Camille es una joven pintora que lo posee todo.
Éxito, amistad y sobre todo amor.
O eso es lo que ella creía hasta el día de su boda, pues su prometido tomará una decisión que hará que su vida dé un giro de 180 grados.
Obligada a huir después d...
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Camille
Estamos a tan solo un día para irnos a Nueva York y mis piernas están temblando al igual que mis manos.
A pesar de que ver a mi familia me haga feliz, hay algo en mí que me dice que saldrá algo mal, sólo deseo que si pasa no sea mi relación con Josh.
Me levanto del sillón y dejo a un lado el libro que estaba leyendo.
Solo hay algo que me podrá calmar.
Voy a mi recamara por mi estuche de pintura, el caballete que he comprado hace un par de días y me dedico a dibujar la linda puesta de sol que se puede disfrutar a través de la ventana.
La sensación del pincel en mi mano me llena de alegría y emoción, tranquilizándome lentamente.
Cuando James se fue, nunca pensé volver a pintar. En verdad creí que jamás podría disfrutar de nuevo la pasión que siento por plasmar tanto en un simple lienzo en blanco.
Y entonces él llegó con su despreocupada forma de ser y su manera tan sencilla de ver al mundo.
En verdad que no pude combatir todo lo que siento. Desde que lo vi por primera vez había quedado embelesada por su sentido del humor, aunque en un momento me haya parecido algo insoportable, hoy no puedo vivir sin ningún chiste suyo.
Me seco el sudor de la frente cuando me estiro para poder darle color al astro rey. Suelto el pincel cuando escucho el flash de una cámara.
Volteo espantada, sin embargo me tranquilizo al ver que Josh está justamente en la puerta de entrada.
—Lo siento, no quería espantarte —Sonríe—. Te veías tan concentrada que no quise interrumpir.
Niego con la cabeza con una sonrisa.
—Ya llegaste —musito—. No te esperaba hasta tarde.
Josh se quedará a dormir. Mañana temprano sale nuestro vuelo, así que tenemos que madrugar. Todavía falta un día para mi cumple años, pero quería pasar un poco más de tiempo con mi familia, y con mi novio.
Arrastra su maleta hasta mi lado.
—No creí que trajeras tanto.
—Solamente traigo un par de calzoncillos de encaje que te encantarán —Me guiña un ojo.
Siento como me sonrojo. Recojo el pincel del suelo, tratando de ocultar el color carmesí de mi rostro.
Él ríe, sin embargo su expresión se vuelve tierna al ver mis manos llenas de pintura.
—Camille, no sabes cuanto me encanta verte pintar —agrega serio.
—Y no sabes cuanto te agradezco por ayudarme a que lo volviera hacer —Tomo el pequeño trapo y limpio mis manos—. Sabes que fue por ti por quien volví a tomar un pincel, sabes que por ti he vuelto a vivir.