Capítulo 8 (parte 1)

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Lindsay/Edén

1988

Era un día caluroso de mediados de julio, y aunque aún no era mediodía ya hacía muchísimo calor. Lindsay comenzaba a lamentar su larga caminata hasta la Agencia Demos, pero había aumentado un kilo, y caminar y transpirar era la mejor manera de bajarlo. Sonrió, al pensar que el trabajo de ese día sería divertido. Haría un aviso para Lancôme y los de la agencia de publicidad eran inteligentes y graciosos. Bueno, ese día sería ella la que se divertiría; estaba fea y desarreglada como un perro, y cuando la vieran gritarían.

Se inclinó para subirse las medias verde militar que, como toque nada elegante, encimó sobre sus jeans gastados. Al enderezarse vió bajar de un taxi a una mujer maravillosamente vestida, una verdadera visión, que lucía un vestido de seda rosado que destacaba su melena castaña. Lindsay se quedó mirándola. Al reconocerla sufrió una punzada interior, y un profundo dolor. Sacudió la cabeza, como para negar lo que veía, y luego dijo en voz baja:

-¿Eres tú, Sydney? -Su media hermana se volvió y la miró. Vió la cola de caballo sostenida por una bandita de goma, el rostro brillante y sin maquillaje, y la camisa blanca suelta.

No dijo nada. Simplemente permaneció allí, hermosa, delgada y perfecta como siempre.

-Eres tú, Sydney, ¿verdad? -volvió a preguntar Lindsay.

-¡Hola, Lindsay! Ha pasado mucho tiempo, ¿no?

Lindsay no sabía qué decir. No había tenido ningúna advertencia, nadie se molestó en decirle que Sydney estaría allí. Sintió una punzada de dolor y de enojo. Se quedó inmóvil, mirando a su media hermana. Esa criatura fría y exquisita era muy distinta de la mujer histérica que vio cinco años antes en París.

-Sí -contestó Lindsay, sin moverse. -Ha pasado mucho tiempo. Estás hermosa, Sydney.

-Y tú... bueno, sigues siendo Lindsay, ¿verdad?. Supongo que uno nunca cambia demasiado.

A Lindsay la sorprendió otra sensación que le provocaban las palabras de su hermana. Inferioridad. Eso era. Sentía una repentina y total inferioridad. Se sentía fea, despreciable y torpe. Enderezó los hombros para erguirse por sobre Sydney, que sólo medía un metro setenta y cinco con tacos altos.

-Por lo visto estás muy cambiada. Por lo menos en fotografías decididamente pareces diferente. ¿Cómo lo consiguen? ¿Con humo, espejos y toda clase de trucos?

-Más o menos -contestó Lindsay, riendo. -Están el fotógrafo, el director, la maquilladora, la peluquera, la vestuarista, todos los del equipo técnico... A veces tengo la sensación de ser un pedazo de madera rodeada de toda esa gente que trabaja en mí y a mi alrededor.

Seguían paradas en la vereda, rodeadas de gente que caminaba, bajo el sol abrasador.
Ningúna de las dos se había movido.

-Vine a hacer la paces contigo, Lindsay. -dijo Sydney de repente.

Lindsay estudió el rostro de su hermana en busca de alguna muestra de emoción, pero no la encontró.

-Aquí afuera hace calor. Todavía no tengo que subir al estudio. ¿Quieres que crucemos a ese bar y bebamos algo fresco?

Sydney Foxe di Contini, conocida como La Principessa por todos sus amigos, no se movió. Cinco años son mucho tiempo, pensó. Sintió un impacto cuando vió la fotografía de su hermana en la tapa de la revista Elle de abril, tan hermosa, delgada y elegante. Después de estudiarla detalladamente, comprendió que no estaba mirando a una mujer hermosa, por lo menos en el sentido clásico de la palabra. Era el rostro de Lindsay, con esa expresión y esa calidad indescifrable que iba más allá de la belleza de una mujer. Y si entonces miró fijo la fotografía de tapa de la revista, ahora miraba fijo a la criatura ordinaria que tenía frente a sí. Ordinaria no, desarreglada. Se preguntó si a Lindsay le resultaría divertido presentarse así en el estudio y luego sufrir una increíble transformación para que la fotografiaran.

Volvió a pensar en esa criatura exótica y maravillosa de la tapa de Elle, con el denso pelo lustroso, la sonrisa arrogante y los atractivos ojos azules. Ésa no podía ser Lindsay. No, Lindsay era la criatura patética y desarreglada que vió en París después de que Alessandro la violó. Entonces se le ocurrió una idea excelente, una idea realmente brillante. Después de todo ella era La Principessa, famosa por su belleza, su encanto, su buen gusto. No demoró mucho en llevar a cabo su idea. Todo salió exactamente como preveía. Tres días antes, dejó a Melissa con su abuela, su bisabuelo y tres sirvientas de la familia, y tomó el avión rumbo a Nueva York.

Le sonrió a la mujer de aspecto ordinario que tenía frente a sí. Al ver a Lindsay en carne y hueso, recobraba la confianza. Lindsay estaba idéntica a sí misma. No había magia en su mirada ni en sus facciones. Era un desastre, alta, huesuda, flaca y vestida con esa ropa que le daba el aspecto de un ser surgido de la década de los 70. Era ridícula. Sydney sintió un alivio enorme. Muy pronto estaría en camino, y el límite de ese camino serían las estrellas.

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⏰ Última actualización: Jul 11, 2020 ⏰

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