A lo lejos, la figura alta y delgada de Ronald Weasley se recortó en medio del vapor que emanaba de la poderosa máquina. Sostenía entre sus brazos a un pequeño niño rubio de no más de cinco años, a su lado, tomado de su mano, otro pequeño pelirrojo de nueve años se aferraba con fuerza, mientras una pequeña pelirroja de once años acomodaba la jaula de su lechuza sobre el baúl. Su hermano, un chico alto y apuesto de catorce años, jalaba su propio baúl y jaula hacia la locomotora. La mujer rubia que los acompañaba lo miro fijamente, haciéndole una escueta reverencia, para voltear de inmediato hacia sus hijos. Susan Weasley, antes Bones, se veía como un pulgar adolorido en medio de tanta cabeza pelirroja, pero no le quedo la menor duda de que era feliz con su marido, y estaba enamorada de él.
Se sobó el pecho dolorido. La vieja culpa y la melancolía lo abrazaban de vez en cuando, sobre todo cuando se topaba al pelirrojo en el Ministerio y para su profunda tristeza, este lo ignoraba olímpicamente. Aunque sabía que tal vez nunca lo iba a perdonar, el continuaba alimentando la esperanza de que finalmente un día, el niño aquel que había sido su primer amigo finalmente recordara su amistad y decidiera darle una oportunidad. Sabía que había errado al ocultarle lo que pasaba entre Hermione y Draco, lastimándolo profundamente, pero seguía pensando que no era el quien debía de haberle contado la verdad, sino Hermione. Si bien era culpable por no haberla urgido a que lo hiciera antes de que fuera demasiado tarde, nunca fue su intención que su amigo saliera lastimado.
Harry sacudió la cabeza con melancolía, mientras abrazaba a su pequeña Melissa, quien lucía un poco aterrada por dar el paso que la llevaría lejos de su hogar. James, ahora de diecinueve años, quien estaba a punto de graduarse como Inefable, le daba un ligero abrazo a Albus, su segundo hijo, quien ya con quince años era un par de centímetros más alto que el propio Harry, quien a su vez era quince centímetros más bajo que James. Paso el brazo por la cintura de su esposa, observando como Christianna, su tercera hija, comenzaba a caminar con ese paso elegante que había heredado de Pansy, levitando con gracia el que sabía era un baúl repleto de sus cosas, más de las que debería llevar.
Sonrió con ternura mientras acariciaba la cabecita oscura de su hija, apretándola contra su cuerpo, sintiendo la mezcla de tristeza, orgullo, melancolía y felicidad descender sobre el como un manto. Lo mismo había sido cuando cada uno de sus hijos había partido hacia Hogwarts para su primer año. Aunque sabía que era el curso natural de su vida, aun sentía el deseo de que sus hijos fueran esos pequeños revoltosos que lo despertaban al clarear el alba, riendo y gritando e incluyéndose en sus juegos infantiles. Cuantas veces no había deseado que se quedaran así, pequeños y adorables, seguros y protegidos dentro de sus brazos, donde el sabía que podía hacerlo. Porque cada vez que uno de ellos había tenido que salir finalmente al mundo, Harry se había sentido completamente aterrado, petrificado por dentro por la angustia de saber que alguien podría hacerles daño, solamente por ser los hijos de quien eran, por tratar de probar que la leyenda que era su padre era una mentira.
Y Harry sabía que lo era.
Siempre lo había sabido, desde el primer momento que supo de la leyenda que iba tras de su nombre, una leyenda que era una mentira, pero que todos estaban empeñados en creérsela a pies juntillas. Él siempre había sido solo un desgarbado e ignorante chico asustado, un enorme imán para los problemas pero afortunadamente con demasiada suerte. No era el poderoso mago que todo el mundo creía, solo era un ser humano normal, con problemas normales. Un hombre normal, un esposo y padre normal. No tenía súper poderes ni era infalible, ¡Dios!, si Pansy todavía lo reñía por dejar las toallas mojadas sobre la cama, y siempre olvidaba sacudir las migajas que caían sobre su uniforme cuando comía las galletas que Andrómeda le enviaba.
Era un hombre común como cualquier otro hombre común, deseando desesperadamente ser capaz de caminar durante quince minutos por el callejón Diagon y no terminar con medio mundo mágico a su alrededor, mientras veía a su familia escabullirse.
Sintió el golpe sobre su hombro derecho, y después el familiar roce del enmarañado cabello de Hermione. La sonrisa en sus ojos se ensanchó cuando observó al alto y apuesto chico rubio que lo veía desde un costado de su padre. Siempre se sorprendía por la manera en que Scorpius se parecía a Draco del mismo modo en que Albus era idéntico a él. Le ofreció un asentimiento y una sonrisa, lo que pareció ser suficiente saludo antes de que Albus lo jalara de un brazo y se lo llevara más cerca del vagón, ambos charlando y gesticulando sobre quien sabe que cosas. Era inquietante ver como sus reflejos se habían vuelto tan cercanos, pues desde pequeños, cuando aún andaban en pañales, donde había una cabeza rubia siempre estaba acompañada de otra morena, y siempre, siempre envueltos en travesuras. A su lado, Draco soltó una corta carcajada, seguramente pensando lo mismo que él, lo miro fijamente durante algunos segundos, captando en sus ojos lo mismo que él pensaba, sus hijos habían tenido una mejor vida que ellos mismos, y gracias a Merlín porque así era.
—¡Padrino!
A sus brazos se agregó otra chica más. Berenice, la menor de los Malfoy. Su ahijada era un torbellino, al igual que su Melissa, aunque gracias a Narcissa y Pansy, quienes habían tratado de inculcarles un poco de mesura. Ambas comenzaron a soltar su excitado parloteo, mientras Christianna rodaba los ojos lo más elegantemente que podía en esa circunstancia, sonriéndole brillantemente cuando lo descubrió mirándola. Su niña era la única que había heredado el carácter de su Pansy, pero a pesar de todo, era la que se ponía más mimosa al momento de dormir.
Entonces el tren soltó un siseo, llenando la estación de vapor, y todos se apresuraron hacia él, subiendo baúles y terminando de despedirse. Harry no soltó a Melissa hasta que el tren casi había comenzado a moverse, quedándose de pie frente a la ventana, saludando a sus hijos y despidiéndose mientras el tren tomaba rumbo hacia su próxima aventura. A su lado, entre los brazos de James, Pansy gritaba consejos y advertencias para los chicos, mientras las chicas eran recordadas de enviar las cartas a casa cada semana como mínimo.
El tren comenzó a avanzar, llevándose con él varias de las partes más importantes de la vida de Harry Potter. En las ventanas, cientos de chicos se arremolinaban, despidiéndose de sus familiares, y mirándolo fijamente, buscando ansiosamente la famosa cicatriz en su frente. Harry se acarició la cicatriz ausentemente, mientras miraba los brillantes ojos verdes de James, dándose cuenta de que no había sentido ninguna molestia ni había pensado sobre ella durante casi diecinueve años.
Fin
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Cuando se miran | Hansy {COMPLETA}
NouvellesHarry Potter y Pansy Parkinson. COMPLETA De como el león y la serpiente son mas que miradas llenas de odio y rencor... _ Disclaimer: La historia pertenece a Allison Marie Malfoy-Black de la plataforma de Fanfiction. C...
