Camille es una joven pintora que lo posee todo.
Éxito, amistad y sobre todo amor.
O eso es lo que ella creía hasta el día de su boda, pues su prometido tomará una decisión que hará que su vida dé un giro de 180 grados.
Obligada a huir después d...
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Camille
No he hablado con André desde hace un mes.
Pero la última vez que lo hice sonaba alterado.
Espero de todo corazón que no sea por mi culpa. No podría soportar que él esté mal por mí, y menos ahora que estoy más rota que nada.
No quiero que ni mi familia, ni mi mejor amigo se corten con mis pedazos.
No miento, en verdad es lo único que queda de mí.
No volveré a comunicarme con nadie hasta que haya pasado un tiempo, así se recuperan todos.
Así André se olvidará por completo de mí.
Salgo del elevador de nuevo.
He ido a comprar ropa. Sólo que esta vez no he traído vestidos, ni faldas. He elegido algo sencillo; vaqueros desgastados y ropa deportiva. También las zapatillas se han acabado. No pienso volver a usar ningún zapato que me haga ver más alta a mi uno sesenta y cinco.
Todo este mes me la he pasado conociendo el centro del país. Necesito distraer mi mente, y sobre todo hoy.
Es primero de Marzo.
Sí él y yo siguiéramos juntos, cumpliríamos siete años de relación.
Ahora me dirijo a Gandhi, necesito leer algo.
Normalmente me la paso viendo series en a televisión del hotel, pero creo que si me enfoco en la lectura, tal vez pueda burlar por completo el recuerdo de James.
—Hola, querer un libro — digo, segura en español a la cajera de mediana edad.
He estado practicando un poco al escuchar hablar al personal del hotel.
Ella suelta una carcajada.
—Eres de Estados Unidos ¿verdad? —pregunta en mi idioma.
—Sí.
—Bueno, hagamos una cosa, te llevo al área de libros en ingles y me lo traes para cobrarlo ¿si amor?
Asiento con la cabeza.
No creí que fuese tan difícil, pero el español es una de las lenguas más duras de aprender.
La sigo hasta que llegamos a una pequeña sala de lectura.
Hay un estante de madera en donde están absolutamente todos los libros que me agradan, o al menos la mayoría.
—Me quedaré un rato aquí, si se puede —respondo cortante.
—No hay ningún problema. Sólo cuando te vayas, paga el libro.
Pongo los ojos en blanco y me doy la vuelta par darle la espalda y dedicarme de tajo a escoger un solo libro.