba por su nuevo marido y por sí misma. Percibió con rapidez el desagrado que Lindsay le causaba a su marido, y enseguida se plegó a su actitud. Lindsay lo sufrió todo en silencio.

En cuanto a su madre, Lindsay solo la vio una vez. Jennifer estaba demasiado delgada, demasiado nerviosa, fumaba incesantemente, y se acostaba con un muchacho de veintiseis años. Una tarde no tuvo más remedio que presentarselo, cuando Lindsay llego inesperadamente a visitarla. Entonces empezó a tratar a su hija cómo a una rival, hasta el punto de que la chica decidió irse cuanto antes. Pero se sintió muy triste y muy sola. Tuvo la sensación de que se acababan de romper todos los lazos que la unian con San Francisco.

Sonriendo, Lindsay saco la carta del sobre, esperando leer sabrosos comentarios acerca de amigos de San Francisco. Por lo general, las cartas de su abuela eran entretenidas y llenas de sentido del humor. Ésta empezaba, tal como ella suponía, con noticias.

"Supongo que, como tu padre se empeña en ignorar tu existencia -que como bien sabes es problema de él y no tuyo-, nadie debe de haberse molestado en avisarte que Sydney está embarazada. Ignoro si el príncipe es el padre de la criatura, y para el caso tu padre tampoco lo sabe... Sin embargo, supongo que la familia lo hará pasar por un di Contini. No les queda alternativa, considerando que Sydney decidió interpretar el papel de la esposa contrita envuelta en una capa de interminable remordimiento. Es como si ahora se sintiera responsable del mundo entero. Extraño, pero de alguna manera cierto. Hace cuatro años que no la ves, ¿verdad? ¿Desde esa horrible experiencia en París?"

Lindsay quedó petrificada. Su abuela sabía de memoria que no había vuelto a ver a Sydney desde París. ¿Entonces por que removía el asunto? No tenía importancia. El adulto inteligente y con una visión aguda siempre aceptaba las cosas, sonreía y seguía adelante con la vida.

"Tu hermana estuvo aquí hace unos dias, y me comentó que el príncipe no ha cambiado -continuaba escribiendo Gates- Supongo que eso significa que siguen gustandole las jovencitas. Perdóname, si este tema te incomoda, Lindsay, pero ya han pasado cuatro años desde que ocurrió todo eso y es hora de que lo enfrentes. Durante tu visita de navidad te noté muy prevenida; ni siquiera permitiste que se te acercara Carl Faraday, que es hijo de antiguos amigos de la familia, un muchacho excelente y futuro médico. Ya sé todo lo que dice tu padre, Lindsay, conozco de memoria su maldita letanía, pero está equivocado y no debes creerle. No tuviste la culpa de ser violada, decididamente no. Crece, mi querida, deja atrás todo eso..."

Lindsay dobló la carta con rapidez y la metió en las profundidades de la cartera.

El día era cálido. Ya no tenía más clases. Era libre. Había acabado con la Universidad de Columbia. Muy pronto tendría un título, ningún empleo y ni la menor idea de lo que quería hacer.

Esa tarde, para su sorpresa, la llamó Carl Faraday por teléfono, para invitarla a comer y al cine. Acababa de terminar su primer año de medicina en el John Hopkins y estaba pasando unos días en Nueva York. Con tono muy amistoso, Lindsay rechazó la invitación y se quedó en su casa, leyendo una novela policial.

Por Amor A TiHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora