CON EL CIELO ENTRE LOS DEDOS
Cinco días habían pasado desde la última vez que sus ojos azules le habían mirado. Cinco días en los que se había dedicado a sobrevivir, como si su alma hubiera sido absorbida por un Dementor, como un cascarón vacío, así exactamente se sentía él.
Nunca antes había sentido tan pesado el tener que reír para que nadie supiera lo que llevaba por dentro. El tener que abrazar a Ginny, besarla cuando ella lo hacía, incluso poner atención a sus palabras se había vuelto tan difícil como si luchara contra Voldemort. Recordar responder cuando ella le llamaba, enfocar su rostro cuando estaba frente a él, fingir que cuando estaba con ella, en esos momentos en los que los besos y las caricias subían de intensidad, no pensaba en... ella.
Porque cuando se reflejaba en los castaños ojos, las profundidades se coloreaban de un azul vívido, tan brillante como el mismo cielo. Porque sus delgados y sonrosados labios se convertían en sensuales frutas enrojecidas que le llamaban, que le quemaban con su aliento. Los cabellos rojizos se oscurecían como la negra noche, y eran más suaves y delicados. El cuerpo menudo y delgado cambiaba a curvas sensuales, la piel era más pálida, mas tersa, el olor era diferente. La voz que susurraba su nombre no era aniñada, se convertía en un bajo siseo, ronco y sensual, que erizaba cada pedazo de su piel.
Y entonces cerraba los ojos, tan fuerte que veía pequeñas luces frente a ellos. Y cerraba también la mente porque necesitaba decirse que lo que veía eran solamente alucinaciones. Y también cerraba su garganta, aprisionando sus cuerdas vocales en un puño, asegurándose de no gemir "Pansy", en lugar de pronunciar "Ginny".
Y llegando a ese punto, siempre claudicaba, porque aunque tratara de decirse una y otra vez que eso era lo correcto, que era lo que él deseaba, sabía bien que ese cuerpo, y esos ojos, y esos cabellos, y esa voz, no eran los que verdaderamente necesitaba. Porque solamente había bastado un beso, una mirada, un toque, para que su perfecto mundo se pusiera patas para arriba.
Y entonces se separaba, y con una excusa tonta se iba, porque se sentía miserable, miserable por mentirle a ella, pero más consigo mismo, por seguir mintiéndose.
Ya no contaba las veces en que frente al espejo había ensayado la mejor forma de terminar con Ginny. Ella no tenía culpa de nada, y sabía que le haría un profundo daño, pero sentía que era mejor terminar ahora antes de que fuera demasiado tarde. Se auto-convencía hasta que veía nuevamente a la pelirroja y la manera en que Ron lo miraba, y todo se iba por el caño. Se quedaba callado, observando cómo Hermione luchaba contra la misma incomodidad que le acometía cuando Ron la abrazaba o besaba.
Y entonces caía nuevamente en el círculo vicioso de sentirse tan mal cuando estaba con ella, pero aún más mal por no tener suficiente coraje para enfrentarla.
¡Valiente Gryffindor que era! Mientras tanto, a lo lejos, observaba a la mujer que le robaba el aliento, seria, callada y por demás ausente, moverse entre los demás Slytherin, haciendo su vida como si nada. Como si él no le importara.
Y eso, a pesar de siempre haber querido pasar desapercibido para los demás, ahora le quemaba el alma con fuerza. Porque ella era la única persona a la que deseaba con todas sus fuerzas que lo viera. A él, a Harry, como nunca nadie lo había visto, como hacía pocos días lo había mirado: como lo único importante en el mundo para ella.
Lanzó una maldición por lo bajo. Definitivamente, se iba a volver loco.
Cinco días. Llevaba cinco malditos y sofocantes días tratando de convencerse de que era lo mejor. Pero si eso era lo mejor, ¿Por qué se estaba volviendo loca? Le extrañaba, y mucho. Más de lo que habría sido inteligente admitir. Extrañaba el calor de su cuerpo, el toque de sus manos, el brillo de sus ojos, el sabor de su boca. Maldecía a Draco una y otra vez por ser tan estúpido, y también a ella misma por ser tan estúpida de seguirle el juego. Que Draco no era precisamente una lumbrera eso estaba cien por ciento demostrado. Pero ella se creía muchísimo más inteligente que él y aun así, había cometido el imperdonable error de llegar hasta ese punto y echarlo todo a perder.
Ahora sus energías estaban cien por ciento concentradas en no fallar. No fallar al mirarle, al sonreírle, al permitir que sus pies le llevaran justo donde el se encontraba. Nunca se había sentido tan ansiosa, tan vacía como en estos momentos. Lo necesitaba, sus besos, su aliento, su roce contra su piel. ¿Era así como tenía que sentirse? ¿Rota? ¿Olvidada como si fuera un trasto viejo? ¿Aprisionada contra la necesidad de tenerle, como si estuviera detrás de un inmenso cristal? No.
Esa no era ella. Ella no era de las que se rendían antes de luchar. Era una serpiente, astuta, acostumbrada siempre a tener lo que deseaba. Y esta vez, deseaba a Harry Potter con todas las fuerzas de su ser, con cada milímetro de su cuerpo, con cada pedazo de su alma.
¡A la mierda su deber! ¿Acaso iba enfrascarse en un matrimonio a la fuerza sin antes haber probado la gloria de la verdad? Era mejor probar aunque fuera un poco lo prohibido, saciar un poco esa sed que le quemaba, que quedarse para siempre con la duda, con el deseo, quemando en sus venas como fuego lento.
Levanto su cabeza justo cuando la voz aniñada de Granger se escuchó en el pasillo. Se introdujo rápidamente en un armario y esperó, con el corazón latiéndole a mil en el pecho. Harry y la chica se despidieron, y mientras ella tomaba un camino distinto hacia la biblioteca, Potter se dirigía rumbo a su sala común, buscando el tan ansiado descanso a su mente y cuerpo. Pero apenas había pasado frente a la puerta del armario, una mano jaló su túnica, haciéndolo caer dentro del mismo.
Soltó una maldición que fue ahogada inmediatamente por unos cálidos y perfumados labios. Una pequeña mano se aferró con fuerza a su túnica, mientras un delgado brazo se colgaba alrededor de su cuello. Su mano se agarroto en torno a la empuñadura de su varita, y cuando un olor característicamente cítrico le llegó hasta sus fosas nasales, se detuvo. Escasos segundos pasaron en los que su cerebro registró que ahí, en un pequeño armario, rodeado de escobas y trastos llenos de polvo y telarañas, la luz naturalmente había caído sobre él.
Y como un loco se lanzó en picada sobre esa boca que le demandaba más acción. Sus manos se aferraron al menudo y delgado cuerpo que se restregaba contra el suyo, y se sintió morir de puro gusto cuando su lengua se enrosco en la de ella y le arranco un gemido ahogado por su boca.
Después de algunos segundos, en los que sus pulmones gritaron con fuerza por oxígeno, se separaron. Sus frentes unidas y bocas jadeando, ojos verdes y azules conectados, manos y cuerpo aferrados hasta más allá de lo humanamente posible. Pansy sonrió.
Y entonces Harry mandó todo a la mierda, y atacó nuevamente sus labios, hundiéndose cada vez más y más dentro de esa espiral de fuego que lo envolvía, y lo quemaba, y lo reducía a cenizas, pero que extrañamente le arrojaba más vida que nunca.
Se sintió como un fénix.
Y rozó el cielo con los dedos.
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Cuando se miran | Hansy {COMPLETA}
Short StoryHarry Potter y Pansy Parkinson. COMPLETA De como el león y la serpiente son mas que miradas llenas de odio y rencor... _ Disclaimer: La historia pertenece a Allison Marie Malfoy-Black de la plataforma de Fanfiction. C...
